Chile quiere carreras más cortas, pero evita una pregunta incómoda: si sus estudiantes están preparados para ellas.
En una columna anterior planteamos que acortar las carreras universitarias no debía entenderse como una simple reducción de años, sino como una oportunidad para rediseñar la formación en un contexto marcado por la irrupción de la inteligencia artificial.
El debate ha avanzado. Hoy existe cierto consenso en que las carreras chilenas son excesivamente largas. Sin embargo, hay una pregunta previa que seguimos evitando: ¿están nuestros estudiantes en condiciones de sostener trayectorias universitarias más breves y exigentes?
La evidencia sugiere que no.
Los resultados de PISA 2022 muestran una realidad incómoda. Mientras en Estonia —referente educativo europeo— entre un 11% y un 13% de los estudiantes alcanza niveles avanzados en lectura y matemática, en Chile esa cifra apenas llega al 2%. Más aún, sobre el 60% de nuestros estudiantes se ubica en niveles básicos o insuficientes.
No se trata de acumular contenidos. PISA mide algo más decisivo: la capacidad de comprender textos complejos, razonar, resolver problemas y aplicar conocimiento en contextos reales. Es decir, las habilidades que hacen posible un desempeño autónomo en la educación superior y en entornos altamente tecnologizados.
Aquí está el punto: países que logran trayectorias universitarias más cortas no lo hacen porque enseñen menos, sino porque reciben estudiantes mejor preparados. Intentar acortar carreras en Chile sin abordar esta brecha puede tener un efecto paradójico: no formar mejor, sino simplemente comprimir déficits.
Esto obliga a cambiar la forma en que estamos planteando la discusión. El problema no es cuánto dura la universidad, sino qué ocurre antes de ella.
Una alternativa razonable es avanzar hacia trayectorias en dos etapas: un primer ciclo formativo —tipo bachillerato— centrado en desarrollar comprensión lectora avanzada, razonamiento matemático, pensamiento crítico y autonomía intelectual; seguido de licenciaturas más breves, exigentes y especializadas.
Pero este rediseño tiene una implicancia aún más profunda: obliga a revisar nuestro sistema de admisión.
Hoy seleccionamos a los mejores dentro de un grupo. Sin embargo, un sistema de formación más exigente requiere otra lógica: asegurar que quienes ingresan posean efectivamente las competencias necesarias para sostener ese nivel de exigencia. La diferencia no es menor. Supone pasar de un criterio relativo a uno absoluto.
Lejos de cerrar oportunidades, esto podría ampliarlas. Un estudiante que no alcanza las competencias al egresar de la enseñanza media no quedaría excluido, sino que podría desarrollarlas en una etapa inicial antes de acceder a una licenciatura más exigente. El sistema dejaría de castigar el punto de partida y comenzaría a valorar las trayectorias.
Esto, además, permitiría una mayor especialización institucional: universidades enfocadas en formación inicial de calidad, y otras en formación avanzada, investigación y posgrado. Un ecosistema más diverso y coherente con la realidad educativa del país.
Nada de esto es simple. Las preferencias sociales, el financiamiento y el actual sistema de acceso están profundamente anclados en el ingreso directo a carreras profesionales. Cambiarlo será difícil.
Pero seguir evitando el diagnóstico lo es aún más.
Chile no necesita simplemente carreras más cortas. Necesita estudiantes mejor preparados para aprender en menos tiempo y con mayor exigencia.
Sin esa base, acortar será sólo una ilusión.

Pareciera que al igual que la incorrecta distribución de los recursos financieros, también este tema se quiere abordar y resolver solo en nivel de educación superior. Si los alumnos llegan con déficit a la universidad, aquello nos indica que el problema está en la base. Cobertura total en educación parvularia y exigente, con metas. Un alumno en segundo básico debe saber leer y escribir bien y las cuatro operaciones matemáticas. Las universidades debieran subir los los puntales de corte y mucha mayor ponderación a su prueba de admisión. Notas EM infladas y mentirosas. Los que no alcanzan a ingresar, tienen un mundo de oportunidades en educación técnica y técnico profesional.