Mientras se discuten reformas tributarias en el Congreso, hay un impuesto no declarado, no progresivo y profundamente injusto que miles de emprendedores ya pagan todos los días: el de enfrentar un sistema que los sabotea desde el primer trámite.
Hace unos días, Rosario Onetto y Carolina Bazán -reconocidas empresarias gastronómicas, chef y fundadora de Ambrosía Bistró- publicaron una carta denunciando la absurda odisea burocrática que han vivido para obtener una patente de alcoholes en su nuevo local. Meses de espera, trámites repetidos y respuestas imprecisas, todo para lograr lo básico: poder abrir. Lo más preocupante es que esta historia no es excepcional. Es una postal diaria para miles de emprendedores que intentan formalizar un negocio en Chile. Y si a alguien con trayectoria, redes y visibilidad le ocurre esto, ¿qué queda para quien parte desde cero?
En Chile, se ha instalado con fuerza -y con razón- la necesidad de agilizar los permisos para grandes proyectos de inversión. Hay mesas de trabajo, compromisos transversales y discursos cargados de urgencia. Y sin embargo, muy poco se dice de las pequeñas y medianas empresas que enfrentan una burocracia igualmente paralizante, pero sin prensa, sin lobby, y sin plan de reactivación dedicado. La mal llamada “permisología” es, en la práctica, un impuesto invisible. No aparece en ninguna boleta, pero se cobra en tiempo, incertidumbre y frustración. Para un pequeño emprendedor, la espera de una patente puede significar no pagar sueldos, no arrendar el local o perder el único capital que tenía. ¿Dónde está la urgencia ahí?
Sería deseable que en este ciclo electoral, todos los candidatos -de todos los colores- se comprometieran con este tema. No con frases hechas ni titulares llamativos, sino con medidas concretas: ventanillas únicas reales, plazos vinculantes, digitalización total, y mecanismos efectivos de rendición de cuentas para quienes no cumplen.
Después de todo, emprender en Chile ya es lo suficientemente difícil como para que además haya que competir contra el sistema. O como decía la carta que inspiró esta reflexión: el sentido común es, lamentablemente, el menos común de los sentidos. Aunque quizás, lo que realmente escasea es el sentido de urgencia.

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