A menos que el gobierno del Presidente Gabriel Boric sea capaz de aprender lecciones de lo que se hizo bien en las décadas comprendidas entre 1990 y 2019, el fantasma de los 30 años seguirá quitándole el sueño a esta nueva generación de políticos y se convertirá en una fobia que nublará su capacidad de hacer bien su trabajo. Si bien cada generación debe forjar su propia ruta, resulta incomprensible que esta nueva generación de políticos chilenos quiera ofrecer una respuesta distinta a los desafíos que hace 30 años presentó la transición a la democracia y no se haga cargo de los desafíos en gobernabilidad, manejo económico e inclusión social que le toca enfrentar hoy. 

Desde mucho antes del estallido social el Frente Amplio definió su identidad a partir de la crítica y el rechazo a lo que se hizo en Chile en los gobiernos de la Concertación. Como entraron a la política producto de las movilizaciones estudiantiles de 2006 y 2011, sus líderes inevitablemente se definieron a partir del rechazo a lo que ellos consideraban las falencias y los errores de la República Concertacionista. Aunque es evidente que esa época tuvo malos momentos, es innegable que hubo un progreso y desarrollo que nunca antes experimentó Chile en democracia. Cualquier análisis objetivo sobre lo que ocurrió en el país entre 1990 y 2019 muestra muchas más luces que sombras. La insistencia torpe e ignorante de algunos por repetir, falsamente, que en esas décadas aumentó la desigualdad o que “no fueron 30 pesos, sino 30 años” solo muestra que, en vez de revisar los datos, prefieren tener una ciega lealtad a dogmas y mentiras. 

Es verdad que resulta erróneo resistirse al cambio. Así como hoy nadie querría usar los teléfonos celulares que eran modernos en los 90 y nadie se compraría un reproductor de CDs para escuchar música o de DVD para ver películas, nadie en su sano juicio querría volver a vivir los aciertos y errores de los primeros 30 años de democracia post dictadura.

Pero en su afán por definir su propia identidad, el gobierno de Gabriel Boric parece más obsesionado con revivir esos 30 años que con enfrentar los desafíos que hoy tiene el país. Desde su intento por convertir al gobierno de Piñera en una memoria de autoritarismo y violación a los derechos humanos —con imaginarios centros de tortura inventados por periodistas devenidos en dogmáticos propagandistas— hasta su incomprensible obsesión por querer convertir a delincuentes comunes detenidos por actos de violencia durante el estallido social en luchadores por nobles causas democráticas, el gobierno de Boric parece a veces obsesionado con viajar al pasado y encontrar a su propio Pinochet al que combatir. 

Pero Pinochet está muerto y los desafíos que hoy enfrenta el país son distintos. Por eso, el gobierno debiera dejar de actuar en onda retro y querer vivir un tiempo que no es el suyo y en cambio debe hacerse cargo de los desafíos que hoy enfrenta el país y que hicieron que los chilenos le entregaran su confianza en diciembre de 2021. 

En ese desafío, el Presidente Boric y el Frente Amplio bien pudieran aprender lecciones de lo que se hizo bien en los 30 años comprendidos entre 1990 y 2019. La búsqueda constante de acuerdos y la construcción de mayorías amplias que pudieran dar sustento político y social a las reformas graduales y pragmáticas que se hicieron en Chile permitieron que el país avanzara de forma sostenida y decidida hacia un mejor nivel de desarrollo y más inclusión social. La determinación de privilegiar la construcción de consensos —esa lógica de avanzar lento porque vamos lejos— permitió que el país mejorara en todos los indicadores de calidad de vida e inclusión social. 

Patricio Navia

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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