Cinco de la mañana, despiertos, compartiendo departamento con los amigos de siempre, risas, música, historias y recuerdos por montones. En el ambiente, mucho nervio, las cajetillas de cigarro que se acababan más rápido que las cervezas daban cuenta de ello. 

Pasaje comprado, con varios días de anticipación, sabíamos que el viaje era largo, un día completo arriba de un bus para llegar a El Salvador. ¿El motivo? Un partido de fútbol. Uno que no implicaba definiciones importantes, no era la final de un campeonato, no estábamos jugando liguilla, no dependíamos del resultado para asegurar la permanencia, menos aún para lograr un cupo a copa internacional. Era, simplemente, un partido más, esos que se juegan para mantener la medianía de la tabla, mirando de reojo el fondo donde la suerte nos acostumbró a pernoctar. 

Miro hacia atrás y me pregunto: ¿qué nos movía? ¿Qué obligaba a un grupo de cabros a comprar un pasaje en bus para emprender rumbo por más de veinte horas para ver un partido que no definía nada? ¿Estábamos locos?

Sabíamos que no se jugaba nada importante, tontos no éramos. Sabíamos que el viaje sería tortuoso, que las posibilidades de ganar el partido eran cercanas a cero. Para ser sinceros, era más fácil que la derecha obtuviera 2/3 en la Convención Constitucional o que Piñera remontara en las encuestas, pero no era tema: sabíamos que íbamos a perder y ¡no nos importó! 

Cuales peregrinos, concurríamos al estadio para instalarnos en el mismo lugar de siempre, con los mismos amigos de siempre, a seguir, probablemente, la misma suerte de siempre. El resultado, esperable por lo demás, fue una derrota y por abultado marcador. ¿Adivinen cuál era el panorama siguiente? Misma metodología, distinto destino. Concepción, allá vamos

Mirando al pasado, solo puedo llegar a una conclusión. Nos movía la pasión, un sentimiento que se imponía con creces a nuestra razón y voluntad, una alegoría al sufrimiento, un fuego interno que predeterminaba nuestras conductas, un sentimiento tan determinante como nuestra propia libertad, esa que defendemos con vehemencia y frenesí, cuales hinchas de nuestro equipo de fútbol.  

Leí las cartas que el Che Guevara le dejó a Fidel Castro antes de emprender rumbo a Bolivia, para seguir impulsando “la revolución”. Sus palabras demostraban una convicción intransigente, impulsada claramente por el odio, ese que lo transformó en un asesino despiadado, pero cubiertas en su propia pasión: “No dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea. Que no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse”. En esa simple frase, el Che mezclaba pasión por sus ideas, la revolución, y convicción por su causa, el triunfo del comunismo y la derrota del imperialismo norteamericano. Ideas que, ante los ojos de cualquier analista objetivo, son indefendibles. Sin embargo, esa pasión impulsó su praxis política y criminal durante todos sus días en vida terrenal. 

No pretendo hacer de estas palabras largo testimonio, menos aún, ruta de acción política de cara al desafío que se nos avecina, el tortuoso plebiscito de salida. Busco despertar esa llama interna que yo llamo pasión, para que sean ustedes, también, agentes promotores de la libertad. Pocas veces una generación completa tiene en sus manos un desafío tan importante y trascendente como la defensa de su propia democracia. No sirve, amigos míos, la tesis del Chino Ríos, “¡No estoy ni ahí!». El partido que vamos a jugar en septiembre requiere el compromiso de todos y cada uno. En esta pasada, tenemos que dejar la vida en la cancha. No queda de otra, muchachos.     

*Francisco Javier Orrego es abogado, área de Formación y Liderazgo Joven Instituto Libertad.

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