Con este título, Ignacio Walker, exparlamentario, publicó en estas mismas páginas un reciente artículo destinado a mostrar cómo, según él, el catolicismo se ha ido abriendo a la doctrina del liberalismo hasta el punto de aceptar muchas de sus proposiciones. Lo cual sería muy llamativo, porque de esa doctrina, durante mucho tiempo, el catolicismo fue un muy acerbo crítico. ¿Qué sucedió, según Walker, para que se produjera este acercamiento? Simplemente que la Iglesia habría dejado de lado añejas ideas abriéndose a una consideración mucho más amplia de la libertad. Así, habría abandonado la pretensión de los Estados confesionales y la idea de formar entre ellos una “cristiandad”.
Para Walker, hoy día la misión de la Iglesia sería la de construir un cristianismo sin cristiandad, demostración de lo cual sería la aceptación que ella habría hecho de la libertad religiosa. Pero ya hay aquí una sorpresa porque, en la declaración Dignitatis Humanae, sobre esa libertad, el Concilio Vaticano II enseña que “en el uso de todas las libertades hay que observar el principio moral de la responsabilidad personal y social: en el ejercicio de sus derechos, cada uno de los hombres y grupos sociales están obligados por la ley moral para tener en cuenta los derechos de los otros, los propios deberes para con los demás y el bien común de todos. Con todos hay que obrar según justicia y humanidad”. (N°7).
Es decir, hay libertad, pero no sin límites. Lo cual nos lleva al documento más importante del magisterio pontificio en esta materia, la encíclica Libertas Praestatissimum (1888) del Papa León XIII, el inspirador del actual Papa, León XIV. En ella, ese Pontífice enseña que “la libertad, don excelente de la Naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones. Pero lo más importante en esta dignidad es el modo de su ejercicio, porque del uso de la libertad nacen los mayores bienes y los mayores males. Sin duda alguna, el hombre puede obedecer a la razón, practicar el bien moral, tender por el camino recto a su último fin. Pero el hombre puede también seguir una dirección totalmente contraria y, yendo tras el espejismo de unas ilusorias apariencias, perturbar el orden debido y correr a su perdición voluntaria” (N° 1).
Toda la doctrina de la Iglesia apunta, por lo tanto, a enseñar a las personas a hacer un buen uso de la libertad, teniendo siempre presente su condición de parte de la sociedad política y de que su bien puede hacerse realidad sólo en conjunto con el bien de los demás miembros de la sociedad.
Aquí está fundamentalmente la diferencia con el liberalismo, doctrina para la cual la libertad está al servicio de un bien individual que podría buscarse sin consideración algunas del bien de los demás. De hecho, uno de los principales teóricos de esa doctrina, John Locke en su obra “El Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil” sostiene que los hombres nacemos y nos desarrollamos en un estado de naturaleza, aislados de los demás y que, en este estado, trabajando sobre los bienes que nos rodean, se puede hacer propiedad de ellos. Y que, después, los que sean propietarios, organizan una sociedad cuya misión va a ser principalmente la de proteger sus propiedades. ¿Qué pasa con los que no son propietarios, esto es, con los proletarios? Por aquí ya podemos apreciar ciertos datos sobre los cuales, después, Carlos Marx construirá su doctrina, el comunismo.
En estos últimos años, el liberalismo, especialmente el de Walker -que ha hecho casi toda su vida proclamándose cristiano en el partido autodenominado “Democracia Cristiana”- se ha descargado sobre el matrimonio, la familia, la procreación, la educación de la prole. Fue así como él apoya la política del gobierno de Frei Montalva que, en su momento, a través de la promoción masiva de los métodos anticonceptivos, embarcó a Chile en una política de restricción de natalidad cuyas consecuencias las apreciamos y sufrimos hoy día. Walker fue también el autor de la ley que terminó con el carácter indisoluble del matrimonio provocando que éste perdiera todo prestigio en la juventud y que, además, comenzara a ser destruido hasta el punto en que lo vemos hoy: cada día menos matrimonios y más uniones pasajeras de las cuales ninguna se siente llamada a ser ámbito de maternidad ni de paternidad.
En fin, la promoción de que da lo mismo la unión entre dos personas de distinto sexo que la unión entre personas del mismo sexo simplemente apunta a una destrucción de la personalidad humana. El resultado está a la vista: Chile es uno de los países con más baja tasa de natalidad del mundo: nos quedamos sin jóvenes hasta el punto de que, entre nosotros, la proporción de viejos no hace sino aumentar. ¿Quién cuidará de esos viejos más adelante, cuando ya no haya jóvenes?
Aquí están a la vista las consecuencias de ese liberalismo del cual tanto se ufana Walker. León XIII, en la encíclica que hemos citado, se ocupa de quienes en esa época ya pensaban como Walker: “Pero como son muchos los que se obstinan en ver, aun en los aspectos viciosos de estas libertades, la gloria suprema de nuestros tiempos y el fundamento necesario de toda constitución política… nos ha parecido necesario, para la utilidad de todos, tratar con particular atención este asunto” (N° 2). Oigamos al Papa.

La columna confunde el plano de la prescripción con el de la explicación.
Expone con claridad cómo, a juicio del autor, debería entenderse la libertad desde la tradición católica, pero no demuestra que esa concepción explique las transformaciones sociales que describe.
Entre una doctrina moral y una teoría explicativa existe una diferencia metodológica que el texto nunca llega a resolver.
He observado lo que escribe y dice el señor Ignacio Walker. Constantemente la credibilidad de sus relatos no resisten un mayor análisis. Desconozco que lo motiva, pero es evidente el intento de distorsión de la verdad.
Concuerdo con el planteamiento de Gonzalo Ibáñez. Como católico que trato de ser, entiendo que el uso de mi libertad debiera propender a la mejora personal y de la sociedad, sin menoscabo de otros y respetando la naturaleza que Dios imprimió en nosotros cuando nos creó. Aunque es difícil, no la entiendo como hacer lo que los seudo iluminados sugieran, las modas dicten o las mayorías impongan.