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Publicado el 10 de septiembre, 2019

René Tapia: Ambientalismo: Una moral distraída

Investigador Res Pública René Tapia

Ya es tiempo de que esta sociedad, autodenominada de la igualdad y la inclusión, descubra que el sano respeto a la naturaleza exige un sano respeto a la naturaleza humana.

René Tapia Investigador Res Pública
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Ya han transcurrido algunos días desde aquel intenso alboroto virtual de los medios de comunicación masivos por la Amazonía. En esta jarana, los más bulliciosos fueron los denominados “influencers”, un nuevo grupo de presión social que utiliza las diversas plataformas de redes sociales, dejando a Instagram como el gran actor comunicacional, desplazando a Facebook el año que cierra la segunda década del siglo XXI.

Desde hace varios años los movimientos ambientalistas y ecologistas en general han ganado mucho terreno social y políticamente. Muestra de esto es, por un lado, la expansión global de ONGs famosas e influyentes, como Earth Action, Friends of Earth, World Wildlife Fund y -la más conocida de todas- Greenpeace. Estas organizaciones han desplegado una enorme y costosa propaganda lo que ha movilizado a miles de personas para detener proyectos de diversa naturaleza. Conocido es el caso del proyecto HidroAysén, en su momento el proyecto más grande de energía para el país y al año 2020 hubiera alimentado el 21% de lo que necesita el Sistema Interconectado Central. Este proyecto fue detenido por acciones judiciales originadas en enormes campañas mediáticas que lograron movilizar a miles de ciudadanos que protestaron a lo largo de Chile con merchandising de “Patagonia sin represas” del empresario Douglas Tompkins.

Junto con este fenómeno, llama la atención la difusión entre la población urbana de occidente una concepción extremista de la naturaleza, que considera al ecosistema como un absoluto y al ser humano como un agente ajeno cuya presencia se traduce en devastación. Este sencillo razonamiento -que incluso el lector podría compartir total o parcialmente- ha alimentado distintos grupos y movimientos, los cuales con un sello ideológico han llegado a perpetrar actos violentos y graves contra la población civil. Ejemplo cercano lo tenemos en casa: el sobre-bomba que explotó junto a una pareja de venezolanos en un paradero de Vicuña Mackenna fue atribuido a “Individualistas Tendiente a lo Salvaje”, una organización ecoterrorista de inspiración anarquista que profesa un odio al ser humano civilizado por creerlo causante de la degradación de la naturaleza.

Por otro lado, el segundo día de septiembre el Papa Francisco realizó una clara exhortación a un grupo de médicos criticando la cultura utilitarista de la vida y apuntó a la eutanasia como parte importante de aquella cultura del descarte. Es del caso recordar que en mayo de este año, la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados aprobó que jóvenes entre 14 y 16 años puedan ser muertos por un médico con la sola autorización de sus representantes legales (o de un juez en subsidio) y que jóvenes entre 16 y 18 años puedan ser eliminados por su sola petición, solo debiéndose notificar a sus representantes legales (normalmente, los padres). Esto último es del todo inédito. En ningún país europeo se permite la eliminación de menores de edad sin autorización de los padres.

¿Qué tienen en común  la cultura utilitarista y  el ecoterrorismo? Qué en el seno del mundo civilizado, anarquista o burgués, presenciamos una colosal confusión de prioridades en el cual la naturaleza en su conjunto se ve perjudicada. Por un lado, se ataca al hombre por usar los recursos naturales y por otro se mata al hombre por ser una carga para los humanos normales de la sociedad. Un enfermo de difícil cuidado, un niño en el vientre de su madre con alguna discapacidad es descartado porque es diferente y esa diferencia hace muy caro mantenerlo a él y a su entorno familiar.

Además, de la eutanasia y el aborto, presenciamos un fenómeno llamativo en el orden del respeto a la naturaleza: la mutilación voluntaria de partes del cuerpo, especialmente de los genitales so pretexto de la creencia de que un hombre no es hombre. Cuando personas deciden intervenir su cuerpo de manera violenta, invasiva y hasta destructiva no se generan grandes campañas comunicacionales ni los influencers rasgan vestiduras por el atentado contra el ecosistema. Tampoco hay mecanismos institucionales para evitar el cercenamiento de un ser humano; es más, muchas veces es bien visto y felicitado. Lamentablemente, muerte y mutilación se toman de la mano, como el caso de Mike Penner, famoso periodista deportivo de Los Angeles Times quien se sometió a una operación de cambio de sexo para suicidarse (2009) después de un año de la mutilación.

Ya es tiempo de que esta sociedad, autodenominada de la igualdad y la inclusión, descubra que el sano respeto a la naturaleza exige un sano respeto a la naturaleza humana. El año 2011, el Papa Benedicto XVI pronunció un discurso en el Parlamento Alemán donde destacó el aporte de los movimientos ecologistas y explicó con claridad el objeto de esta columna: “La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que –me parece– se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana”.

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