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Publicado el 20 de junio, 2019

«Smart Media», la columna de Fernanda Demaria: Los narcisos del Holocausto

Periodista Fernanda Demaria

Lugares como campos de concentración o memoriales del holocausto no escapan a la compulsiva necesidad de fotografiarse. Un fenómeno en que las selfies y retratos -y su exhibición permanente en redes sociales- potencian el surgimiento de una generación de jóvenes enamorados de sí mismos. Tal como Narciso, personaje griego cuyo nombre incluso define este trastorno, que termina perdiendo la vida al admirar su reflejo en el agua. Un embelesamiento con la propia imagen que ahora es digital y donde las redes sociales impulsan la necesidad por verse y ser visto. Con consecuencias pocas veces sopesadas.

Fernanda Demaria Periodista

Los responsables de Auschwitz -el mayor campo de concentración  de los nazis- se vieron obligados a poner un  mensaje en twitter tras la proliferación de fotos de personas balanceándose en las líneas del tren. En un tweet, que incluía imágenes de cuatro jóvenes parados en los rieles, escribieron: “Hay mejores lugares para aprender a caminar en una barra de equilibrio que el sitio que simboliza la deportación de cientos de miles de personas a su muerte”. Además de judíos, otras personas como prisioneros soviéticos, romaníes, testigos de Jehová y hombres homosexuales también terminaron sus días en lo que ahora es un escenario para acapar likes.

En Alemania, los lugares que rememoran el Holocausto son sagrados y existe una cultura de respeto por ellos. Sin embargo, la imaginación y la necesidad de figuración superan cualquier resabio de sentido común. En redes sociales las imágenes de toda clase de personas posando de las maneras más insólitas en el memorial del Holocausto de Berlín son fáciles de encontrar. El artista israelí Shahak Shapira decidió tomar cartas en el asunto y creó Yolocaust, proyecto artístico que busca crear conciencia sobre lo  que en realidad revisten este tipo de fotografías. “En los últimos años, noté un interesante fenómeno en el memorial del Holocausto de Berlín: la gente lo usaba como escenario para selfies. Así que tomé esas selfies y las combiné con imágenes de los campos de exterminio nazis», escribió Shapira.

El resultado es escalofriante. Jóvenes capaces de todo con tal de ser vistos y de verse a sí mismos. Como Narciso, uno de los personajes más conocidos de la mitología griega, quien encarna las características propias de este trastorno de la personalidad que lleva su nombre. Era un joven hermoso, el más bello jamás conocido. Amado por hombres y mujeres, rechazó cruelmente el amor de Eco, una ninfa que había sido castigada y sólo podía hablar repitiendo las últimas palabras de lo que oía. Némesis, la diosa de la venganza, decidió mortificarlo e hizo que este arrogante muchacho observara su imagen en el río. Embelesado por su propia belleza cae al agua y muere. Cuenta este mito que posteriormente, en el lugar de la tragedia, apareció una hermosa flor: el narciso.

Ahora el agua no es el dispositivo a través del cual se observa la propia imagen. Las pantallas constituyen el soporte para registrar  y las redes sociales el medio para exhibirse. En ciertos casos esta práctica llega a niveles patológicos y constitutivos de un trastorno que que si bien ha existido siempre, hoy es más patente que nunca. Según el artículo «Visual Social Media Use Moderates the Relationship between Initial Problematic Internet Use and Later Narcissism», publicado en noviembre en The Open Psychology Journal, recientes trabajos muestran una relación clara entre el narcisismo y las selfies, particularmente aquellas que son exhibidas en redes sociales como Facebook e Instagram. Este análisis afirma que “el narcisismo puede ser un problema clínico que se relaciona con sentimientos de importancia personal, éxito ilimitado, singularidad, así como falta de empatía, envidia y arrogancia; pero también existe en formas subclínicas en la población general”. Y son las redes sociales donde las personas narcisistas expresan sus rasgos más profundos e incluso reciben una gratificación por hacerlo.

Sin embargo, proyectos como Yolocaust demuestran que frente a estímulos claros y mensajes potentes, las personas toman conciencia de su narcisismo. En la página de internet del proyecto ya no están las imágenes, pero sí un gran número de testimonios. El primero es del protagonista de una de las fotografías más difundidas, la que lo muestra brincando sobre las losas de concreto del memorial con el título “Saltando sobre judíos muertos en el Holocausto”.  Luego de ver su fotomontaje, con la misma leyenda pero ahora mostrándolo rodeado de cadáveres, escribió: “Soy el chico que te inspiró para hacer Yolocaust, así que al menos he leído. Soy el “saltando en …” Ni siquiera puedo escribirlo… No quise ofender a nadie. Ahora solo sigo viendo mis palabras en los titulares. He visto qué tipo de impacto tienen esas palabras y es una locura y no es lo que quería. La foto fue hecha para mis amigos como una broma. Soy conocido por hacer bromas, bromas estúpidas, bromas sarcásticas. Y lo consiguen. Si me conocieras, tú también lo harías. Pero cuando se comparte, y llega a extraños que no tienen idea de quién soy yo, simplemente ven a alguien que no respeta algo importante para alguien más o para ellos. Esa no era mi intención. Y lo siento”.

Las palabras de este joven son sinceras. Pero no impiden que las redes sociales continuen exhibiendo su fotografía. Basta con escribir Yolocaust para encontrarla. Internet actúa aquí como un espejo tan peligroso como el río de Narciso. Si bien no hay una muerte física, la pantalla ahora es el soporte que deja en evidencia los resabios de su egocentrismo. Un registro que no desaparece. Está ahí. Ahora, la huella digital es la flor del narciso. La tentación por mirarla es gigante. La posibilidad de que desaparezca, inexistente.

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