“Todo ha cambiado, cambió totalmente; una belleza terrible ha nacido”, escribió William Butler Yeats, desde siempre conocido como W.B. Yeats, en su conmovedor poema “Easter, 1916”, escrito luego de los sucesos de Dublín durante la Semana Santa de 1916. Fueron sucesos trágicos: un número no superior a mil republicanos independentistas irlandeses protagonizaron lo que originalmente iba a ser una sublevación en toda la isla y que, por desavenencias entre ellos, quedó finalmente confinada a Dublín. Encabezados por Patrick Pearse y James Conolly, resistieron entre el 24 y el 29 de abril parapetados en distintos edificios públicos de la ciudad hasta que, superados en número, finalmente debieron rendirse. Dieciséis dirigentes firmaron la proclama con que se inició la rebelión y los dieciséis fueron fusilados (James Connolly debió recibir la muerte sentado en una silla, porque sus heridas le impedían mantenerse de pie).

Aún sumergido en la terrible conmoción que deben haberle provocado esos horribles hechos (muchos de los fusilados eran sus amigos), Yeats tuvo la intuición de prever que de ellos habría de surgir un mundo nuevo y que ese nuevo mundo sería bello. Y así ocurrió: pocos años después, en 1921, el Tratado Anglo-Irlandés estableció a Irlanda como un Estado libre (con la excepción de Irlanda del Norte), del cual Yeats fue senador por dos períodos entre 1922 y 1928 y, tal vez como reconocimiento a la nueva Irlanda, el mismo Yeats fue galardonado con el Nobel de Literatura en 1923. 

Hoy, 4 de septiembre, Chile no vive un momento horrible (más bien es de alegría y entusiasmo), aunque sin duda es un momento terrible. Terrible en el bíblico sentido de “grandioso” que Yeats dio al momento al que él cantó en su poema. Hoy, chilenas y chilenos concurriremos a las urnas para decidir sobre el apruebo o el rechazo al proyecto que nos ha presentado la Convención Constitucional. Una de las dos opciones tendrá la mayoría, pero me atrevo a decir, como Yeats, que independientemente de cuál de ellas sea, nada volverá a ser igual en nuestro país. Que una terrible belleza, nueva, habrá nacido.

En primer lugar, desde luego, nos beneficiaremos del hecho que, ya verificado el plebiscito, se habrá aplacado en parte al menos la acritud que llegó a imperar entre chilenos, efecto de una polarización tan dañina como inútil. Y que junto con ello terminemos de sufrir monumentos a la estulticia como el que protagonizó el intelectual que, en lugar de repudiar la violencia terrorista en la Macrozona Sur, llamó a la CAM a un “alto al fuego” hasta después del plebiscito para no perjudicar a la opción Apruebo; o la obscena performance con que un alcalde creyó llevar agua al molino de su opción favorita: “apruebo sin condiciones”.

Mucho más significativo, naturalmente, será el cambio que derive de lo que quedó en claro de los mensajes que se nos terminaron entregando desde las dos opciones: la abrumadora mayoría de las opiniones del país está a favor de una nueva Constitución. Con la excepción de los extremos del espectro político, que desde la derecha proclamó que prefería quedarse con la Constitución hasta este día vigente y que desde la izquierda alegó no estar dispuesta a cambiar nada del proyecto presentado por la Convención, los chilenos aspiran a que la Constitución aún vigente deje lugar a una nueva Constitución y que ésta no sea la que propuso la Convención Constitucional. Sin importar lo ingenioso de la frase en la que nos llegó envuelto el mensaje, “aprobar para reformar”, “rechazar para cambiar”, “aprobar para mejorar”, “rechazar para reformar” u otras que ya olvidé, lo único cierto es que, pasada la prueba del plebiscito y seguramente en un plazo breve, una nueva Constitución, distinta de la actualmente vigente pero también distinta de la que nos propuso la Convención, comenzará a elaborarse: una Constitución que será parte de nuestra nueva realidad.

Y tan importante como aquel será seguramente el cambio que deba experimentar la conducción política del país. Porque al Presidente Boric no le quedará ya tiempo para continuar manteniendo la equidistancia entre las dos coaliciones que sostienen su gobierno. A estas alturas ya es demasiado evidente que, por mucho que apelen a denominadores comunes, entre ellas es diversa la comprensión de nuestra realidad nacional, como también son diversos los contenidos que en una y otra coalición se da a conceptos tales como democracia o cambio social. Claro que el Presidente puede optar por seguir haciendo equilibrios, como hasta ahora, entre estas dos “almas” que han hecho nido en su regazo, pero ello sólo significaría prolongar la agonía de un gobierno sin dirección y plagado de errores que, en muchos casos, no son tales sino, como en el penoso episodio protagonizado por el ministro Jackson cuando habló de las generaciones que precedieron a la suya, sólo la expresión franca del sentimiento de una parte de su base de apoyo respecto de la otra. Es de desear que, por el bien de Chile, el presidente no tome esta última decisión.

Pero quizás el cambio mayor sea el que afecte al sistema de partidos. Porque nadie puede ignorar que durante los meses en los que el país se volcó a pronunciarse sobre el proyecto de nueva Constitución se terminó de poner en evidencia que buena parte de los partidos actualmente existentes no son continentes suficientes para contener las ideas y anhelos que se manifiestan en la sociedad chilena. Seguramente a partir de mañana vamos a comenzar a sentir cómo se mueven capas tectónicas de la sociedad y nuevos continentes y nuevas cordilleras harán aparición en el paisaje político. Por lo menos creo que ya se puede afirmar que quienes estuvieron con Boric en la segunda vuelta sin estar con él en la primera y que ahora están por el Rechazo, van a comenzar a tratar de levantar su propia cordillera; ahora son un verdadero archipiélago de grupos, iniciativas y movimientos, pero desde mañana seguramente comenzará a manifestarse una fuerza  centrípeta que tenderá a reunirlos en el centro del torbellino. ¿Hasta dónde se ejercerá esa fuerza centrípeta? ¿Se limitará a las organizaciones que surgieron y se manifestaron de manera independiente por el Rechazo o llegará más lejos hasta atraer a partidos o militantes de centro derecha y centro izquierda? Sobre todo, a los muchos de entre estos últimos que, por lealtad a sus partidos se mantuvieron hasta el último día manifestándose estoicamente a favor del Apruebo, pero que seguramente votaron Rechazo en la soledad de la urna. 

Hoy, en el día del plebiscito, no es posible afirmar con contundencia la extensión de este último cambio, pero no cabe duda de que él va a ser parte de esa terrible belleza nueva que está por nacer. 

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