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Publicado el 18 de abril, 2019

Pablo Valderrama: Sexo, Estado y mercado

Director Ejecutivo Idea País. Pablo Valderrama

Ante una iniciativa como el barrio rojo, ¿opinarán Jackson y Boric que el mercado no puede operar en la educación, pero sí puede hacerlo en los cuerpos femeninos?

Pablo Valderrama Director Ejecutivo Idea País.
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“La prostitución no es un delito”. Con esa idea en mente, el alcalde de Santiago Felipe Alessandri ha señalado estar abierto a la posibilidad de instalar un barrio rojo en su comuna. Esta idea no parece ser nueva, dado que en sus tiempos de concejal ya presentó un proyecto en la misma línea. ¿Qué pareciera explicar esta propuesta? Un intento por reconocer y regular una situación doméstica para muchos vecinos y que es imposible de erradicar. La “profesión más antigua del mundo”, como señala el edil, es una actividad propia de la naturaleza humana, por lo tanto es mejor tolerarla y evitar, así, otros daños que provoca la clandestinidad.

Como sea, esta iniciativa tampoco es nueva en otras partes del mundo. Piénsese en el caso de Ámsterdam (en la foto), por ejemplo, una ciudad reconocida mundialmente por regular el negocio del sexo desde el año 2000. El lugar de la libertad –piensan algunos—, en el que cada fin de semana recalan las despedidas de solteros europeas y en el que el Estado, por medio de su regulación, permite que el mercado opere en el cuerpo de muchas mujeres y transexuales.

Con todo, esta moderna iniciativa no está exenta de problemas. Según un reportaje de la BBC de enero de este año, titulado “Por qué el negocio del sexo en Ámsterdam atraviesa momentos difíciles”, se dejan en evidencia una serie de consecuencias negativas que trae una regulación como esta. Se destaca el desconocimiento de las autoridades del número exacto de mujeres dedicadas a la prostitución, lo que, a su vez, permite sospechar que aún hay mujeres que venden su cuerpo en contra de su propia voluntad, o dicho en castellano: son violadas día a día. Para qué decir la delincuencia, las drogas y el lavado de activos que una regulación como esta no logró desechar.

En cualquier caso, la discusión no se limita a preguntas prácticas (por ejemplo, ¿el barrio rojo logrará proteger a las mujeres?), sino que se extiende a otras de orden moral, en particular: ¿es razonable excluir al mercado (o su contracara, al Estado) de ciertas esferas de la vida personal y social? Dichas preguntas son tratadas por el filósofo Michael Sandel, en su libro Lo que el dinero no puede comprar, quien sugiere la desnaturalización de ciertos bienes producto de la intervención del mercado.

De cualquier manera, estas preguntas de orden moral pueden tornarse muy incómodas para ciertos sectores políticos. Especialmente para la izquierda chilena y su versión particular en el Frente Amplio, quienes, hasta hace no poco tiempo, han logrado una ecuación bastante curiosa: abogar por un socialismo individualista. Dicho de otro modo, no han tenido dificultad para mostrarse entusiastas con la idea de que las mujeres decidan por su propio cuerpo, al tiempo que marchan en contra del lucro en la educación, buscando, al mismo tiempo, restringir el mercado y promover la autonomía individual. En consecuencia, ¿opinarán Jackson y Boric que el mercado no puede operar en la educación pero sí puede hacerlo en los cuerpos femeninos?

Sea cual sea la respuesta, dos son los puntos relevantes de una iniciativa como el barrio rojo: la política no puede esquivar preguntas de orden moral; y, aunque duela, habrá a quienes sus propios argumentos en otras materias terminarán por volverse en su contra.

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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