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Publicado el 10 de abril, 2020

Patricio Navia: La unidad de la oposición

Sociólogo, cientista político, académico UDP Patricio Navia

La incapacidad para ponerse de acuerdo para ejercer su mayoría en la Cámara de Diputados confirma que lo único que mantiene unida a los partidos de centroizquierda e izquierda es su profunda animadversión al Presidente Piñera.

Patricio Navia Sociólogo, cientista político, académico UDP
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El espectáculo que dieron los partidos de la oposición en la elección de la mesa directiva de la Cámara de Diputados hace un par de días confirma que el único punto de unión de esos partidos es su intento por obstaculizar la agenda del gobierno del Presidente Piñera. Porque no son capaces de ponerse de acuerdo ni siquiera para ejercer su mayoría en la Cámara, los partidos de centroizquierda y de izquierda solo pueden unirse cuando se pelean con su adversario común. Lamentablemente para ellos (y para el país, pero por razones diferentes), su incapacidad de concordar una agenda y una hoja de ruta conjunta los deja en mal pie para los procesos electorales que se vienen en Chile una vez que pase la emergencia del coronavirus.

Desde que se constituyeron en una coalición multipartidista para lograr la transición pacífica a la democracia, los partidos de centroizquierda e izquierda en Chile lograron una articulación admirable y una capacidad de avanzar de forma pragmática y moderada en una serie de reformas que lograron que Chile tuviera una transición bastante tranquila hacia la democracia y que el país viviera dos exitosas décadas de desarrollo económico, creciente inclusión social y consolidación democrática. Aunque ahora muchos exconcertacionistas reniegan de los 20 años dorados de los gobiernos de Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet I respectivamente, resulta difícil encontrar un periodo más exitoso y de mayores avances en la historia de la república.

A partir de la derrota electoral de 2009, que consagró el retorno de la derecha democrática al poder, los partidos de la ex Concertación comenzaron a perder el rumbo y pusieron sus diferencias por delante de los grandes acuerdos que les permitieron ser la coalición política más exitosa en la historia de Chile. Como oposición a Piñera I (2010-2014), los partidos de la Concertación lograron encontrar en la figura de Bachelet —que retornaría como candidata en 2013— a un punto de unidad. Por razones distintas y con expectativas muy diferentes, desde el PDC hasta el PC (que ya se había sumado a la coalición en las elecciones municipales de 2008 a través de un pacto de omisión con los partidos que formalmente componían la Concertación) cerraron filas detrás de Bachelet.

De regreso en el poder en el periodo de Bachelet II, las discrepancias ideológicas y estratégicas fueron supeditadas al hecho innegable de que el poder logra unificar voluntades cuando hay que repartirse los beneficios de estar en el gobierno. Aunque hubo evidencia de creciente distanciamiento entre el PDC y sus socios de izquierda, todos se mantuvieron ordenados detrás del liderazgo de la primera mandataria, aunque el PDC a menudo expresó incomodidad por el giro a la izquierda que ésta estaba dando.

La victoria de Piñera en la segunda vuelta de 2017 llevó a muchos a olvidar que, en las elecciones parlamentarias, la izquierda había conseguido una mayoría de escaños en ambas cámaras. Aunque se presentó en 4 listas distintas, los partidos de izquierda lograron ganar suficientes escaños para ejercer el control en ambas. Pero, al no tener el control del ejecutivo, la base sobre la que habían construido unidad y disciplina bajo el segundo gobierno de Bachelet desparecieron. Ahora, lo único que podía unir a la diversidad de visiones y posiciones que representaban los partidos de izquierda era poder concordar en un enemigo común al que oponerse.

Desde comienzos de 2018, la férrea oposición a la agenda de Piñera fue la plataforma que permitió a los partidos de centroizquierda e izquierda actuar de forma cohesionada. Pero el estallido social de octubre de 2018 comenzó a resquebrajar esa unidad. Mientras los partidos más radicales de izquierda aparecían determinados a lograr la renuncia del Presidente, los partidos más moderados parecían querer administrar la crisis política para poder avanzar en una agenda más izquierdizada que la que habían tenido entre 1990 y 2010, pero todavía centrada en los cambios consensuados y con participación de partidos de derecha.

En los meses recientes, la cercanía con lo que parecía un triunfo seguro en el plebiscito de abril para iniciar un proceso constituyente llevó a profundizar las diferencias. Como siempre ocurre cuando algunos se quieren tomar la leche antes de ordeñar la vaca, los partidos de izquierda comenzaron a pelearse entre ellos antes de que haberse asegurado la victoria en el plebiscito. Ahora que se ha retrasado el inicio del proceso constituyente y el coronavirus ha cambiado radicalmente la agenda, las divisiones al interior de la oposición se han profundizado todavía más. La incapacidad para ponerse de acuerdo para ejercer su mayoría en la Cámara de Diputados confirma que lo único que mantiene unida a la oposición es su profunda animadversión a Piñera. Pero cuando el nombre de Piñera no está en la boleta, los partidos de centroizquierda y de izquierda son incapaces de concordar una agenda y una hoja de ruta en común.

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