En un contexto de altos costos y trayectorias extensas, la propuesta de acortar las carreras universitarias resulta atractiva: menos años implican menor endeudamiento, mayor flexibilidad y una inserción laboral aparentemente más rápida. Pero es, en gran medida, una solución mal enfocada
El problema no es la duración, sino que un porcentaje relevante de la educación superior recibe estudiantes con estructuras cognitivas desigualmente desarrolladas. En países con buenos resultados en pruebas como PISA, una proporción significativa egresa de la educación escolar con habilidades complejas ya consolidadas. Allí, licenciaturas de tres años son viables, porque la educación superior se concentra en profundizar.
Chile enfrenta una realidad distinta. Nuestras universidades han debido asumir, de manera implícita, una función compensatoria estructural: desarrollar capacidades que debieron consolidarse antes. En este contexto, la mayor duración de las carreras no es sólo una decisión de diseño, sino respuesta a una brecha de origen. La respuesta de hacer más selectivo el acceso dejaría fuera entre un 30 a un 50% de los postulantes, dada la fuerte desigualdad del punto de partida,
Por otra parte, la irrupción de la inteligencia artificial ha dejado esto en evidencia con particular crudeza. Se ha sostenido que su incorporación mejorará el aprendizaje, pero la experiencia en aula muestra algo distinto: la IA no corrige brechas previas; las hace visibles y, en muchos casos, las amplifica.
Incorporar masivamente inteligencia artificial, sin un desarrollo previo de estructuras cognitivas básicas, no sólo es ineficaz: puede generar una falsa sensación de dominio y profundizar las desigualdades. Esto vuelve aún más evidente el error de centrar el debate en la duración de las carreras.
Por eso, acortar carreras sin rediseñar las trayectorias formativas puede agravar el problema que se busca resolver. La discusión no es cuántos años dura una carrera, sino qué capacidades efectivas logran desarrollar los estudiantes.
La experiencia internacional ofrece una pista más prometedora. Sistemas como el Marco Europeo de Cualificaciones organizan la formación no en función del tiempo, sino de lo que el estudiante demuestra saber y hacer. Esto permite trayectorias diferenciadas: quienes llegan mejor preparados avanzan más rápido; quienes requieren mayor desarrollo lo hacen en etapas previas.
En esa línea, una alternativa plausible es estructurar la formación en ciclos con valor propio. Un primer ciclo -de carácter formativo. centrado en habilidades cognitivas fundamentales, seguido de un ciclo disciplinar de especialización. Estos ciclos deben diseñarse incorporando la inteligencia artificial como herramienta formativa, orientada a acompañar el razonamiento y no a sustituirlo. La duración deja de ser una variable rígida y pasa a ser consecuencia de las capacidades efectivas que el estudiante logra desarrollar.
La discusión sobre financiamiento tampoco puede separarse de esto. Financiar trayectorias largas y de bajo retorno es problemático, pero también lo es acortarlas sin garantizar competencias reales.
A ello se suma que las preferencias de estudiantes y familias, gremios profesionales y empresas, siguen prefiriendo ingresar directamente a una carrera profesional, reforzadas por el sistema de admisión y la estructura universitaria. Cambiar esto es posible, pero será un proceso gradual y lento.
En definitiva, el desafío no es acortar carreras, sino construir un sistema donde cada etapa formativa tenga sentido, valor y estándares claros. Respecto a la IA, funciona como un acelerador para quien ya tiene una base mínima de comprensión. Para quien no, puede transformarse en ruido o, peor aún, en una ilusión de aprendizaje.
Ramón Berríos Arroyo. Profesor Facultad de Economía, Negocios y Gobierno.
Hugo Lavados Montes. Centro de Políticas Públicas. FENG.
Universidad San Sebastián
