Hace algunos años, cuando Alexia Ocasio-Cortez (AOC) —la carismática congresista norteamericana que representa al Bronx en el Congreso Federal, que ha asumido la defensa, junto con Sanders, de una izquierda socialista en USA, y que llegó a Washington luego de desbancar a un destacado dirigente demócrata, Joseph Crowley— comenzaba a ser un fenómeno, un profesor de ciencia política estadounidense, bastante conocedor del panorama chileno, me preguntó quién sería la AOC chilena. Él apostaba por Camila Vallejo, y era natural: por género, estilo y narrativa, podía ser la alternativa más evidente… hasta se parecen físicamente. Sin embargo, le dije que no, que yo creía que la figura más parecida sería Gabriel Boric. Era 2018 y el presidente electo ya se destacaba por sobre el resto de la “nueva patrulla juvenil”. Han pasado casi 4 años, y creo que el tiempo me dio la razón.

Pero la anécdota no termina ahí. Acto seguido, el profesor me dijo: “cuidado, pónganle ojo entonces. Porque AOC o Sanders no tienen ninguna posibilidad de convertirse en presidentes de Estados Unidos. Pero Gabriel o Camila sí pueden”. Evidentemente, el tiempo le dio la razón.

El presidente electo cuenta con un talento innato para la política. Probablemente está aún muy lejos de tener la gallardía y resolución de AOC, pero bueno, esto es Chile y no Estados Unidos. Y aquí, en esta selva convulsionada sudamericana y filo-bolivariana, Gabriel Boric se ha destacado como ningún otro político en el último tiempo. Por eso, y así como en las escuelas soviéticas se enseñaba el pensamiento, obra y acciones de “el joven Marx”, vale la pena buscar al “joven Boric” para conocer y comprender al que, lo queramos o no, en pocos días más se convertirá en la máxima autoridad del país.

Pero para escudriñar al verdadero “joven Boric” no hay que recordar la reunión en París con Palma Salamanca, ni sacar a colación el lúgubre episodio en que se vanaglorió con el regalo de una polera con la cara estampada de un Jaime Guzmán asesinado. Todo eso es parte del “Boric ya famoso”, el parlamentario, el frenteamplista. El joven Boric parte mucho antes, probablemente en su Punta Arenas natal, pero como buen punto de partida, contamos con “La escuela tomada”, de Alfredo Jocelyn-Holt, texto que cuenta la crónica de la toma de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, ocurrida en 2009, en contra del decano Roberto Nahum, por hechos que nunca lograron ser acreditados.

Si bien Jocelyn-Holt aclara repetidas veces que el verdadero artífice de la toma fue Sebastián Aylwin —sobrino nieto de Patricio Aylwin—, sin duda Boric tuvo un rol relevante. Mal que mal era el Presidente del Centro de Estudiantes (CED) y, desde esa tribuna, lideró una toma que duró 44 días, y que consiguió el objetivo planteado desde un principio: la renuncia del decano por su perfil (poco apegado a la izquierda campante) y por ser adversario declarado de otro profesor de la misma escuela: Fernando Atria.

Lo de Atria es notable. A la fecha, según explica Jocelyn-Holt, tenía un contrato de tiempo completo en la Universidad Adolfo Ibáñez; y sin embargo, se le veía todos los días en el patio, cual coach, mientras se desarrollaba la toma. De hecho, según el mismo cronista, son dos los rasgos que más se pronuncian en este episodio: el asambleísmo (nadie se acuerda de los discursos, de las ideas, sino que había un desconcertante deseo por derrumbarlo todo… similar a lo que vemos hoy en la Convención), y el “involucramiento activo, hipervisible, de los profesores adictos al movimiento”.

Hablar del joven Boric, de este muchacho que en segundo año “se echó a un Decano”, es hablar por tanto de Atria. Ya sabíamos que Revolución Democrática le rindió pleitesías desde un comienzo (Giorgio Jackson prologó un libro de Atria, bajo el título “Con Atria en la mochila”), pero con el informe de Alfredo Jocelyn-Holt sabemos que también era Atria quien le rendía honores a los promotores de la toma. Incluso, cuenta el historiador, el profesor le escribió una carta abierta a su pupilo Gabriel, publicada en internet, en la que lo conminaba a seguir adelante con la empresa, ya que “los alumnos nunca se equivocan”.

Avivada la cueca de este modo, un par de años después vendrá una toma aún más grande, el movimiento estudiantil de 2011, en el que Gabriel unirá fuerzas con Giorgio, Camila y otros más. Como Jocelyn-Holt escribe en 2014, también mira el movimiento de 2011 en perspectiva. Y su visión no es positiva. A juicio del historiador, Boric representa el mundo de “los hijos de quienes lo han logrado, pero tampoco es que lo hayan logrado enteramente”. Quizás por eso, sigue el autor, Gabriel se oponía en 2012 a todo lo que le pusieran por delante: “No creo en las estructuras centrales, no creo en los partidos, no creo en la democracia representativa (….). Podrán presentar veinte propuestas y a las veinte les diremos que no”.

¿Cuánto queda de ese chascón rebelde en el futuro Presidente? Difícil saberlo. El Gabinete de Ministros que armó fue claramente un guiño de moderación, de templanza, y representó al Boric de la segunda vuelta, ese que se reconocía “cercano a la socialdemocracia”. Pero un par de semana después, presentó a sus subsecretarios, con un tinte mucho más rojo, más apruebodignidad, y por supuesto, más cercano a las ideas del joven Boric. Así, es imposible saber con antelación si el político que se instalará en La Moneda será el joven Boric, o el treintañero peinado casi a la gomina. Para saberlo con certeza, tendremos que esperar las primeras crisis. O las primeras tomas.

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1 comentario

  1. Comparto las preocupaciones de Roberto. Para mi es claro que este primer gabinete tiene como objetivo producir un ambiente descomprimido para lograr la aprobación del desastroso proyecto de nueva constitución que elabora la CC bajo la tutela de Atria. Los subsecretarios, en cambio van en la línea del Boric real.

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