El Premio Nobel de Economía 2025 volvió a recordarnos algo que en Chile parecemos haber olvidado: el crecimiento no se decreta, se construye. La Real Academia Sueca distinguió a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt “por sus aportes al entendimiento del crecimiento económico impulsado por la innovación”. En otras palabras, por mostrar que las sociedades prosperan cuando permiten que las nuevas ideas transformen -y reemplacen- lo viejo.
Mokyr estudió cómo la acumulación de conocimiento y las condiciones institucionales pueden desencadenar revoluciones tecnológicas. Aghion y Howitt, por su parte, formalizaron la llamada “destrucción creativa”: ese proceso mediante el cual la innovación no solo genera progreso, sino que también desplaza empresas, empleos y modelos que se vuelven obsoletos. Su mensaje es provocador, pero ineludible: no hay crecimiento sostenido sin cambio, y no hay cambio sin incomodidad.
En Chile, llevamos años evitando esa incomodidad. La productividad está estancada desde hace más de una década, el crecimiento potencial se ha reducido a niveles mediocres y el debate público parece girar en torno a la distribución, olvidando que primero hay que crear valor para poder repartirlo. Mientras tanto, las trabas burocráticas, la regulación asfixiante y la falta de competencia siguen frenando a quienes quieren innovar o emprender.
El Nobel de este año debería sacudirnos. Nos recuerda que la innovación no es un lujo de países ricos, sino la condición para dejar de ser pobres. No se trata solo de financiar más ciencia o de abrir incubadoras universitarias: se trata de poner la innovación en el centro del debate político y económico. Es ahí donde se decide si un país quiere seguir administrando su estancamiento o atreverse a crecer de nuevo.
Y el potencial existe. Según el Inapi, Chile volvió a liderar el Índice Global de Innovación 2025 en América Latina, ubicándose en el puesto 51 a nivel mundial. Es un avance real, impulsado por mejoras en infraestructura digital, instituciones y capital humano. Las universidades chilenas están patentando más que nunca y los procesos de registro de marcas se han vuelto más ágiles. Pero todavía falta que esa energía científica y emprendedora permee a toda la economía.
Para que eso ocurra, necesitamos políticas que liberen y estimulen la competencia, reduzcan los costos de emprender y reconozcan que el riesgo -y el fracaso- son parte del progreso. Un Estado que acompañe, pero no reemplace al mercado; que facilite, pero no controle; que entienda que su rol no es proteger a los incumbentes, sino permitir que los nuevos actores desafíen el statu quo.
Chile debe recuperar la ambición de innovar. Sin una agenda seria de productividad, sin una cultura que premie la creatividad y el emprendimiento, seguiremos discutiendo cómo repartir una torta que ya no crece. Mokyr, Aghion y Howitt nos entregan una advertencia y una esperanza: las economías pueden reinventarse si se atreven a dejar morir lo viejo.
Nos toca decidir si queremos ser un país que administra su pasado o uno que apuesta por su futuro.
