¿Quién podría dudar de que existen murallas que no se ven pero que suelen ser más sólidas e inexpugnables que las de concreto armado? Son aquellas que están dentro de nuestras mentes y que nos impiden traspasarlas porque son más herméticas que si fueran reales. Muchas de ellas son benéficas y están hechas de respeto, de limitaciones autoimpuestas, de sentimientos de toda especie. Son las que nos impiden apedrear un santuario, robar en un cementerio o atacar a una mujer hermosa. Pero hay murallas que impiden que una nación solucione un problema que todos sabemos será mortal si se le deja estar. Estas murallas están construidas generalmente por la cobardía o la irresponsabilidad de los gobiernos y de los políticos.  

Para ejemplificar lo que digo, ahora deseo referirme a dos de esas murallas que van a terminar matando a la democracia chilena. Una es la del conflicto mapuche. ¿Hay alguien de nosotros que crea que ese conflicto es solucionable racionalmente mediante una negociación o un diálogo? Sucesivos gobiernos lo vienen intentando desde hace muchas décadas y lo único que ha ocurrido es que el conflicto se ha ido agravando y hoy día ya es propiedad de la delincuencia, el narcotráfico, el anarquismo y, por tanto, no tiene ni siquiera interlocutor válido. Todos sabemos que erradicarlo, a estas alturas, solo es posible mediante una operación militar de gran envergadura y que ciertamente tendrá penosas contingencias. Pero todos también sabemos que ningún gobierno que se dice democrático se atreverá a hacerlo, de modo que terminará por desbaratar al país o a justificar un gobierno de facto que nadie desea, pero que se impondrá por la fuerza de las circunstancias. Será como la operación drástica e invasiva que es necesario practicar para evitar el avance de un cáncer.

La otra muralla de ese tipo es la que protege a los depredadores habituales de la Plaza Italia y, cada vez más, de partes estratégicas de la capital. Muchas veces esos depredadores son poco más que niños que inician la adolescencia. Todos sabemos que la impunidad los va a condenar a toda una vida de marginalidad y miserable delincuencia, pero preferimos no hacer nada ante ellos porque es más cómodo eso que enfrentar las críticas que resultarían de reprimirlos drásticamente, y darles una oportunidad en establecimientos correccionales serios, caros y bien profesionalmente equipados. Son carne de cañón que es mejor dejar pudrirse, que atenderlos con rigor en esta etapa. Todos sabemos que ningún gobierno va a hacer nada enérgico al respecto, mucho menos aquellos que se sienten como individualizados con esos delincuentes juveniles a los que llaman “jóvenes combatientes” cuando en realidad son “jóvenes delincuentes”.

No cabe duda que nuestro actual fracaso es, esencialmente, el de nuestras clases dirigentes y especialmente de nuestra clase política.

Porque existen estas inexpugnables murallas invisibles, las democracias como la chilena están condenadas a desaparecer y en un plazo que ni siquiera es largo. Están enfermas de cánceres que ya no son capaces de tratar y que inexorablemente las conducirán a la tumba cuando la sociedad, desesperada, esté dispuesta a sacrificar su libertad para derribarlas. Es lo que siempre ha ocurrido con los problemas vivenciales que un sistema político es incapaz de enfrentar y resolver, y ello porque, después de todo, las sociedades humanas no desaparecen aunque se vuelvan irreconocibles.

Habrá quienes crean que este tipo de problemas, como el de la Araucanía o como el de Plaza Italia, no son solucionables sin sacrificar el régimen democrático. Ello no es verdad y existen precedentes modernos y recientes que así lo demuestran. Por ejemplo, hubo un tiempo no lejano (yo mismo alcancé a vivirlo) en que Nueva York era la ciudad más peligrosa del mundo, con una delincuencia que parecía imparable y hasta con barrios que eran impenetrables incluso para la policía. Pero llegó un gobernador que había alcanzado el cargo con el emblema de “tolerancia cero” y, en unos pocos años, la ciudad era tan segura que se podía dormir en un banco de una plaza pública sin temor a siquiera perder la billetera. Es mejor no preguntar cómo se logró eso. Seguramente habrá testigos en el fondo de los ríos que enmarcan a Manhattan, pero el problema desapareció y la democracia norteamericana siguió su marcha tan campante. Es como un enfermo de cáncer al que le sacaron el estómago, pero que sigue vivo porque se ha atrevido a pagar el precio duro de la drasticidad para comprar algo de sobrevivencia social. En el mundo moderno, cada vez estamos más enfrentados a realidades tan duras como esa, y dependerá de nuestra voluntad y de nuestro valor solucionarlas o resignarnos a que nos maten.

Esas murallas que he mencionado, sumadas a varias otras, han privado de viabilidad al sistema democrático chileno tal como lo conocemos. Han impedido que se modernice el estado, han impedido que el poder ejecutivo ejerza su deber fundamental, cual es garantizar la vigencia de la ley igualitaria para todos, etc. Por eso nos estamos adentrando en una durísima crisis de la que algún día emergeremos maltrechos pero vivos. Ojalá logremos salvar algo al menos de nuestras libertades y de nuestra convivencia difícil pero factible.  Sin embargo eso dependerá de nuestra capacidad para analizar racionalmente y sacar lecciones constructivas de la dura experiencia que vivimos. Para ello es imprescindible analizar las razones por las que hemos llegado al punto en que estamos e invito a mis lectores a que lo hagamos en futuras reflexiones. 

No cabe duda que nuestro actual fracaso es, esencialmente, el de nuestras clases dirigentes y especialmente de nuestra clase política. Se agotaron los Eduardos Frei, los Jorges Alessandri, los Anicetos Rodríguez, los Raúl Rettig, etc. y no ha habido reemplazo para ellos. Con ellos murieron los Congresos que pensaban primero en Chile y luego en la próxima elección, los Presidentes que ejercían el imperio sin dañar la democracia, los tribunales que usaban el sentido común más allá del rigorismo de una computadora, de modo que los pigmeos que los han reemplazado simplemente no dan el ancho para ser  lo que deberían ser.

Ojalá que tras la profunda crisis que viviremos surjan generaciones capaces de retomar el camino que marcó Portales en el siglo XIX y los que he nombrado antes en el siglo XX. Al fin y al cabo, el Imperio Romano fue capaz, hasta cierto punto, de superar la terrible crisis del siglo III. Pero, eso no ocurrirá si no surgen personas capaces de demoler las murallas virtuales.

*Orlando Sáenz es empresario.

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