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Publicado el 14 de agosto, 2019

Smart Media, la columna de Fernanda Demaria: El infierno de la libertad de expresión

Periodista Fernanda Demaria

Gran parte de los últimos atentados perpetrados por fanáticos se relacionan con lo peor de la red. Sus protagonistas hacen uso de las fisuras de las nuevas plataformas con fines que atentan contra la ley, la dignidad y la vida. En sitios como 8Chan y en aquellos que se alojan en la Deep Web tienen cabida manifiestos de asesinos, campañas de acoso y teorías conspiratorias. Un verdadero infierno donde un manto de anonimato protege a los radicales de penas y castigos.

Fernanda Demaria Periodista

“El paraíso de la libertad de expresión”. Bajo esa premisa nació 8Chan, plataforma que poco a poco se ha convertido en el punto de encuentro de radicales y fanáticos. Opera como un foro anónimo, por lo que no es necesario dar el nombre. En este lugar Patrick Crusius, quien mató a más de 20 personas en El Paso, supuestamente habría publicado su manifiesto. Al igual que Brenton Tarrant, el homicida de la mezquita en Nueva Zelanda -responsable de 50 muertes- y John T. Earnest, el asesino de la sinagoga Poway en California, donde falleció un individuo el 27 de abril. Lamentables acontecimientos que comparten entre sí el uso del foro de internet 8Chan y el ataque a minorías étnicas: latinos, musulmanes y judíos.

8Chan se conoce como “el pozo negro del odio” y el centro de la ultraderecha. Pero si bien es de los sitios más radicales, no fue el primero. Para captar su magnitud hay que realizar un peregrinaje similar al de Dante Aliguieri (1265-1321) en La Divina Comedia, poema épico clave de la literatura italiana. De la mano de Virgilio, Dante avanza a través de los nueve círculos del infierno. En cada uno de éstos los pecadores reciben el castigo que corresponde a su crimen. Al principio están los no bautizados y los “paganos virtuosos”. Luego se encuentran los lujuriosos, que sufren la soledad absoluta. Después los soberbios y envidiosos que son desollados por una bestia. A los avaros les toca arrastrar un enorme peso, mientras que los papas y cardenales sufren sumergidos en un pantano. Luego vienen los herejes y los materialistas, y así sucesivamente hasta el centro mismo. Ahí se encuentran los peores, aquellos que traicionaron a Dios, como Judas y los asesinos del César.

El viaje a través de la red sigue una lógica similar. Para entender 8Chan hay que partir por 4Chan, image board dividido en diferentes temáticas, donde un usuario pone una foto en una determinada sección y otros reaccionan a ella con un texto u otra imagen. En él conviven recetas de cocina, comentarios de política y asuntos bastante más polémicos. Por ejemplo en el tablero random la inocencia no está presente. Por eso empieza con una “sutil” advertencia: “Para acceder a esta sección de 4Chan, usted comprende y acepta lo siguiente: El contenido de este sitio web es solo para audiencias maduras y puede no ser adecuado para menores (…). Al hacer click en ‘Acepto’, usted acepta no responsabilizar a 4Chan por los daños causados por su uso del sitio web, y comprende que el contenido publicado no es propiedad ni es generado por 4Chan, sino por los usuarios de 4Chan”.

Cada individuo divulga lo que quiere, pero con ciertos límites. A partir del 2010 4Chan comenzó una campaña para suavizar sus contenidos prohibiendo ciertos temas y moderando otros que pudiesen ir en contra de la ley o fomentar el acoso permanente a personalidades. Para acoger a todos los que se encontraban molestos por las nuevas reglas surge 8Chan -ideado por Fredrick Brennan-, terreno fértil para mensajes contra minorías étnicas y cuyos límites teóricos son los que supuestamente establece la ley.

Tres años después de su creación Brennan abandonó la plataforma y se la entregó a Jim Watkins. Según informa El Mundo, tan solo en el último tiempo 8Chan -considerado el refugio de internet para los supremacistas blancos- ha realizado numerosas campañas de acoso. Una de las más polémicas se conoce como Gamergate, donde periodistas y mujeres relacionadas con la industria fueron víctimas de un ataque sistemático por “faltar a la percepción ética de los video juegos”. También suelen dar falsos avisos a las fuerzas especiales norteamericanas (práctica conocida como Swatting) y ya son varias las víctimas fatales de estos llamados anónimos. Paralelamente difunden y fomentan teorías conspiratorias como QAnnon, la cual afirma la existencia de un gobierno demócrata dentro de la Casa Blanca de Trump, o el Pizzagate que revela una trama pedófila relacionada también con los demócratas. Todo mezclado con memes y chistes de humor negro que dificultan aún más el saber si la información es falsa o verdadera y si los usuarios efectivamente creen o no lo que dicen.

Brennan declaró a Reuters estar profundamente arrepentido de su invento: “He creado un monstruo y si pudiera volver en el tiempo y no crear 8Chan, probablemente lo haría”. Pero no puede. Su plataforma tiene vida propia y pese a que Cloudfare, la compañía que le ofrece la infraestructura de internet a 8Chan, cortó la conexión que permite al sitio estar en línea, hay estrategias para acceder a él.

A diferencia de los pecadores en La Divina Comedia, los de 8Chan no tienen castigo salvo que voluntariamente salgan de su refugio. Amparados por el manto del anonimato operan en las sombras. Ese paraíso de la libertad de expresión terminó convirtiéndose en su opuesto: el infierno de la libertad de expresión. Y si bien 8Chan es de lo más polémico en internet, resulta un juego de niños comparado con la red profunda. En este anillo los contenidos no son accesibles a través de los motores de búsqueda convencionales, pero las estrategias para entrar están a disposición de todos. Ahí el pantano es más oscuro y el invierno más frío. Probablemente no esté Lucifer con sus tres rostros y sus tres pares de alas, pero sí algo mucho más poderoso: lo peor del ser humano. Ahí se comercializan toda clase de drogas y armas, es sencillo aprender a hacer bombas y contratar sicarios, al igual que acceder a pornografía infantil. Un espacio inhóspito y extremadamente inseguro donde más vale no aventurarse.

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