Chile construyó durante décadas una arquitectura institucional de la que podría estar teóricamente orgulloso, no obstante, graves observaciones que son dignas en otro análisis.

Un Ministerio Público autónomo, blindado constitucionalmente contra la interferencia política (teóricamente) diseñado para que la persecución penal obedezca a la evidencia y no al poder de turno.

Un Fiscal Nacional elegido por la Corte Suprema, ratificado por dos tercios del Senado, inamovible durante ocho años.

Una cadena de fiscales regionales que operan con independencia real en sus territorios. Una arquitectura que le costó al país décadas construir y que no se puede desmantelar en sesenta días sin que el sistema entero resienta el movimiento.

Lo que nadie anticipó es que la amenaza no vendría de afuera. Vendría de adentro. Y no con mala intención. Con exceso de identidad.

Cuando una persona que ha ejercido la persecución penal como vocación total, no como trabajo, como vocación, como forma de leer el mundo, ocupa un cargo en el Ejecutivo que tiene frontera directa con ese mismo territorio, el sistema produce algo que la teoría organizacional conoce bien y que la política chilena raramente ha tenido que enfrentar con esta nitidez: dos centros de gravedad operando en el mismo campo institucional.

Uno formal, el que figura en la Constitución. Otro real, el que existe en las redes, en los teléfonos, en las conversaciones que no tienen acta pero que orientan decisiones.

Chile tiene hoy dos fiscales nacionales. Uno con el título. Otro con la historia.

Eso no es una acusación. Es una descripción sistémica de lo que ocurre cuando el nombramiento ignora la diferencia entre trayectoria y cargo, entre lo que alguien ha sido durante veinte años y lo que el Estado necesita que sea a partir del primer lunes de gobierno.

El país tiene, en cambio, personas formadas en instituciones donde esa distinción se aprende antes de los treinta años. Instituciones que enseñan que el mando no es la extensión de la personalidad sino el ejercicio de una función que existe antes que tú y continuará después. Que la autoridad no se construye demostrando que uno sabe más que los demás sino articulando lo que cada uno sabe en una dirección común. Que hay una diferencia fundamental entre conducir una operación y conducir una política, y que confundir las dos no es un defecto menor sino el error más caro que puede cometer quien tiene personas y recursos bajo su responsabilidad.

Esas instituciones forman carácter antes de formar técnica. Y el carácter, en los cargos de alta exposición pública, es lo que sostiene cuando la técnica no alcanza.

Hay ejecutivos en Chile que han administrado presupuestos mayores que el PIB de varias regiones juntas, que han negociado con sindicatos, con comunidades, con reguladores internacionales y con directorios que no perdonan la ambigüedad.

Que han tenido que tomar decisiones impopulares en público, defenderlas con argumentos y cargar con sus consecuencias sin transferir el costo hacia abajo. Que conocen la diferencia entre una crisis de comunicación y una crisis de fondo, y que saben que confundirlas es el primer síntoma de un liderazgo que está perdiendo el hilo.

Personas que han gobernado territorios complejos, no administrado escritorios, gobernado territorios, con la combinación específica que el Ministerio de Seguridad requiere y que hoy está ausente: claridad política, carácter ejecutivo y distancia suficiente del Ministerio Público para no duplicarlo.

Esas personas no necesitan aprender el cargo mientras lo ejercen.

Ya lo saben.

El sistema institucional chileno tiene una señal activa que todavía no ha llegado a los titulares, pero que cualquier observador con criterio puede leer en el patrón de los últimos sesenta días: cuando el titular de un ministerio y el jefe del organismo autónomo que ese ministerio debe coordinar, sin controlar, comparten la misma gramática profesional, la misma red de contactos y la misma identidad de fondo, la frontera constitucional entre ambos se vuelve porosa. No de golpe. Gradualmente. En las conversaciones que no tienen acta, en las coordinaciones que nadie protocoliza, en la influencia que fluye sin que nadie la nombre.

Chile no necesita dos fiscales nacionales. Necesita un Fiscal Nacional y un ministro de Seguridad Pública.

Son cargos distintos. Requieren personas distintas. Y el país tiene, si quiere usarlas, exactamente las personas que ese ministerio necesita para dejar de ser el lugar donde una gran carrera fue a demostrar sus límites.

El nombramiento correcto no es el más obvio. Es el que el sistema todavía no ha hecho.

Y el tiempo de la ventana se está cerrando.

Ingeniero. Patagonia, Puerto Aysén, Chile

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