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Desde la aparición del modo de conocer científico por obra de los filósofos griegos, siempre se pensó que los conocimientos de esta índole, aún cuando estuviesen referidos a objetos de muy diversa especie, eran fruto de una inspiración común: el amor y consiguiente búsqueda de la verdad. No se debe olvidar que los prolegómenos del saber científico se hallan, precisamente y de acuerdo con el testimonio de Platón, en la distinción entre dóxa (opinión) y epistéme (ciencia), siendo ésta segunda el reaseguro contra la falsedad. La radicalidad de esta distinción ha sido menguada con el correr de los siglos, pero siempre, al menos hasta tiempos relativamente recientes, hubo una clara conciencia de la íntima relación entre la ciencia y la verdad.

La consolidación del saber científico ha conocido un desarrollo histórico portentoso, aún cuando en ocasiones ha debido enfrentar algunos efectos colaterales desfavorables.

Los dos más evidentes son, en primer lugar, una hiperespecialización con su consecuente elaboración de un lenguaje propio incapaz de ser compartido, e incluso comprendido por otros saberes.

La segunda desventaja es el alejamiento paulatino de la inspiración originaria que dio origen al mismo modo científico de conocer, que ciertamente no se traduce en un menoscabo de la verdad, pero al menos como una actitud de indiferencia frente a ella. La cientificidad de un saber en muchos casos, y particularmente con el advenimiento de la ciencia moderna, ya no se juzga en términos de su capacidad de hacer brillar la verdad, sino en su mayor o menor adecuación a modelos epistemológicos cuantitativos o cuantificables.

Estos dos problemas han sido enfáticamente denunciados por S. Juan Pablo II en Fides et Ratio, parág. 88 y 89.

La esperable reacción frente a esta deriva ha consistido en una concientización de la necesidad de un diálogo entre los distintos saberes. Podríamos decir que esto es lo que origina la aparición de un concepto novedoso en el universo científico: la interdisciplinariedad. Esta noción ha estado precedida por la de pluridisciplinariedad o multidisciplinariedad y está epilogada por la de transdisciplinariedad.

No obstante, y a pesar de la plausibilidad de estos esfuerzos, no podemos decir que los resultados hayan sido los esperados, toda vez que en muchas ocasiones no han ido mucho más lejos que el intercambio de información entre los científicos respecto de sus respectivas tareas e intereses. Si bien la interdisciplinariedad ya es casi una consigna en los discursos universitarios, lo cierto es que cada disciplina ha permanecido abroquelada en su respectiva ciudadela sin ser capaz de generar, por ejemplo, un lenguaje común. Esto es esperable, ya que resultaría muy difícil hallar un lenguaje común entre saberes que asumen como modo de expresión un lenguaje matemático y otros que encuentran en los relatos históricos, por ejemplo, su modo de comunicación más apropiado.

Esta situación es aparentemente un callejón sin salida para el propósito de la interdisciplinariedad, situación que se vuelve más dramática cuando se desea avanzar hacia una transdisciplinariedad. Sin embargo, no debe dejar de mencionarse que esta última aspiración tiene un origen muy concreto en una reconfiguración del cientificismo denunciado por S. Juan Pablo II en Fides et Ratio, parág. 88, que ya no se conforma con la sola validación de las ciencias modeladas por patrones fisicomatemáticos, sino que aspira a una “negación de las afirmaciones de carácter metafísico” (Fides et Ratio, parág. 88). El ideal de la transdisciplinariedad ha sido propuesto desde algunas corrientes sociológicas francesas, pero es de destacar que “en esta perspectiva, los valores quedan relegados a meros productos de la emotividad, y la noción de ser es marginada para dar lugar a lo pura y simplemente fáctico” (Fides et Ratio, parág. 88).

Por eso creo que la noción de integración del saber se inscribe con mayor fuerza en el propósito originario del conocimiento científico, es decir, el de dejarse conducir por la búsqueda y el amor de la verdad.

Una institución educativa cristianamente inspirada podría tener su ventaja comparativa frente a otras, justamente en la idea de integración del saber y no en la de interdisciplina o transdisciplina. Esa integración del saber tiene como fuerza inspiradora el amor y la búsqueda de la verdad, mientras que la otra noción, cuyos frutos han sido escuálidos, no ha pasado de ser un eslogan aparentemente infaltable en la retórica universitaria. Por cierto, el amor y la búsqueda de la verdad es la mejor respuesta a las exigencias éticas del avance de los conocimientos científicos contemporáneos, fuertemente configurados por la retroalimentación tecnológica. El modo de dialogar de las diferentes ciencias entre sí ya no estará sometido a la presión del hallazgo de un lenguaje común, pero sí de un objetivo común al cual puede llegarse bajo la guía de unas humanidades sabiamente dispuestas a hacerse comprensibles y amables por los saberes tecnológicos. Esas humanidades afables y compasivas tienen el serio compromiso de mostrar a los saberes tecnológicos que todo conocimiento, cualquiera sea su forma, también es un camino al encuentro de Dios y no algo que debe encapsularse sobre sí mismo. El científico o el académico ha de persuadirse y persuadir que, honrando lo mejor de sí, a saber, el intelecto, cuyo fin es la verdad, también va al descubrimiento (a-létheia, dirían los griegos) de Dios.

Académico Universidad Gabriela Mistral

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