Durante la mayor parte de la historia humana el arte no fue una categoría separada de la vida, fue rito, fue vínculo con lo sagrado, una forma de ordenar el miedo y el asombro frente a un mundo que no se entendía del todo.

El arte ha sido siempre el lugar donde una comunidad deposita su imaginario compartido. Una nación no se reconoce a sí misma solo por sus fronteras o sus instituciones, se reconoce por sus relatos, por su música, por las formas que ha construido para habitar el espacio. Y en una sociedad hecha de amalgama, de lo indígena y lo hispánico, de las migraciones que llegaron después y de las que siguen llegando hoy, esa función es todavía más urgente de lo que parece, el arte es precisamente el lugar donde esa mezcla deja de ser tensión y se convierte en identidad nueva.

El arte además no solo mira hacia adentro, mira hacia adelante. Toda innovación real, ya sea en la ciencia, en la política o en la vida cotidiana, empieza siendo primero imaginada, y el arte es el lugar donde una sociedad ensaya esos futuros posibles antes de atreverse a construirlos.

Y sin embargo, cada vez que se discute presupuesto público para cultura aparece la misma pregunta, con cargo de razón moral: cómo financiamos orquestas o museos cuando hay chilenos sin techo o sin comida. Es una pregunta legítima y hay que responderla, no evadirla.

La respuesta no es que el arte sea más urgente que el hambre, nunca lo será. La respuesta es que urgente y trascendental no compiten en la misma categoría, y una sociedad que solo administra lo urgente, sin cultivar nunca lo trascendental, no es una sociedad que progresa, es una sociedad que sobrevive.

Ahí aparece un diagnóstico incómodo pero necesario. Cierto sector, más cómodo con la técnica, la eficiencia y el indicador de gestión, ha entendido el arte como adorno prescindible, casi como gasto suntuario. Y al abandonar ese terreno, se lo ha regalado completo a una izquierda que sí ha sabido hablar el lenguaje del imaginario colectivo, aunque muchas veces lo instrumentalice políticamente en vez de servirlo de verdad. El resultado es que hoy defender el arte suena a discurso de un solo lado, cuando en realidad no debiera tener color político, porque el arte no le pertenece a una ideología, le pertenece a la condición humana.

¿Cuál es el rol del Estado en todo esto? Hay al menos tres posturas posibles. La primera sostiene que el arte es enteramente privado, cuestión de mecenazgo y mercado, confiando en que el gusto y la generosidad de individuos e instituciones basten para sostenerlo. La segunda, lo entiende como responsabilidad estatal, un bien público que el mercado no provee suficientemente por sí solo, y que por lo tanto exige financiamiento directo y políticas públicas explícitas. Y la tercera, quizás la más razonable, entiende el arte como un quehacer humano independiente de cualquier estructura que lo promueva, algo que existiría de todos modos, pero que florece mejor cuando el Estado no lo dirige sino que le da condiciones de posibilidad, infraestructura, educación temprana, incentivos tributarios a lo privado, sin capturar el contenido ni la narrativa.

Lo trascendental no compite con lo urgente por los mismos recursos, porque no resuelve el mismo problema. Una nación que solo resuelve lo urgente sobrevive un día más, pero una nación que además cultiva lo trascendental sabe para qué quiere sobrevivir.

Presidente de Centro para las Artes Zoco

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