Durante los próximos cinco años, Chile enfrentará una encrucijada decisiva: persistir en un modelo de desarrollo basado en la exportación de recursos naturales con bajo valor agregado, o tomar decisiones valientes que le permitan transformarse en un país competitivo, resiliente e innovador, capaz de generar soluciones desde el conocimiento. La alternativa parece evidente, pero la experiencia muestra que no lo ha sido. Hoy seguimos invirtiendo apenas un 0,36% del PIB en investigación y desarrollo, muy lejos del promedio de los países OCDE. El resultado es conocido: un ecosistema fragmentado, débil en colaboración, con esfuerzos dispersos y dependiente del azar para alcanzar éxitos aislados.

Sin embargo, las oportunidades están sobre la mesa. El litio, el hidrógeno verde, la biotecnología, la inteligencia artificial y las tecnologías avanzadas ofrecen ventajas comparativas únicas para Chile. Contamos con recursos naturales, estabilidad institucional relativa y capacidades científicas crecientes. Pero si no desarrollamos capacidades locales en manufactura avanzada, talento STEM, regulación moderna y escalamiento tecnológico, seguiremos siendo meros proveedores de materias primas para que otros países capturen el verdadero valor. Pasar del discurso a la ejecución ya no es una opción: es una urgencia estratégica.

Para lograrlo, debemos cerrar al menos tres brechas críticas. Primero, la brecha de inversión, impulsando un plan país que al menos duplique el gasto en I+D hacia 2030, combinando recursos públicos con inversión privada, incentivos tributarios y mecanismos de coinversión. Segundo, la brecha de talento, modernizando la educación técnica y universitaria para formar perfiles híbridos —científicos, ingenieros, gestores de innovación— capaces de traducir conocimiento en soluciones concretas. Y tercero, la brecha de conexión, promoviendo alianzas reales y sostenidas entre academia, industria, Estado y sociedad civil, bajo un enfoque de innovación sostenible y de impacto, inspirado en el modelo de la quíntuple hélice.

Pero existe una dimensión aún más profunda que suele quedar fuera del debate: comprender que la innovación basada en ciencia no es un lujo ni un privilegio de países desarrollados, sino una necesidad para resolver problemas complejos. Es la única capaz de generar soluciones de alto impacto y largo plazo, desde vacunas y terapias avanzadas hasta nuevas tecnologías limpias, sistemas alimentarios sostenibles o inteligencia artificial confiable. Sin ciencia, la innovación se reduce a marketing; y sin transferencia tecnológica efectiva, la investigación se queda confinada a papers y laboratorios. Chile no puede seguir permitiéndose este divorcio.

El país tiene con qué. Existen universidades, centros de investigación, emprendedores científicos y empresas dispuestas a innovar. Lo que falta es una visión compartida, voluntad política sostenida, liderazgo empresarial y un cambio cultural que valore el conocimiento como motor central del desarrollo. El período 2026-2030 puede marcar un antes y un después en nuestra historia productiva. O puede convertirse en otra oportunidad perdida. Como dice el dicho, innovar no es opcional: es sobrevivir.

Director de Innovación y profesor Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Los Andes

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