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Publicado el 23 de mayo, 2019

Smart Media, la columna de Fernanda Demaria: Por unos dólares más

Autor:

Fernanda Demaria

Todo tiene su precio. Incluso Cien Años de Soledad. Netflix compró los derechos de la novela para convertirla en serie, pese a que Gabriel García Márquez jamás autorizó una adaptación audiovisual de esta obra. En una movida millonaria la plataforma aumenta su catálogo de material exclusivo y de paso nos roba la posibilidad de imaginar flores caer del cielo, pestes de insomnio y amnesia, y sufrir una invasión de mariposas amarillas. Así el realismo mágico da paso al pragmatismo y el ritmo propio de la lectura a la vorágine de la entretención de rápido consumo.

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Fernanda Demaria

Se negó rotundamente. No aceptó siquiera la millonaria propuesta de Anthony Quinn. Con Cien Años de Soledad Gabriel García Márquez protegía a rajatabla ese sagrado vínculo que une al lector con el creador de la obra. Para él Macondo debía ser imaginado por quienes leyeran su libro –publicado en 1967-, y no dado de antemano por una locación elegida arbitrariamente por un tercero. La voz de Aureliano Buendía tendría un tono distinto según lo quisiera quien avanzara por sus páginas y al mismo tiempo se empapara de aquella lluvia que duró cuatro años, once meses y dos días.

Cuando se celebra el quinto aniversario de la muerte de Gabo, sus herederos vendieron a Netflix los derechos de la novela más importante del Premio Nobel de Literatura que cuenta con más de 50 millones de ejemplares vendidos. “Esto es real. Esto es mágico. Esto es Cien años de Soledad. La serie llega próximamente”, señala el tuit de Netflix, acompañado de un breve video con el título “Bienvenidos a Macondo”. Ahora la historia de los Buendía será parte del catálogo de la plataforma al igual que Stranger Things, Orange is the New Black y La Casa de las Flores, por nombrar algunas. Ni en sueños el artista colombiano hubiese imaginado algo así.

García Marquez no quería a quitarle a su público el tesoro de la imaginación.  Y tampoco poner en riesgo su obra: “Anthony Quinn, con todo y su millón de dólares, no será nunca para mí ni para mis lectores el coronel Aureliano Buendía. El único que podría hacer ese papel, sin pagar ni un centavo, es el jurista colombiano y gran amigo mío Mario Latorre Rueda. Por lo demás, he visto muchas películas buenas hechas sobre novelas muy malas, pero nunca he visto una buena película hecha sobre una buena novela”, declaró Gabo.

Los hijos del escritor tomaron algunas salvaguardas. Gonzalo -diseñador gráfico y editor- y Rodrigo -director de cine y televisión- realizarán la producción ejecutiva y afirmaron que aceptaron la propuesta ya que ahora sí se dan dos requisitos claves: tiempo para contar la historia y la necesidad de ser narrada en español. La grabaciones se llevarán a cabo principalmente en Colombia y pese a que su realización fue anunciada en marzo, no hay mayores detalles.

Pero pensar que tendrán una gran libertad para trabajar es ilusorio. Cien Años de Soledad entró al mercado y deberá competir con las mismas armas que las otras producciones. Netflix tiene cerca de 140 millones de suscriptores y con esta serie llegará a más de 190 países. Con el nivel de información que maneja sobre los gustos de sus usuarios sabe qué funciona y qué no. Nada de improvisar. Las adaptaciones cinematográficas de Crónica de una Muerte Anunciada  y El amor en los Tiempos del Cólera fueron mediocres. Los ejecutivos de la plataforma de streaming no permitirán que Cien Años de Soledad corra la misma suerte.

Aunque con la serie hay más tiempo para desarrollar la trama –comprimir la historia de siete generaciones de Aurelianos en un par de horas sería utópico-, llevar de una forma atractiva y convincente el realismo mágico a la pantalla sigue siendo una tarea titánica. Cien Años de Soledad es una novela sensorial, el rol del lector resulta clave. Es éste quien termina la obra, quien le entrega un cierre. La imaginación del receptor construye Macondo y le da vida a sus personajes. El lector convierte la descripción de un olor en un aroma inolvidable y los ruidos en melodías. En palabras de Gabo: «Mi deseo es que la comunicación con mis lectores sea directa, mediante las letras que yo escribo para ellos, de modo que ellos se imaginen a los personajes como quieran, y no con la cara prestada de un actor en la pantalla».

El lenguaje audiovisual difiere del escrito. Tiene ventajas y desventajas. Exige niveles de compromiso diferentes. Con un libro no hay posibilidad de realizar una actividad paralela. La concentración tiene que ser total. Con la serie no. Es un formato que requiere una predisposición distinta y para muchos acorde con nuestra cultura donde todo funciona con una política de rápido acceso y fácilmente desechable. ¿Logrará el Macondo de Netflix seducir al telespectador? Puede ser una ventana para que aquellos que no han tenido la oportunidad de acercarse a esta obra lo hagan. Una forma de llegar a otros públicos y de despertar su curiosidad. De invitarlos a ser parte de una experiencia distinta. Pero también un nuevo camino para que desaparezcan espacios como el que entrega la lectura. Más fácil sentarse pasivamente frente a la pantalla y dejar que otros hagan el trabajo por nosotros. La ley del mínimo esfuerzo.

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