En el capítulo “Sobre el Estado Plurinacional y libre determinación de los pueblos”, la Convención Constitucional ha aprobado, de forma definitiva en el proyecto de nueva Constitución que será consultado a la ciudadanía, que Chile es un Estado Plurinacional. De esta manera se interrumpe una tradición constitucional presente en las constituciones de 1833, 1925 y 1980. En otras palabras, se produce un quiebre con una concepción que se mantuvo vigente por casi dos siglos de historia.

Como todo quiebre, este no puede juzgarse como bueno por ser simplemente novedoso. Al contrario, la plurinacionalidad será un retroceso hacia formas de relaciones sociales que no significarán mejoras en la vida de las personas, como se exigió en octubre de 2019, sino que serán fuentes de mayor conflictividad, al atomizar nuestra sociedad y sostener que cada individualidad étnica está por sobre el componente común de ser todos parte de una misma nación. Múltiples sistemas de justicia, de organización territorial, de protección ambiental o de formación educativa reclamarán validez unas con otras, sin que pueda reconocerse, por sobre todas ellas, un factor unificador.

La idea de un Estado Plurinacional afirma que Chile no es una nación unitaria, sino que en él confluyen distintas naciones compartiendo un mismo territorio y Estado como forma de organización. Sin embargo, esto desconoce que por sobre las diversas identidades culturales que conviven en nuestro país ha existido una vocación de cohesión que se manifestó tempranamente en la concepción constitucional del Chile unitario, no de manera simplemente azarosa, sino que en función de crear un país que progresa de manera armónica y que tiene a su haber, sin desconocer sus deudas y desafíos, ser el país con mejor desempeño en múltiples indicadores de desarrollo humano de Latinoamérica. Y ese país es Chile, como la suma de sus partes, y no un conjunto irreductible de naciones diferenciadas.

Al revés de la Plurinacionalidad, en esta extensa porción de tierra, franqueada al norte por el desierto más árido del planeta, al sur por gélidos hielos y a ambos costados por cordillera y mar, la intención de unificar en la diversidad ha estado siempre presente. En cualquier latitud en que dos ciudadanos se encuentren, sean estos Mapuche, Quechua o Aymara, compartirán un idioma común, una misma historia institucional y un abanico de elementos que les brindan guía y protección. Esto, que parece algo simbólico, entraña la forma en que nos relacionamos todos los chilenos en nuestra diversidad cultural y es lo que estará en juego en el plebiscito de septiembre próximo. Y si nos queremos tomar este asunto con real seriedad, no podemos sino concluir que ese plebiscito será el más decisorio de la historia del Chile moderno, confrontándose en él un posible retroceso de 189 años en formas institucionales elementales para la República.

Pendiente quedará un análisis mas extenso y profundo sobre qué significará ser chileno, hoy en duda.

*Sebastián Torrealba es ex diputado.

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