Vidas de Papel se acaba de sumar al catálogo de Netflix y confirma que el cine turco está dispuesto a no sólo sacarnos lágrimas, sino también a mostrar la grandeza humana en medio de la más cruel pobreza material.

Tal como ocurriera el año pasado con Milagro en la celda 7, el filme muestra la relación entre un adulto atormentado y un niño cuya pureza saca lo mejor de uno. La historia se centra en Mehmet (Çagatay Ulusoy), quien regenta una central de acopio de desechos recogidos durante el día por decenas de jóvenes y niños en diversos barrios de una tremendamente desigual ciudad de Estambul. Una noche, el hombre encuentra al pequeño Ali (Emir Ali Dogrul) oculto en una de las bolsas de recolección de basura, con claras señales de maltrato.

Comienza ahí una relación profunda entre ambos protagonistas, vínculo cada vez más estrecho pese a la enfermedad mortal que aqueja a Mehmet y la necesidad imperiosa de Ali por rescatar a su madre de un padrastro maltratador. Ambos comparten una historia de abandono y soledad y, a medida que avanza el filme, las biografías parecen cada vez más íntimamente ligadas una con la otra.

Vidas de Papel, dirigida por Can Ulkay, muestra el drama de los innumerables niños abandonados por sus padres en la capital turca, dejados a la suerte de la calle y, si hay fortuna, a la buena voluntad de personas como Mehmet, su “hermano de vida” Gonzales (Ersin Arici) y Tahsin (Turgay Tanülkü), un anciano cuyas apariciones en la historia son en los momentos más críticos.

En 96 minutos, esta nueva producción del cada vez más consolidado cine turco, cuenta la historia de dos personajes con biografías entrelazadas, pero también denuncia el ambiente de pobreza y abandono en el corazón del país, donde el consumo de drogas y alcohol, sumado a las peleas entre pandillas, se entremezclan con la bondad de un grupo de jóvenes rotos por dentro que logran generar y aferrarse a algo parecido a lazos familiares.

El arco del personaje de Mehmet es el que se roba la película. Un buen hombre que, aparentemente y pese a la enfermedad, había logrado ponerse de pie en un ambiente miserable, se cruza con un niño con el que mientras más se encariña más saca a flote las heridas propias, esas que aparentemente ya habían cicatrizado.

Igual que como ocurre con Milagro en la celda 7, la producción turca juega con giros inesperados en la trama que debilitan los lagrimales del espectador, pero que sobre todo termina por generar una reflexión profunda –y dolorosa– sobre el hecho de que las heridas biográficas, aunque cicatricen, están siempre ahí, latentes.

¿La moraleja? Un niño maltratado física y/o psicológicamente sin duda puede redimirse y convertirse en una persona excepcional… pero con el alma herida para siempre.

Trailer aquí.

Alberto López-Hermida

Decano Facultad de Comunicaciones Finis Terrae