Las últimas cifras del INE son un llamado de atención que Chile no puede ignorar. Con una tasa de desempleo del 9,4%, la más alta de los últimos cinco años, cerca de 981 mil personas buscan hoy una oportunidad laboral. Detrás de ese número hay familias que enfrentan incertidumbre, jóvenes que no logran dar su primer paso y mujeres que continúan encontrando mayores barreras para acceder y permanecer en un empleo.
Pero hay una realidad menos visible y aún más dura: cerca de un millón de personas —muchas de ellas mujeres— ya ni siquiera buscan trabajo. Se rindieron. Esa cifra no aparece en la tasa de desempleo, pero interpela profundamente: son personas que están abandonando una dimensión primordial del ser humano, y a quienes por dignidad les debemos ofrecer un camino de regreso al mundo laboral.
El caso de los jóvenes es especialmente urgente. Uno de cada cuatro entre 15 y 24 años no logra insertarse, atrapado en un círculo vicioso: sin experiencia no acceden a un empleo, y sin empleo no adquieren experiencia. La inteligencia artificial amenaza con acentuar este drama, porque las primeras tareas que la automatización está reemplazando son precisamente las de los puestos de entrada. Si los jóvenes no empiezan a trabajar, ¿cuándo van a aprender?
En USEC creemos que el trabajo es una expresión concreta de la dignidad de la persona. Cuando alguien encuentra su primer empleo formal, no sólo recibe un sueldo: recibe una señal poderosa de que la sociedad confía en su aporte. Por eso hablar de empleo es hablar también de esperanza, pertenencia y futuro.
La discusión pública no puede quedarse en quién debe resolver el problema. La pregunta de fondo es qué puede aportar cada uno desde el lugar que ocupa. Aquí el mundo empresarial tiene un rol insustituible: crear empleo digno es probablemente una de las contribuciones más relevantes que una empresa puede hacer al país. Y ello requiere, en paralelo, un Estado que favorezca el crecimiento, la inversión y el emprendimiento, porque cuando la economía se desacelera, se contrata menos y se debilitan la confianza y el consumo, en un círculo que golpea con más fuerza a los más vulnerables.
Romper ese círculo exige un liderazgo empresarial dispuesto a asumir su parte. Vale la pena que cada empresario y ejecutivo se haga tres preguntas: ¿estamos abriendo la puerta a jóvenes sin experiencia previa, aunque implique invertir en formarlos? ¿Estamos privilegiando el empleo formal, con contratos estables y proyección de carrera, por sobre soluciones más cómodas, pero menos dignas? ¿Estamos haciendo crecer nuestras empresas con la convicción de que cada nuevo puesto de trabajo es también una forma concreta de aportar al bien común?
Desde una mirada humanista y cristiana, el éxito económico y el desarrollo humano no son opuestos: son profundamente complementarios. El llamado, entonces, es pasar del diagnóstico a la acción. Chile necesita volver a creer que crear empleo es una causa común.
