AGENCIAUNO

Acaba de asumir un nuevo Presidente de la República. Se acabó el tiempo de las campañas, pero sobre todo se terminó el tiempo de las especulaciones; llegó el momento de la acción, de poner en marcha un programa y una perspectiva de la política que lograron el respaldo del sufragio mayoritario.

El tiempo de la pugna electoral suele darse en el plano del discurso; en la confrontación verbal de diagnósticos y propuestas, así como de argumentos para unos y otros. La palabra, por lo tanto, se toma el protagonismo y la opinión pública busca caracterizar a los líderes y de suponer cómo serían sus eventuales mandatos. El tiempo que acaba de comenzar, sin embargo, ya no se trata de eso; ahora es tiempo de la acción, y el gobierno que inicia ha sido particularmente enfático en esta dimensión de su período presidencial: “Trabajando para usted” es el eslogan elegido para la imagen corporativa del nuevo gobierno. ¿Cuán separadas están estas dos facetas de la política (acción y discurso)? Y, ¿qué papel cumplen cada una en la actividad pública? Estas líneas procuran responder a estas preguntas.

Hannah Arendt, a lo largo de su obra, pero sobre todo en La condición humana, define que el ámbito de acción más elevado del ser humano es la acción política, la actividad pública, donde tanto acción como discurso componen la expresión más nítida de la libertad propiamente humana, es decir, aquella forma de ser libres que sólo nosotros, y ningún otro ser sobre la tierra puede experimentar. La política, a su entender, es la actividad donde los iguales en dignidad, que a la vez son distintos en su personalidad, hacen dos cosas: revelan unos a otros su identidad, la que a su vez cobra valor al ser captada en la interacción con otros, mientras que, por otro lado, se inician acciones mancomunadas en donde cada uno aporta algo nuevo; esta capacidad de hacer con otros, en la sumatoria de los aportes individuales, es lo que Arendt entiende como el verdadero poder político, una capacidad superior de hacer, gracias a la acción colectiva.

En esta concepción de la política, es evidente que acción y discurso no están separados, sino que están siempre aconteciendo en paralelo y apoyándose recíprocamente. Mediante el discurso se debate, se expresan las ideas y se buscan acuerdos, se persuade a la ciudadanía y se aspira al poder pacíficamente. En este sentido, la palabra en el discurso es esencial para la democracia, si entendemos que la deliberación, la libertad de expresión y la disputa racional y pacífica por el poder están en su esencia. Sin embargo, la palabra siempre es personal. Por más que los discursos se construyan desde movimientos políticos que aglutinan a muchas personas, las ideas se hacen carne en los liderazgos, y éstos sólo existen y son exitosos si logran representar el proyecto político que se quiere expresar, por lo tanto, el factor personal es siempre la última instancia del discurso. En este sentido, la palabra lleva consigo la autorrevelación del individuo, ya que expresa, lo quiera o no, su identidad, su forma de pensar y sentir la política, y es en la coherencia a largo plazo donde se comprueba irremediablemente la veracidad de quien habla.

La acción, a diferencia de la palabra, es siempre colectiva. Es una construcción más o menos planificada, pero nunca totalmente controlada, de lo que las personas en la sumatoria de sus actividades agregadas van haciendo de la política concreta. Bajo esta idea, la política siempre está deviniendo; siempre es transformación en la medida que cada nuevo actor pone algo de sí en la acción que se lleva adelante. De aquí que, tal como recalca Hannah Arendt, una cuestión esencial de la acción política es su imprevisibilidad; esto es lo que a muchos fascina de la política, que sea una actividad siempre abierta a posibilidades impensadas. De aquí que la política siempre despierte esperanzas en muchos, pero de aquí también viene la posibilidad de fracasar rotundamente al no poder anticipar desastres políticos como los totalitarismos del siglo XX y las nuevas dictaduras y autoritarismos del XXI.

Llevemos esta caracterización de la política a nuestra contingencia. Al Presidente José Antonio Kast se le ha criticado duramente por sus malos discursos. Se ha dicho que son aburridos (algo que quizás una mayoría de chilenos podría decir de todo discurso político), pero sobre todo se le ha acusado de una escasa densidad intelectual, de poca profundidad política, de carecer de épica, de ser repetitivo, de exagerar sus alusiones a Dios y a la familia y de carecer del arte de la retórica. En definitiva, se ha dicho que no se compara con los grandes discursistas de nuestra historia (aunque nadie de la historia reciente). Todo esto es verdad; Kast jamás ha intentado siquiera dar un discurso demasiado sofisticado, mucho menos académico; no se ha preocupado por explicarse ideológicamente ni por citar o dar a entender que lee a ninguno de los grandes autores de la política. No ha presentado una épica, una gran gesta nacional ni histórica como horizonte de su proyecto político; incluso renunció a esa presión discursiva de la guerra cultural que desde su derecha enarbolan otros que dejó fuera de su gobierno, por el contrario, eligió remitirse a la simpleza de hacer un gobierno de emergencia. Sus discursos están plagados de frases cortas, lugares comunes, pocas y siempre muy generales ideas, un tono litúrgico que denota que ha pasado muchas horas en misa (quizás ese tipo de discurso sea el que más ha escuchado en su vida). De todo eso no sale, no intenta salir y no parece que saldrá jamás.

Los discursos de Kast, sin embargo, le han conferido ciertas cualidades ampliamente reconocidas: se le considera sencillo, formal, tranquilo, honesto, coherente, creíble, predecible y fome. Estas cualidades hablan de quién es: un hombre maduro que entra en los 60, criado en un entorno rural, de familia estricta y disciplinada (como buenos alemanes), católico practicante (extraordinariamente practicante para nuestros tiempos), padre de una extensa familia, marido, abogado, político de experiencia e inconfundiblemente de derecha. Por lo tanto, en el discurso, José Antonio Kast Rist ha sido impecable en revelarle al país quién es, y jamás ha pretendido dar a entender otra cosa.

De Kast por el lado de la acción, sin embargo, está todo por decirse. Su gobierno recién comienza y es ahora cuando él, como líder de esta nueva acción política encarnada en un gobierno, iniciará una empresa colectiva que, sobre todo hoy, es imposible decir a dónde llegará y cómo terminará. A medida que pase el tiempo tendremos más elementos de juicio y podremos evaluar paso a paso el desempeño del gobierno, para que, recién en cuatro años más, podamos sentarnos a discutir definitivamente cómo fue su mandato.

Hacer del análisis del discurso un juicio político es un error grave. El discurso nos dice quién es quién en política, la acción, por otro lado, la ejecución de un proyecto colectivo en toda su complejidad e imprevisibilidad, no sólo nos habla de quienes participaron de ella, sino que nos permite hacer un juicio político en toda la dimensión de la palabra. La política la hacen las personas, pero el juicio personal no es lo mismo que el juicio político. Disfrazar un rechazo a la persona a través de una crítica pretendidamente política a su discurso, es una falla intelectual en el mejor de los casos, y una deshonestidad en el peor de ellos.

Los malos discursos de Kast no son el gobierno de Kast. Las virtudes y las fallas de su gobierno no están en la profundidad ni en lo tedioso de sus discursos. Si se le tiene antipatía personal a Kast, o si simplemente la frustración de no tener a un gran orador que nos deleite con ideas y arengas inspiradoras que se tallen a sí mismas en los mármoles y en las páginas de la historia es tan insoportable, al menos hay que intentar distinguir el ámbito de la palabra del de la acción, ya que por más que estén entrelazados, son distintos y no es necesaria la afinidad personal para tener una buena evaluación de su rol de líder político, así como una buena impresión o afinidad personal no son garantías de un buen gobierno.

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