Algunos inventaron la “boricmanía”. El mismo aludido respondió al entusiasmo fanático pidiendo “no idealizar a nadie, partiendo por mí”. Al ser ratificado por el Tricel como Presidente, buscó de nuevo bajar expectativas, afirmando (por si alguien lo olvidó): “soy una persona de carne y hueso que daré lo mejor de mí”.

Seguramente ese núcleo duro del 26% que votó en primera vuelta por él es la que lo está angelizando. Pero la gran mayoría no parece disponible para prenderle velitas con devoción. De hecho, la encuesta de Cadem reflejaba que las expectativas respecto a su gobierno, a las tres semanas de ser electo, eran inferiores a las que tuvieron antes Piñera y Bachelet.

Pareciera que a las cabezas menos ansiosas de llegar al poder las interpreta más la irónica frase de la presidenta del Senado cuando ponderó “cuánto va a sufrir el próximo gobierno”. Y él lo sabe. No le será fácil mantener el equilibrio propio y del país entre tantos desafíos y calamidades. Además, tampoco tiene la mayoría en el Congreso para sustentar el cambio refundacional de su programa. Tal vez por eso se ha ido posicionando en el Boric de la segunda vuelta, mientras en su inquieto entorno los más ultras aseguran que no ganó por moderarse, tampoco por temor a que fuera electo un conservador de derecha, sino que ocurrió sólo porque su proyecto convocó a más personas a votar por él.

El Presidente electo, en cambio, fue claro en Enade en que “soy el mismo” de primera y segunda vuelta, asegurando que siempre ha sostenido que “ningún cambio grande, estructural, se logra de la noche a la mañana” y reafirmando que los hará “con diálogo amplio y sin exclusiones, así como, reitero, con gradualidad y responsabilidad fiscal”. Menudo desafío para quien busca asimilarse a las citas de un camarada español (el diputado Iñigo Errejón), que postea “los revolucionarios se prueban cuando son capaces de generar orden”.

Antes que generar orden con sus cambios refundacionales, Boric tendrá que recuperar el orden público, donde en nada ayuda su proyecto de indultar a los supuestos “presos políticos”. Pretende que el actual Congreso le resuelva el problema porque contradice lo que ha aseverado (que no indultará a quienes han incendiado iglesias o saqueado) con las expectativas de sus propios cercanos que lo van marcando en cada aparición suya. Estos insisten en que es viable amnistiar-indultar a quienes están en la cárcel o han sido condenados por cualquier delito que pueda ser asociado a una eventual protesta política y ni saben cuántos son.

Respecto a las graves violaciones al Estado de Derecho que se cometen diariamente en el sur, tendrá que enfrentar si continúa extendiendo el estado de excepción, que él ha votado en contra considerando que “es más violencia” que las FFAA apoyen a carabineros en los controles preventivos en cuatro provincias de Biobío y La Araucanía. No hacerlo le infringirá un costo porque esa medida no ha terminado con las cosechas y las casas quemadas y los baleos, pero al menos sí ha disminuido en un 43% los hechos de violencia desde que se decretó el 13 de octubre por primera vez. Y después de criticar todas las políticas para restaurar la paz en esas regiones, ¿él insistirá en que basta con el diálogo para acabar con los territorios ocupados, el tráfico de madera, el narcotráfico y la retahíla de ilícitos que cometen los grupos insurgentes que se amparan en una reivindicación étnica?

Pero la tormenta la tiene encima el Presidente electo en otro frente, el sanitario. ¿Volverá a proponer dormir a Chile con un cortocircuito de cuarentena total para controlar el actual brote de omicron que amenaza con aguarle desde su acto de asunción? Frente al fantasma de una economía paralizada y al clamor por “ayudas mezquinas”, que él mismo reclamaba antes, ¿cómo duerme cuando piensa que administrará un fisco sin holguras, alto déficit y expectativas de un Chile digno, igualitario y próspero para todos?

Y en lo inmediato, después de dos años aumentando la brecha con los colegios sin clases presenciales, principalmente los públicos, parece haber entendido por fin que “tienen que ser los últimos en cerrar y los primeros en abrir”, como finalmente admitió la semana pasada lo que en Europa afirmaron hace dos años.

Y si la presión del Colegio de Profesores no lo hace sufrir, ¿qué ocurrirá con la pugna con sus socios en Apruebo Dignidad que lidera el Partido Comunista? Ya quedó claro en la elección de la mesa de la Convención Constitucional que el PC prefiere actuar como oposición antes que permitirle a Boric dar la imagen que se está orientando al centro. El mensaje está en la mesa.

Y eso que no hemos comenzado con el glosario de derechos, subsidios y reformas, aunque todas graduales, dice ahora, con un gobierno que tendrá que focalizarse en todas las demás crisis (sanitaria, económica, de orden público) sólo para no continuar retrocediendo. Quizás descubra en La Moneda que hay que correr sólo para mantenerse en el mismo lugar. Para avanzar se requiere mucho más.

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