La intervención militar de esa fecha sigue suscitando un debate tras otro entre nosotros, los chilenos. Es perfectamente normal que así sea, pues fue un hecho trascendental que cambió el curso de nuestra historia y sin el cual el presente resulta incomprensible. Muy distinto sería este presente si la mentada intervención no se hubiera producido.

Por eso, no puede aceptarse la recomendación de algunos en el sentido de que corresponde “enterrar” ese pasado, olvidarnos de él y comenzar un nuevo camino al futuro. Sabemos bien, sin embargo, que si se adopta ese predicamento, los países que olvidan su historia están obligados a repetirla. ¿Queremos repetir los años del gobierno marxista de Salvador Allende? ¿Queremos repetir el pronunciamiento militar?

Como no los queremos repetir; estudiemos entonces ese pasado. En síntesis, él nos deja una gran lección: con la política no se juega. Porque eso fue lo que intentaron Salvador Allende y quienes lo rodeaban cuando llegaron al poder en 1970. En vez de gobernar intentaron transformar Chile de acuerdo con el modelo ideológico marxista. El resultado fue un descalabro total. Días antes del 11 de septiembre, Allende reconocía que había harina en el país sólo para los cuatro siguientes días. Las colas para obtener una ración mínima de alimentos eran enormes y muchas veces, al final, de ellas, se volvía con las manos vacías.

La Cámara de Diputados, en acuerdo adoptado el 22 de agosto previo denunciaba, entre otros atropellos al orden constitucional de la República que “… el actual Gobierno de la República, desde sus inicios, se ha ido empeñando en conquistar el poder total, con el evidente propósito de someter a todas las personas al más estricto control económico y político por parte del Estado y lograr de ese modo la instauración de un sistema totalitario, absolutamente opuesto al sistema democrático representativo, que la Constitución establece”.  Por otra parte, estaba presente el acuerdo que el Partido Socialista había proclamado en su Congreso de Chillán de 1967: “La violencia revolucionaria es inevitable y legítima (…) Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento”.

Desde hacía ya varios meses, sectores cada vez más importantes y numerosos de la ciudadanía chilena venían pronunciándose contra la política que se intentaba imponer desde el poder hasta el punto de dirigirse a nuestras Fuerzas Armadas y de Orden para que procedieran a interrumpir el proceso de destrucción a que se veía sometido el país. Estas fuerzas eran muy reacias a oír esos llamados. Al contrario, varios de sus miembros integraron sucesivos gabinetes ministeriales de entonces, en la esperanza de modificar un poco el rumbo que llevaban los acontecimientos y así evitar un descalabro mayor. Vano esfuerzo. Al final no quedó otro camino que el del pronunciamiento militar, sobre todo para evitar una carnicería entre chilenos, como se la preparaba desde el gobierno.

Se hizo así realidad un viejo principio de nuestra cultura política: al poder político no le basta con una legitimidad de origen, sino que la ha de complementar con una legitimidad de ejercicio. Esta fue la que le faltó totalmente al régimen marxista de Salvador Allende. Lo cual fue, más tarde, confirmado por el destino del comunismo internacional que, en 1989, se desplomó en la Unión Soviética y en la Europa Oriental de entonces. La Caída del Muro de Berlín vino a ratificar cuán acertado estuvo lo que en 1973 sucedió en Chile.

Chile nunca más puede repetir esa experiencia. Nunca más puede poner a las Fuerzas Armadas y de Orden en la alternativa de recurrir al uso de las armas para rescatar al país de un colapso inminente. Y para no repetirla, la primera condición es la de que nunca más un gobierno se aventure, como el de Allende, por los caminos de aventuras ideológicas como el marxismo. El primer peldaño para alcanzar la paz y el progreso social es el de contar con un gobierno sensato y prudente.

¿Aprenderemos la lección?

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1 Comment

  1. Lamentablemente, somos muy cabeza dura y no aprendemos la lección.
    Aún mantenemos vivos en nuestra patria los odios incubados durante la época 1964-1973 y no avanzamos hacia un país fraterno y en paz.
    Pienso que ello se debe a que, a diferencia de lo ocurrido al término de la cruentísima Guerra Civil de 1891, no hemos perdonado a quienes les tocó vivir el enfrentamiento fratricida al que nos llevaron políticos irresponsables que optaron por la violencia revolucionaria como método para conquistar el poder total, refundar a Chile y consolidar la revolución socialista.
    La meta de Salvador Allende y de su gobierno era “el socialismo integral, científico, marxista”, según lo declaró en la conocida entrevista concedida a Régis Debray y que posteriormente dejó de manifiesto, sin muchos rodeos, en su primer mensaje al Congreso Pleno el 21 de mayo de 1971. Su meta era aniquilar las instituciones y principios democráticos tradicionales y conquistar el poder total, a fin de ahogar las libertades e imponer un modelo totalitario al estilo cubano, lo que era absolutamente incompatible con el ser nacional.
    Por otra parte, pienso que la mantención de estos odios se debe a que los chilenos no hemos transitado por los caminos de la verdad; verdad indispensable para lograr la reconciliación nacional y que, por motivos diversos, se la calla, se la oculta o se la tergiversa.
    Si no desterramos los odios; si desconocemos la verdad histórica y el hecho de que los hombres de armas se hicieron cargo del poder porque no había otro remedio como respuesta ante el fracaso de los políticos que puso en peligro intereses vitales de la patria; y que ellos, no obstante la amenaza subversiva y terrorista que debieron combatir, con la colaboración de destacados profesionales civiles, lograron reconstruir la economía y restablecer la democracia, el orden y el Estado de Derecho; estaremos condenados a repetir la historia.
    Adolfo Paúl Latorre
    Abogado
    Magíster en ciencia política

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