Septiembre acaba de llegar a su término. Como era de esperar, dos fechas lo marcaron: el día 18 cuando conmemoramos el inicio del proceso de Independencia; y el día 11 en el que conmemoramos un nuevo aniversario del pronunciamiento militar de 1973. De cara a esta última fecha, el Comité Permanente del Episcopado Chileno estimó necesario emitir una declaración reflexionando acerca de lo que sucedió entonces. De entrada, sus miembros proclamaron que esa reflexión debía hacerse sobre una base: “Verdad sobre lo ocurrido: La sociedad necesita conocer los hechos con claridad, honrar la memoria de las víctimas y rechazar la manipulación del pasado”. Muy cierto este principio, y sobre esa base me atrevo a avanzar mi opinión.
Lo ocurrido el 11 de septiembre no puede entenderse sin tener a la vista lo que sucedía en Chile antes de esa fecha. Es decir, no pueden entenderse los hechos de ese día sin advertir como, con toda evidencia, el país estaba siendo conducido a una situación de ruina y, su población, a una situación de sometimiento total. Se quería imponer una dictadura marxista con toda la intrínseca perversidad propia de esa ideología. El país se batió para impedirlo empleando todas las armas pacíficas que encontró a la mano, pero fue imposible detener la decisión del gobierno de entonces en su designio de someter a Chile.
Las Fuerzas Armadas y de Orden chilenas se han caracterizado, a lo largo de nuestra historia, por ser obedientes al poder político de la nación y concentrarse en su preparación para cumplir con la misión que les encomiendan la Constitución y las leyes. Pero esa obediencia encuentra un límite: no es posible acatar una autoridad que se empeña en destruir al país. En 1973 llegó el momento en que la única posibilidad de rescatar al país y a sus habitantes de la tiranía en la que se los quería ahogar, fue la acción de esas Fuerzas destinada a recuperar el poder político para una finalidad de bien común. Es que el país era conducido a una situación de guerra civil: los partidos entonces en el gobierno habían declarado que la violencia no sólo era un instrumento legítimo para controlar el poder político, sino que era la “única” forma legítima de alcanzarlo: “La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento” (Declaración del Partido Socialista en su Congreso de Chillán de 1967) y para esos efectos se armaban y organizaban milicias destinadas a enfrentar a nuestras Fuerzas Armadas.
Esa es la verdad histórica de lo que sucedió entonces y que, como tal, fue reconocida y proclamada por figuras como Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin. La conclusión es clara y precisa: la responsabilidad de que ese día las armas hayan tenido que empuñarse recae en su totalidad sobre quienes se empeñaron hasta el final en doblegar al país bajo un régimen marxista. Y esa responsabilidad se extiende asimismo a las consecuencias dolorosas que el uso de las armas produjo. Es cierto que hubo abusos en el empleo de las armas y que ellos deben ser sancionados, pero eso no aminora ni un ápice la responsabilidad total de quienes obligaron al uso de esas armas.
Entre quienes deben ser considerados responsables de ese uso, se encuentran, por lo demás, varios miembros del clero de la época. Por ejemplo, este texto publicado en la Revista Mensaje (jesuita) de agosto de 1968: “Pero hay una tercera violencia. No brota ésta del odio o del resentimiento, tampoco es un desesperado gesto de miedo. No se ejerce en beneficio propio sino en servicio a los demás; por la misma razón no es meta sino instrumento. Esta violencia: paradojalmente penetrada de amor, destinada a romper cadenas y despertar lo humano en el hombre, a sustituir la injusticia instalada por una auténtica fraternidad, es la violencia que preconizaba el guerrillero Guevara”. Sería bueno que los obispos opinaran al respecto.
Concluyen los Obispos: “No puede consolidarse reconciliación auténtica allí donde persista la sensación o la realidad de la impunidad. La justicia debe aplicarse con rigor e imparcialidad para restablecer el orden moral quebrantado, actuando con rectitud y sin dar cabida al odio ni a la venganza”.
Sin embargo, quienes fueron responsables de haber hecho necesaria la intervención militar gozan de completa impunidad. Quienes debieron salir de sus cuarteles para impedir la disolución de Chile son, en cambio, perseguidos con odio y sed de venganza.
Es muy importante no esconder toda esta verdad, porque de lo contrario, lo más probable es que nos veamos empujados a repetir la historia. Nunca más nos podemos ver en la necesidad de recurrir a nuestras Fuerzas Armadas y de Orden para que impidan la destrucción del país por culpa de un mal gobierno. Pero, la primera condición para que ello no suceda es que el país comprenda que nunca más puede aceptarse que el poder caiga en manos similares a las de aquellos que lo tenían antes del 11 de septiembre de 1973.
Agradecemos a los obispos su carta y la posibilidad que con ella abrieron de reflexionar una vez más acerca de nuestra historia.

Ese comité debe ser ilegalizado
En la portada del semanario parisiense «Le Nouvel Observateur», nº 462 del 17 al 23 de septiembre de 1973 aparece una imagen con el rostro de Salvador Allende bajo el título “LES ASSASSINS DE SALVADOR ALLENDE. Un grand récit de Régis Debray”.
En sus páginas interiores el artículo correspondiente titulado: “IL EST MORT DANS SA LOI”, el que en uno de sus párrafos dice: Enivrement funebre ou entetement sarcastique, Allende s’adonnait, avec un flegme de joeur d’échecs, a ses manoueuvres tactiques, chaque jour a recommencer. Je n’ai pas osé et personne ne le faisait plus, lui demander: a quoi bon? Et quelle est la strategie dans tout cela? C’eut été de mauvais aloi. Chacun savait qu’il s’agissait seulement de gagner du temps pour s’organiser, pour s’armer, pour coordonner les appareils militaires des Partis de l’Unité Populaire. Course contre la montre qu’il fallait tenir semaine apres semaine. Traducido al castellano : «En su embriaguez fúnebre o en su emborrachamiento sarcástico, Allende se entregaba diariamente con una tranquilidad de jugador de ajedrez, a sus maniobras tácticas. Yo no me atreví y nadie se atrevería a preguntarle: “¿Con qué fin? ¿Y cuál es la estrategia en todo esto?” “Éste estaba todo el tiempo manipulando. Todo el mundo sabía que se trataba sólo de ganar tiempo para organizarse, para armarse, para coordinar el aparataje militar de los partidos de la Unidad Popular. Carrera contra el tiempo que era preciso mantener semana tras semana».
Al respecto, Hermógenes Pérez de Arce Ibieta ha dicho: Los militares nos salvaron de un destino totalitario, buscado por la UP, que estuvo cerca de suceder, como se desprende de la entrevista, publicada póstumamente, tras la muerte del entrevistado, en el número 462 del 17 al 23 de septiembre de 1973 de “Le Nouvel Observateur” de París, por el periodista y amigo de Salvador Allende, Régis Debray. “Una gran narración”, dijo orgullosamente el periódico. Hoy nos sirve para decir “a confesión de parte, relevo de pruebas”, porque reproduce la revelación de Allende de una “carrera contra el tiempo para organizarse, para armarse, para coordinar el aparataje militar de los partidos de la Unidad Popular”
REF: Adolfo Paúl Latorre. «PREVARICATO. La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo», Editorial Conservadora, marzo 2026, segunda edición, 579 páginas.
ADOLFO PAÚL LATORRE
Comentario claro, valiente y que nos remite a la verdad histórica. Manipulada hasta el extremo por viejos y nuevos marxistas, como el expresidente Boric. Verdad histórica que la Iglesia ha por desgracia ignorado, quizás por un prurito «políticamente correcto», añejo, y que divide a chilenos y católicos.
a por desgracia ignorado…
Excelente, muchas gracias
Sin entrar en la discusión historiográfica sobre las causas y responsabilidades del quiebre de 1973, hay una distinción que no debería depender de ella.
Explicar la crisis previa no permite transferir la responsabilidad por las decisiones posteriores: nadie «obliga» a otro a torturar, ejecutar o hacer desaparecer personas.
Y el verdadero «nunca más» significa que ningún gobierno nefasto habilita a las Fuerzas Armadas para decidir cuándo termina la democracia. Si aceptamos esa excepción, la soberanía popular rige sólo mientras quienes tienen las armas estimen que debe regir. Eso no es una democracia con salvaguardas: es una democracia bajo tutela.
¡Menos mal que en 1973 Chile contaba con ese seguro de vida que está constituido por sus Fuerzas Armadas y de Orden!; seguro que quieren destruir personas que adhieren a doctrinas estatistas, colectivistas, igualitaristas e intervencionistas, anuladoras de la persona humana y de los principios de una sociedad libre; lo que contradice nuestra tradición chilena y que atentan contra nuestra patria y los principios que fundamentan la sociedad cristiano-occidental.
Adolfo Paúl Latorre
Doña Jessica dice: «ningún gobierno nefasto habilita a las Fuerzas Armadas para decidir cuándo termina la democracia».
Al respecto, y en relación con la mentira mil veces repetida en el sentido de que fueron los militares los que “quebraron la democracia”, en circunstancias que el 11 de septiembre la democracia ya había fallecido y que los militares solo le dieron sepultura, citaré al conocido escritor y diplomático Roberto Ampuero, quien dijo: «Viví conscientemente los años previos al “Once”, que comenzaron a fines de los sesenta con el MIR y el partido socialista, la tienda del presidente Allende, abrazando la vía armada para instaurar el socialismo: hice durante la UP filas interminables ante almacenes vacíos y la JAP de mi barrio (“Juntas” que racionaban los alimentos por grupo familiar), participé en refriegas callejeras, las que sacudían al país, y marché coreando “Paredón, paredón para el momio cabrón”, y también “No a la guerra civil”. Y me tocó ver desde un techo distante, cómo los Hawker Hunter lanzaban misiles a La Moneda, y tres meses después salí de Chile rumbo a Europa del este porque, con veinte años, era un ingenuo (aunque no inocuo) joven comunista. Atrás quedaba un país destruido, donde los políticos habían ultimado la democracia al ser incapaces de lograr consensos, y las fuerzas armadas la sepultaban».
AMPUERO Espinoza, Roberto. “Salvando amigos en tiempos recios”, El Mercurio de Valparaíso, 6 de agosto de 2023. “El 11 de septiembre NO HABÍA DEMOCRACIA NI INSTITUCIONALIDAD EN CHILE. Solo cabía discutir por qué se iba a reemplazar: si por la dictadura marxista, llamada con eufemismo ‘popular’, o por un gobierno militar que pueda rehacer la institucionalidad chilena”. GUZMÁN Errázuriz, Jaime. Escritos personales, Zig-Zag, Santiago, 1992 (2a ed.) p.98. Jaime Guzmán, refiriéndose a las razones del pronunciamiento militar de 1973, dice: “A lo largo de casi tres años se denunció que el gobierno de la Unidad Popular estaba destruyendo las bases mismas de nuestra institucionalidad democrática. Sólo le faltó el último golpe para terminar de derribarla y establecer la dictadura marxista-leninista. El 11 de septiembre, Chile ya no tenía ni institucionalidad verdadera ni democracia auténtica y vivía una virtual anarquía política, económica y social. Y es una ley inevitable que a la anarquía sucede siempre una dictadura. La única duda era si ésta iba a ser marxista o militar. La culpa de esta disyuntiva, claro está, la tuvo el gobierno de Allende. Entonces ya no cabía defender una democracia que no existía, que había sido deliberada y sistemáticamente destruida”. GUZMÁN Errázuriz, Jaime. «Escritos personales».
ADOLFO PAÚL LATORRE