Chile

Cada año, la Global Lighthouse Network (GLN), impulsada por el Foro Económico Mundial junto con McKinsey & Company, reconoce a las fábricas más avanzadas del mundo en digitalización, automatización y sostenibilidad. Estas compañías, denominadas “lighthouse” (faros industriales), son consideradas modelos de la Cuarta Revolución Industrial y marcan el rumbo del futuro manufacturero global.

En 2024, la red sumó 34 nuevos sitios, alcanzando un total de 189 fábricas distribuidas entre Asia, Europa, Norteamérica y Medio Oriente. Sudamérica, una vez más, quedó fuera. Y Chile, pese a contar con ventajas estratégicas en minería, energías renovables y agroindustria, sigue sin figurar.

Los nuevos faros industriales abarcan sectores como alimentos y bebidas, farmacéutica, automotriz, energía, semiconductores, acero, petróleo, gas y metales no ferrosos. Lo que tienen en común es que han logrado mejorar productividad, reducir costos y disminuir emisiones mediante inteligencia artificial, análisis de datos en tiempo real y automatización integral.

La ausencia de Chile no es un dato menor. Con un nuevo año sin avances concretos, la distancia con los líderes se multiplica. El país cuenta con un potencial envidiable en energías limpias -solar en el norte y eólica en el sur- y en recursos minerales clave para la transición energética global, como el cobre y el litio. Pero seguimos siendo proveedores de materias primas en lugar de actores industriales de valor agregado.

El problema no es la falta de recursos, sino la falta de visión. Mientras Asia consolida su liderazgo en manufactura avanzada y redefine los polos de poder global, en Chile seguimos más preocupados de legislar que de adquirir tecnología. El debate político permanece atrapado en el cortoplacismo, mientras el resto del mundo avanza hacia una nueva economía.

El desafío es claro: industrializar sectores estratégicos, automatizar la producción energética, invertir en infraestructura digital y promover capacidades locales en la fabricación de componentes tecnológicos. No basta con vender energía limpia o minerales; necesitamos transformar esos recursos en productos de alto valor.

Chile tiene todo para competir, pero no parece estar dispuesto a hacerlo. La brecha tecnológica no sólo persiste, sino que se ensancha cada año que no actuamos. La pregunta ya no es si podemos alcanzar a los líderes. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer lo necesario para no quedarnos definitivamente atrás.

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