Se avecina un momento de esos que marcan a fuego la trayectoria de una nación. Si en noviembre de 2020 una contundente mayoría de los chilenos votó por desahuciar la Constitución que nos regía -un hito político cuya trascendencia no es posible exagerar-, en apenas unas semanas acudiremos a las urnas para ratificar un nuevo texto constitucional que podría aplicarse por décadas y a lo largo de varias generaciones. Pero también podría ser impugnado, aunque su aprobación sería la salida lógica del proceso constitucional. De hecho, no hace mucho que este parecía el resultado seguro.

Contra todo pronóstico, hace algunas semanas la opción de rechazar la propuesta constitucional se ha venido convirtiendo en una posibilidad cierta, lo que debe tener a sus autores preguntándose qué han podido haber hecho mal. No ha sido poco –para comenzar por la torrencial cantidad de artículos que la componen–, aunque Fernando Atria se declare satisfecho afirmando que “no hay nada que se requiera reformar”.

Para el gobierno la situación asoma binaria, cero o uno, o eso creen sus autoridades –y el propio gobernante–. El Apruebo sería la única posibilidad para llevar a cabo su programa, como lo aseveró sin reservas el ministro Jackson. Por su parte, el Rechazo sería, se quieren convencer, una catástrofe política. Algunos hablan del “fin del gobierno”, apenas unos meses después de su entronización. Pero son tonterías. Un mandato al que en septiembre le quedarán tres años y medio de gobierno enfrentará exigencias políticas, pero también oportunidades, incluso después de la posibilidad de un incómodísimo Rechazo en el referéndum.

La tesis de Jorge Schaulsohn –que el Rechazo pueda ser “la tabla de salvación de Boric”– tiene más de algún asidero. A condición que emerja el líder capaz de transformar esa encrucijada en una inopinada oportunidad para cruzar el desfiladero constitucional que se abriría por delante. Y ese líder no podría ser otro que el Presidente Boric, que desde el 15 de noviembre de 2019, cuando firmó el histórico Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, pasando por los ajustes sobre la marcha en la segunda vuelta, hasta la designación de un gabinete con tintes socialdemócratas (incluyendo la sorpresa de Mario Marcel), ha dado muestras de un notable pragmatismo político, que una coyuntura como la que se aproxima demandará a raudales desde el día siguiente del plebiscito.

Gabriel Boric podrá seguir evitando pronunciarse sobre este indeseado resultado para él y su gobierno, pero quien ejerce el mando de la nación deberá desde ya prepararse con su círculo cercano, o por lo menos en su fuero interno, para transitar la ruta que el pueblo decida enrumbar en el plebiscito de septiembre. Son momentos que ponen a prueba la capacidad de un líder político para conducir a los suyos a buen puerto. Uno que el país requiere ahora mismo –el preocupante deterioro de la seguridad ciudadana y el terrorismo en el sur lo demandan–, pero que será especialmente requerido si se diera el resultado que nadie preveía cuando la Convención Constitucional iniciaba sus funciones hace casi un año en ese climático invierno de 2021: el casi imposible Rechazo que ahora domina en las encuestas de opinión pública. 

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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