Credit: Prensa Presidencia

En este caluroso verano político, Michelle Bachelet ha presentado su propuesta para la gobernanza de la ONU. Cuatro ejes articulan su propuesta: derechos humanos, multilateralismo, cooperación global y reformas institucionales. Un discurso que calza con precisión con su trayectoria internacional. Nada desentona. Nada sorprende. La escena es políticamente correcta. Y ahí comienza el problema.

Bachelet no es solo una exmandataria: es un personaje político cuidadosamente construido. Relativamente sobrio, empático, éticamente reconocible. Un diseño trabajado durante años, con disciplina emocional y una narrativa estable. En términos teatrales, no improvisa. Actúa desde una partitura conocida, administra silencios y suele evitar el exceso. El personaje funciona. El problema es que la obra en la que pretende desplegarse se ha ido desdibujando.

En Chile, esa figura genera lecturas incómodas. Para sus detractores, encarna una política de doble estándar: firme en el discurso de derechos humanos, flexible y selectiva en su aplicación; cuidadosa en la retórica, ambigua en la toma de decisiones. Fuera del país, la lectura cambia. En el progresismo internacional, Bachelet es vista como garante moral, figura de consenso y, para algunos, como posible tabla de salvación de una izquierda con relato cada vez menos creíble y liderazgo en repliegue. Algunos dirán que se cosecha lo que se siembra.

Se viven tiempos críticos, la desesperación cunde y ello en ocasiones implica puestas en escena presurosas, si se quiere dudosas; ello representa riesgos para quienes sacan el conejo del sombrero del mago, uno está en no reconocer la naturaleza de la audiencia y lo que la mueve. Y es que no hay caso, el ilusionismo pierde espacio cuando se descubre el truco. La seducción no persuade.

Así, lo que en Chile es visto en vastos sectores como cálculo interesado o falta de conducción por parte de la exmandataria, en no pocos sectores del exterior es celebrado como moderación civilizada. Un mismo gesto, dos interpretaciones. Nada nuevo en política. Tampoco en teatro.

Pero vamos viendo, el punto crítico no es la supuesta coherencia del discurso, sino su pertinencia histórica. La política internacional actual no es un espacio de deliberación ilustrada. Es un campo de disputa explícita, donde la fuerza precede a la norma y el multilateralismo opera más como coartada que como regla efectiva. Para buena parte del mundo, el progresismo liberal occidental no provoca rechazo visceral; simplemente no importa. Y la indiferencia, en política, es una forma superior de derrota, en este caso una donde lo cultural se está haciendo presente e inclinando la balanza.

Aquí se produce la desconexión central. Se insiste en actuar como si la escenografía siguiera en pie y los intérpretes conmovieran, cuando el escenario fue desmontado hace rato y el público ya está en casa. La ONU funciona hoy más como símbolo que como actor. Y los símbolos, cuando no tienen respaldo de poder, se convierten en retórica ornamental carente de valoración sustantiva.

Este desajuste no es nuevo. Ya estuvo presente en los dos gobiernos de Bachelet. Sus críticos no cuestionaron tanto los fines como los medios. Reformas ambiciosas, sí. Pero con déficits persistentes de ejecución, conducción política y control del proceso. Mucho diseño, poco cierre. Grandes anuncios, resultados diluidos y/o con efectos colaterales que han acarreado perjuicios a muchos.

En clave teatral, el problema pudo ser el de una actriz tal vez sometida a un doble propósito, uno declarado y otro parte de un currículo oculto. Buen planteamiento inicial, dificultades en el ritmo, escenas que se alargan, ajustes visibles desde la platea. Una autoridad simbólica proyectada por el dolor histórico, combinada con una conducción cotidiana débil, sujeta a direcciones y emociones a las que se es muy difícil renunciar. Cuando las crisis estallaban, la reacción llegaba tarde, lo que causaba frustraciones y también activaba imaginarios nocivos. Nada bueno resulta de todo aquello. La escena se frustra, las cabos se sueltan, la necesaria unidad de sentido se afloja.

Hay que reconocer que ese estilo desplegado pudo ser virtuoso en su momento. Pero, sabemos que, en los inicios de una relación, el poder de la seducción es cautivante. En escenarios cotidianos más demandantes y/o de alta fricción, ello se vuelve insuficiente como sostén. A medida que el tiempo pasa, vamos siendo testigos de inconsistencias de todo tipo que luego se tornan intolerables. A medida que nuestra capacidad de ver aumenta, la desilusión crece. Así, dudamos de los valores del otro, también de su eficacia y buena intención. Y en la política, como el teatro, aunque incomode decirlo, se mide por resultados, no por intenciones. Ese es el actual dilema de la izquierda. Ese es el incómodo papel que le está tocando jugar a Michelle.

Trasladado al plano internacional, el riesgo es evidente. Bachelet representa un liderazgo diseñado para una etapa que ya terminó: la del optimismo institucional, la pedagogía multilateral y la fe en reglas compartidas que sufrieron imposiciones colonizadoras a nivel cultural cada vez más resistidas. Hoy, el mundo opera con otros códigos. Y quienes no los entiendan estarán condenados a quedar fuera de juego o a ser comparsas melancólicas poco significativas. Una suerte de dolientes náufragos aislados y limitados por sus rígidas creencias.

Se configura así una situación incómoda: se reimpulsa una figura -de cierta forma agotada- celebrada por grupos de interés como reserva moral de una izquierda en crisis, la cual no reconoce errores y que como romántica figura ya en declive, intenta darse autoconfianza en pasadas glorias y conquistas. Una dramaturgia triste, inspirada en una dinámica chejoviana de carácter pequeño burgués. Paradójico cuando menos.

¿Podrá un personaje así, incidir positivamente en el curso de los dramáticos acontecimientos de la ONU?

El poder real decide, presiona y avanza sin pedir permiso. Y en ese marco, la pregunta es -complicada desde lo humano- si Bachelet sirve para algo más que tranquilizar unas perplejas conciencias progresistas. Mientras, y según lo agenciado estratégicamente por el gobierno saliente, los chilenos nos debatimos entre un apoyo chauvinista o un rechazo que de acuerdo a una reciente encuesta se manifiesta mayoritario.

En fin, la obra está anunciada, ahora solo cabe esperar a ver qué pasa con ella y si los posibles vetos permiten su estreno.

Actor, Licenciado en Estética, Magíster en Comunicación. DEA de doctorado en Letras. Profesor Universitario.

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