Durante la década de 1990, la Región Metropolitana de Santiago enfrentó importantes eventos de enfermedades infecciosas transmitidas por alimentos, como la fiebre tifoidea y el cólera. En 1992, el Ministerio de Salud inició una intensa campaña para minimizar los efectos de una potencial epidemia de cólera. Una de las estrategias más exitosas fue poner atención en el riego de las hortalizas con que se abastecía a la ciudad de Santiago desde la zona poniente. Dichas hortalizas se regaban con aguas contaminadas por la descarga de aguas servidas al río Mapocho sin tratamiento alguno.
Gracias al Observatorio de Medicina UC conocemos más detalles de ese plan, que se basaba en un potente llamado a la ciudadanía para fomentar el lavado de manos y la higiene en los alimentos. La campaña fue acompañada por restricciones al uso de aguas servidas en el riego de cultivos, llegando incluso a obligar el uso de agua de pozo para regar lechugas y otros vegetales. Además, se establecieron disposiciones sobre la calidad mínima de las aguas descargadas a los ríos (ver Decreto 90 del año 2000), en consonancia con importantes inversiones en sistemas de tratamiento para limpiar las aguas servidas de Santiago. El plan fue un éxito: se registraron muy pocos casos de cólera, y adicionalmente, se logró controlar la mortalidad por fiebre tifoidea que en períodos anteriores superaba los 100 fallecidos al año.
También fue un éxito la política de tratamiento de aguas servidas en la Región Metropolitana, que luego se extendió a otras ciudades de Chile, posicionando al país en el top mundial de tratamiento de aguas urbanas, y que generó una revolución en la salud pública nacional. Es importante recordar que esta política está ligada desde su origen con el riego de frutas y verduras en la zona poniente de Santiago, donde el reúso de aguas servidas -tratadas o no- en la agricultura era una práctica anterior a la construcción de las plantas de tratamiento que descargan al Mapocho. Dicha práctica, además, no era compatible con el posicionamiento de Chile como un exportador confiable de frutas.
Este proceso de tratar las aguas y devolverlas a los cauces naturales, para que sean captadas nuevamente por otros usuarios y aprovechadas por el medio ambiente, se conoce como reúso indirecto, a diferencia del reúso directo, en que las aguas tratadas no se vierten al cauce natural, sino que son movilizadas mediante tuberías o camiones aljibe hacia otros usuarios, sin aporte medioambiental.
A nivel de cuenca, es importante distinguir que el reúso indirecto (y parte del reúso directo) no constituye una nueva fuente de agua ni un aumento de oferta pues, como se mencionó previamente, son aguas que ya se utilizaban desde antes de su tratamiento, pero que fueron depuradas para solucionar problemas sanitarios. Este tipo de reúso es la regla general por lo que presentar esa agua como un “recurso nuevo” disponible para reasignarse sin costos es un error: cambiar su destino sin duda que significa importantes perjuicios sobre algunos usuarios.
Para tener una aproximación numérica al reúso, el Informe de Gestión del Sector Sanitario de la Superintendencia de Servicios Sanitarios más reciente indica que un 74% de las aguas servidas tratadas fueron dispuestas en cauces superficiales, con un volumen cercano a 926 millones de m3 al año, equivalente a 29,3 m3/s, que luego son captadas por usuarios aguas abajo.
El mismo informe señala que el 21% de las aguas servidas son dispuestas en el mar, es decir, salen de la cuenca unos 263 millones de m3 al año. Reintegrar estas aguas sin duda podría ser considerado una nueva fuente, capaz de permitir el riego de una superficie equivalente a 25.000 hectáreas. Aquí hay que poner foco y decisión para reutilizar estas aguas residuales, que son las que verdaderamente se pierden al salir de la cuenca.
Entonces, respecto del reúso, tenemos el desafío de recuperar y aprovechar nuevamente las aguas que hoy salen de la cuenca mediante emisarios submarinos, a la vez que debemos respetar el derecho de los usuarios existentes respecto de las aguas servidas tratadas que se vierten a los ríos.
Es importante recordar la historia, y los porqués de las decisiones. De esa manera, y mirando la cuenca como una sola unidad, tendremos mayor claridad de los desafíos y oportunidades que se nos presentan de cara a la próxima sequía que, si bien no sabemos cuándo, sabemos que llegará.
