Este septiembre no será como los anteriores, por lo menos como los últimos 30 años de democracia. Tampoco lo será para mi hija de ocho años. Y es que la pregunta que me hizo hace unos días mientras mirábamos un programa de TV me tomó por sorpresa.

¿Qué ocurrirá, papá, el 4 de septiembre? 

“Se votará algo muy importante para el país, una propuesta que hizo un grupo de personas sobre cómo queremos vivir como sociedad”, le contesté.

¿Y será buena? 

Pensé varias formas de responder a su pregunta, mientras ella me observaba con la curiosidad de una niña o niño de su edad, acerca de un tema que nosotros los adultos entendemos equivocadamente como “cosas de grandes”.

Primero, pensé, se trata de un proyecto constitucional en el que se consagra la injusticia. Puesto en simple, los convencionales proponen que Emilia, Agustín y Clara no nacen libres ni iguales, sino víctimas del azar, de pertenecer o no a una etnia o raza. Su casa o propiedad valdrá más o menos dependiendo de su origen. El esfuerzo y el mérito valdrán poco, retrocediendo hacia un indigenismo paradojalmente nacionalista.

En segundo lugar, es un texto mal escrito, incoherente y sin ningún sustento técnico o ejemplo comparado, fundamentado en la simple creencia que funcionará lo que en el mundo jamás ha resultado. Un presidencialismo debilitado con una Cámara de Diputados todopoderosa que, cuando correspondan al mismo bando, concentrarán juntos el poder total.

Por último, es un proyecto que no considera ni lo que fuimos, ni lo que somos, sino lo que unos pocos iluminados siempre han querido ser. Reniegan de lo que durante más de 200 años nos unió, nos hizo cantar e inundar de rojo un estadio, nos llevó a ser nombrados y reconocidos, visitados, a levantar copas y medallas olímpicas, a surgir desde el barro luego de las catástrofes y unirnos tras una bandera enlodada de tristezas, pero también de esperanzas. Un Chile, una nación.

Dejé de pensar y le respondí: no, tristemente no es una buena propuesta. Sin embargo, continué, tras cada puerta que se cierra, otras se abren y la posibilidad de otros mecanismos que modifiquen este destino sí es factible; uno libre de canciones y disfraces en la sala del pleno, de sahumerios, o de convencionales que livianamente ejercen su voto desde un lugar que deshonra el rol asignado, como la ducha. Una constitución que consagre la igualdad entre las personas, su derecho a elegir la vida que desean llevar adelante, desde la unidad y la fraternidad; un texto de calidad, con experiencia y conocimiento; uno que nos vuelva a recordar que es una constitución para solo un pueblo, el pueblo de Chile.

El plebiscito del 4 de septiembre no es solo cosa de grandes: también y sobre todo, es para los niños, niñas y adolescentes de hoy. Hagámosla bien, pensando en ellos.

*Tomás Fuentes Barros es cientista político y exdiputado.

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