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Publicado el 03 de junio, 2020

Magdalena Brzovic y Sergio Melnick: El dato mata al relato: el impuesto a los súper ricos

La naturaleza del ser humano y su comportamiento económico no se cambia por decreto o con leyes, y lamentablemente es un problema más complejo que la leyenda de Robin Hood.

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El contexto

Las crisis son en general dolorosas y las hay por cierto de diversos tipos. Hoy tenemos una doble crisis: una sanitaria y otra económica. Ambas extremadamente delicadas y muy dañinas. En Chile, así como van las cosas, podríamos agregar muy pronto una tercera crisis en la política, lo que ya hace imposible cualquier solución racional. Es irracional agregar una crisis política voluntaria a dos crisis forzosas de alta gravedad.

Como es de esperar, en estas situaciones, los países se llenan de opiniones (más que de ideas). Pocos son los expertos reales que pueden opinar con autoridad y claridad. Aun así, hay opiniones e ideas bien intencionadas y otras no tanto. La historia se encargará de dilucidarlo. Inicialmente casi todos predican desde una superioridad moral que asombra, y que probablemente en política muy pocos tienen.

El nuevo impuesto al patrimonio

En base a una propuesta inicial del FA, la Cámara Baja le mandó al Presidente Piñera un proyecto de Ley para legislar sobre el impuesto al patrimonio de los súper ricos, que podríamos calificar como pre-cocinado. Es decir, el mensaje fue mándelo y está listo, como si la presidencia fuese un buzón.

Este proyecto entonces ya está en movimiento, es decir, tiene “algo” de realidad. Esperamos que fidedignamente haya tenido buenas intenciones. Ya lo sabremos. Lo que no sabemos aún es si el Presidente lo considerará seriamente. Pensando que pertenece a Chile Vamos, lo razonable es asumir que jamás enviaría un proyecto de esa naturaleza. Lo concreto es que está en su escritorio y que hasta aquí no lo ha rechazado de plano.

Queremos creer que lo que motiva al FA a proponer esta idea tan añeja, es sólo la ignorancia de una realidad conocida que se estrella una y otra vez frente a todos en los hechos prácticos. La naturaleza del ser humano y su comportamiento económico no se cambia por decreto o con leyes, y lamentablemente es un problema más complejo que la leyenda de Robin Hood.

El impuesto propuesto consiste básicamente en aplicar una tasa del 2,5% al patrimonio de los chilenos que tengan fortunas que superen el equivalente a los 5 millones de dólares. Es decir, alrededor de unos 4.000 millones de pesos. Esto es patrimonio real, es decir, rebajando las deudas; es un impuesto al patrimonio y no a los activos de la persona.

Esta idea de poner un impuesto a los súper ricos es en realidad muy arcaica y por su ineficacia ya casi no quedan países con este impuesto vigente. Eso es lo que indican los porfiados hechos y la historia económica. Como se dice hoy en breve, el dato mata al mal relato.

Sin duda es muy tentador o facilista pensar que este impuesto es eficiente, dado que se aplica sobre una base muy jugosa, la riqueza de los poderosos. Sin embargo, la experiencia comparada señala, sin dudas y con claridad, que su costo es mucho más caro que lo que se recauda efectivamente. Uno de los errores tan clásicos de la política tributaria.

Teorías y realidades

Esto de la teoría versus la realidad es, en efecto, bastante común en los proyectos tributarios. Mal que mal son hechos por políticos, en general asesorados muy pobremente. Ya lo vimos en la gran reforma tributaria de Bachelet. La realidad fue completamente diferente a la expectativa creada. El drama es que igual gastaron de acuerdo a lo esperado, no a lo realmente recaudado, de modo que el país terminó endeudándose de manera sostenida. Esa reforma, recordemos, tenía dos grandes objetivos: terminar el déficit fiscal, y financiar la educación. No lograron ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, dejando un déficit fiscal que se autoperpetúa.

En el caso del impuesto patrimonial, las grandes fortunas rápidamente huyen despavoridas de aquellas jurisdicciones donde este impuesto se impone. El patrimonio ya pagó altos impuestos. Basta con re-domiciliar esa riqueza para que el país pierda toda posibilidad de cobrar. Como hemos señalado, y por su enorme ineficiencia, ya no se utiliza hoy en la práctica, ha quedado más en la retórica de las antiguas leyendas redistributivas tipo Robin Hood. La realidad lamentablemente suele ser más compleja que las ideas populistas.

¿Cómo podría funcionar?

Dada esta realidad práctica, para poder hacer una política de ese tipo que sea realmente efectiva, no quedaría más que ponerse de acuerdo a nivel mundial para que todos los países la adopten, cuestión que obviamente hoy es imposible e impracticable. Quizás en algún tiempo más, con la evidente globalización de las economías ,ello llegue a ocurrir.

De hecho, el sólo amenazar a los súper ricos con este impuesto hace que Chile de manera inmediata pierda negocios, empleos, y otros efectos que no es necesario seguir enumerando. Lo más increíble, es que con el solo anuncio, esta fuga ya está en preparación. La pura expectativa agrede a la economía en su tasa de crecimiento potencial. Ergo, de la base actual, la recaudación va a bajar por negocios que se irán o los que esperábamos y no llegarán. Y si se pone este impuesto, el resultado sería aún peor. Hay un daño que ya se ha hecho (incertidumbre), ya que la clase política ha indicado su intención, y probablemente quedará en la agenda por mucho tiempo.

Tal vez estos diputados olvidan que Chile ya tiene bastantes impuestos que se parecen mucho al de los súper ricos. Basta revisar el impuesto a la herencia, las contribuciones de bienes raíces, la sobretasa de contribuciones para los súper ricos recientemente publicada en febrero y con vigencia a partir de enero de este año y así.

La experiencia nos demuestra que, salvo casos muy excepcionales y difíciles de encontrar, los recursos, cuando son administrados por los privados (sus dueños), siempre han sido más exitosos que cuando administra el estado. No explicaremos aquí lo obvio.

La condición necesaria: accountability

Como en casi toda nuestra legislatura, la propuesta de estos diputados llora por su ausencia el famoso tema de accountability. Esta es una palabra prácticamente inexistente en nuestra clase política. Se traduce formalmente como responsabilidad, pero en realidad quiere decir la obligación de rendir cuentas de manera formal, clara, pública, y eficiente.

Si a los incumbentes y a las autoridades le exigiésemos rendiciones de cuentas reales, con responsabilidades personales claras, el cuento sería diferente. Primero, exigirlo en relación a lo que prometen en las políticas públicas, y segundo, de qué se hace realmente con nuestros impuestos, las cosas serían diferentes. Los países andarían mejor. Los populismos la llevarían muy difícil. Pecar sin castigo es otra forma de paraíso.

¿Y qué hacer?

Ahora, si se trata efectivamente de buenas intenciones, ¿por qué no solucionamos el problema de la manera fácil y directa? Recortemos los gastos innecesarios. Se nos ocurren sin pensar demasiado los famosos exonerados truchos, que dicho sea de paso, se heredan a su sucesión; el Museo de la No Muy Buena Memoria; múltiples fundaciones de dudoso interés; muchas ONG; menos ministerios, más austeridad, remuneraciones de mercado, y tantos otros despilfarros fiscales a los que nadie se ha atrevido a poner coto.

El impuesto al patrimonio es una ilusión. Es una fantasía que proviene de la mezcla de relato político e ignorancia. No recauda lo que creen. Entonces, esto es tan simple como llevar el presupuesto familiar: si no podemos aumentar los ingresos, a recortar los gastos se ha dicho.

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