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Publicado el 15 de septiembre, 2016

Aquí no ha pasado nada: Robando flores a la luz de la luna

El guión es deficiente, previsible, algo fantasioso, y salvo las actuaciones de Agustín Silva y de Pilar Ronderos, resulta mezquina la calidad artística y audiovisual.

“Que el verso sea como una ganzúa / Para entrar a robar de noche”.

Rodrigo Lira, en Ars poétique

 Los 94 minutos de Aquí no ha pasado nada (2016) son en cierta medida, muy, bastante predecibles. Buscan una sola cosa: retratar cinematográficamente una versión de los acontecimientos, los de una mirada, acerca de un grupo o sector social, que se comporta semejante en cualquier parte del mundo: privilegios, poder financiero, impunidad, beneficios y provechos a costa del ciudadano más débil e indefenso. Y en ese afán, las demás cualidades del crédito, pasan a un segundo y discreto tercer plano.

El cuarto largometraje de ficción de Alejandro Fernández Almendras (1971) es “malo”, no sólo porque representa un nulo avance con respecto a su propuesta estética anterior: en una retórica discursiva imaginable, el libreto naufraga en la incoherencia argumental, y en las corrientes literarias de una visión cliché y convencional de lo que sería la alta burguesía o clase alta chilena, llámenle como quieran.

Lo cierto es que valiéndose de un hecho periodístico de la crónica roja nacional (el denominado “Caso Larraín”, ocurrido en 2013), la historia se enfrenta a la falta de resoluciones, por parte de su mente creativa, y de la repetición de lugares comunes y de situaciones, por la inmensa mayoría conocidas. Y nótese que el dueño de la cámara es el “salvavidas” de Inti Briones: aun así, esos planos cerrados, recortados y fragmentados, piezas y puzzles de una perspectiva de la realidad ficticia –a la usanza del cine “indie” norteamericano-, poco aportan a fin de configurar un conjunto diegético admisible y vigoroso.

En efecto, la principal falencia de Aquí no ha pasado nada, en desmedro de un lente sólo correcto y plausible, acontece a causa de una estructura dramática francamente irregular. El personaje principal, Vicente Maldonado Ross (interpretado por el actor autodidacta Agustín Silva), es bueno, porque el profesional a cargo, hace de sí mismo, de alguna manera. Así, su desempeño ante el foco, vendría a ser una especie de comportamiento suyo particular y natural: el de los veraneos en Zapallar, el de las borracheras interminables a la luz de la luna, las fintas y carambolas de las pichangas peloteras con sus ex compañeros del Verbo Divino, a falta de una cancha de tenis o de rugby.

Chats en inglés, citas inesperadas a Marcel Proust. De esa manera dialogaría la clase alta chilena, en la mirada de Fernández Almendras (libretista y realizador, en la oportunidad), con una dosis de sexo casual y salvaje, de “tomateras” al calor de bidones de piscola tibia y la conducción automovilística, irresponsable y transgresora, en estado de ebriedad. En el tópico de la noche, quizás, se encuentre la mayor virtud estética y audiovisual de esta película: las horas de la nocturnidad avanzan, y los grados de jolgorio y de sinceridad, también. Pero lo demás, asemeja a una crítica de orden social, sin duda, majadera y repetitiva, más allá de que el director tenga o no la razón. Un hecho siempre discutible.

Si Agustín Silva Irarrázaval es un actor para tener en cuenta, también lo es la debutante Pilar Ronderos Mackenna. Una intérprete de teatro con amplia trayectoria (disciplina donde también dirige y monta obras en la cartelera santiaguina), aporta a las rebuscadas escenas de Aquí no ha pasado nada, espontaneidad, desparpajo y talento compositivo. Su aparición, responde al gran acierto y descubrimiento de este elenco, pletórico de caras y de rostros nuevos. Si estuviésemos en España, por ejemplo, las características actorales de Ronderos ya serían apreciadas por dos o tres cineastas, y observadas después de ese recuento, en decenas de filmes de primer orden.

Insisto. El que comento es un largometraje que respira y sobrevive gracias, y sólo, debido a su fama mediática. Con aspiraciones de tratado sociológico-audiovisual, los fueros de la acción decaen hasta transformarse en un relato sin substancia y lo que es peor, leído en centenares de planos y otros títulos. La clase alta no es un tabú, aunque tampoco es una burbuja que se reproduce y se repite hasta el hartazgo. Como cualquier cuerpo social, tiene rasgos definibles, sorpresivos, autónomos y novedosos, de acuerdo a sus representantes a través del tiempo. Aquello es obviado por Fernández Almendras.

Un aspecto peculiar de este título es la visión fílmica en torno a una estética del balneario acuático, escasa y poco abordada en el cine nacional. En la noche y cerca de la playa, transcurren las bondades artísticas de Aquí no ha pasado nada. Con Vicente recostado ante el sol nublado, y los bosques oscuros, tupidos, frescos, situados en el camino entre Cachagua y Zapallar, una vegetación que oculta casas y chalets, que sobrepasan los millones de dólares, como se escucha en un diálogo protagonizado por Luis Gnecco.

En el tenor de esas secuencias, Fernández debió haber insistido con devoción. En lugar de persistir con el encuadre de un grupo humano a través de sus conversaciones en los comedores y encima de la arena, que se leen y se sienten con códigos, semánticas y oraciones redundantes, en una tipología rastreable, pretenciosa, impostada, y de salón.

Haber filmado diez juntas más, por ejemplo, entre Vicente y el personaje de Pilar Ronderos. Ahí, en esos fotogramas, existía algo de lo que buscaba el director: el modus vivendi en estado puro, en comportamientos sexuales, afectivos, culturales, gestos inauditos, confesiones biográficas, en diálogos sinceros y lúcidos, que brotan denunciadores y comprobables, de una casta y de sus hijos. El resto, creo, es papel picado, novela hecha y película triste.

Mención especial a la banda sonora, a cargo de Domingo García-Huidobro: agrega ambiente, sangre, a esas circunstancias parsimoniosas y grises.

Tráiler