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Publicado el 24 de octubre, 2019

Juan Ignacio Brito: Piñera: Caminando por el filo de la navaja

Periodista Juan Ignacio Brito

El Mandatario se está jugando su lugar en la historia, pero en la encrucijada que enfrenta hay harto más sobre la mesa que su destino personal, pues la situación puede degenerar de nuevo y ser la violencia la que termine imponiéndose. También es posible, sin embargo, que Piñera y su gobierno consigan poner orden y administren el conflicto, como han tratado de empezar a hacer con las medidas anunciadas. Chile y su Presidente caminan por el filo de la navaja: el equilibrio entre la guerra y la paz es precario y hoy nadie está en situación de augurar con certeza hacia qué lado se inclinará la balanza.

Juan Ignacio Brito Periodista
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Sorprendido por acontecimientos que jamás previó, el Presidente Sebastián Piñera se encuentra en medio de una crisis cuya solución demanda de él cualidades que no sabemos si tiene. Sobre sus hombros recae una responsabilidad histórica: por un lado, ganar la “guerra” contra la violencia antisistema que él mismo ha sostenido que enfrenta, y que amenaza con arrebatarle el poder; por otro, y al mismo tiempo, reorientar todos sus esfuerzos para ofrecer respuestas contundentes que permitan, a lo menos, contener el estallido social que sacude al país.

La “guerra”

El caos que sufrió Santiago entre el viernes y el domingo no parece casual. Aunque es imposible asegurarlo con certeza absoluta, existen indicios suficientes para creer que hubo una planificación detrás de la violencia que padeció la capital durante el fin de semana. El hecho que los atacantes hayan partido por dejar inutilizable el transporte urbano (Metro y buses del Transantiago) y luego perturbaran la cadena de abastecimiento por medio del incendio de supermercados, sugiere la existencia de una organización con un grado de adiestramiento. Prender fuego a una estación de Metro o un supermercado no es tarea sencilla que pueda llevar adelante una turba irracional y alocada. Menos aún lo es incendiar de manera simultánea varias estaciones del tren subterráneo, como ocurrió en las Líneas 4 y 4A. Quizás sea útil recordar las cifras: 77 estaciones del tren subterráneo han resultado afectadas, de las cuales 20 fueron incendiadas y nueve quedaron completamente destruidas por las llamas. Por su parte, un cuarto de los supermercados del país ha sido víctima de saqueo; 30 de ellos fueron quemados. ¿Trabajo de amateurs indignados? Muy improbable.

Una evidencia de la feroz eficacia de la ofensiva para asfixiar a la capital la proporciona el audio que se ha divulgado con palabras de la Primera Dama a una amiga. El registro entrega información valiosa acerca de la angustia que se vivía en La Moneda (“estamos absolutamente sobrepasados”) y también sobre los objetivos que perseguía la insurrección. Cecilia Morel no solo sostiene que el aeropuerto fue atacado y estuvo en peligro, sino que, además, señala que “la estrategia es romper toda la cadena de abastecimiento de alimentos” y menciona otro propósito de la agresión: afectar los servicios básicos, como el agua potable. El sábado en la noche, un agobiado Presidente Piñera habló luego de largas horas de silencio en las que el país pareció carecer de gobierno. Al principio la voz apenas le salió en un delgado hilo, afectado como estaba por la emoción. El nerviosismo del Mandatario comunicó a todos que la situación era muy delicada. A esa hora, según informa la prensa, los organismos de inteligencia de las Fuerzas Armadas ya le habían hecho saber que los ataques respondían a un diseño estratégico, pues exhibían metodologías similares y una sincronización intencionada. Con esa información en la mano, el domingo el Presidente optó por describir la situación de manera poco feliz: “Estamos en guerra”.

La intervención enardeció los ánimos en momentos en que lo urgente era apaciguarlos. Sin embargo, no se puede desconocer que, dada la coyuntura por la que atravesaba el país, el diagnóstico era acertado: una insurgencia organizada y violenta amagaba severamente la seguridad nacional, perturbaba el orden y amenazaba la convivencia.

Piñera vivía una tragedia: mientras el país ardía, el poder se le estaba escapando. El Presidente que hace solo unos días calificaba a Chile como un oasis de estabilidad en América Latina no lograba reponerse del impacto. El desafío parecía quedarle grande. Para una porción importante de la población, Piñera, el gobierno e incluso el Estado habían perdido legitimidad, y eso estaba haciendo desaparecer el poder, reemplazado por la violencia.

Como ha sostenido Hannah Arendt, “el poder y la violencia son opuestos: donde uno domina absolutamente falta el otro. La violencia aparece donde el poder está en peligro, pero, confiada en su propio impulso, acaba por hacer desparecer el poder”. Esa es la peligrosa transición que Chile estaba viviendo el fin de semana y que Piñera, como jefe de Estado, no contenía.

En ese plano, el error del Presidente no solo consistió en utilizar un discurso incendiario, sino también –y quizás más peligroso en el mediano y largo plazo— en no identificar al “enemigo poderoso e implacable” contra el cual libra la “guerra” a la que hizo mención. Si estábamos en presencia de una “escalada sin duda organizada”, como sostuvo el ministro del Interior, resultaba imprescindible explicitar quién es ese enemigo.

Ni Piñera ni Andrés Chadwick lo hicieron. La pregunta es por qué.

Una clave para encontrar la respuesta la entrega el audio de Morel. Allí ella habla de una “invasión extranjera, alienígena” y añade que “no tenemos las herramientas para combatirla”. Es una declaración desoladora que trasunta un desconocimiento absoluto del gobierno acerca de quién está detrás del asalto al orden. Piñera y la Primera Dama entendían que el país estaba en guerra, pero no eran capaces de identificar al enemigo sin rostro que les estaba quitando el poder.

La insólita confesión de Morel es una triste señal del desamparo en el que estuvo el país en esas horas dramáticas. Sin embargo, pese a la imperdonable ignorancia del gobierno respecto de una cuestión esencial de seguridad, resulta obvio que no se trata de un rival abstracto, sino de uno muy concreto que se coordina con eficacia para saquear, incendiar, y poner en riesgo el transporte público, la cadena de abastecimiento y los servicios básicos. Sus agentes son personas de carne y hueso que actúan en las sombras y que por años han aprovechado la indiferencia, el sentimiento de culpa y la cobardía de una élite autocomplaciente que prefirió no enfrentarlas cuando asomaron la cabeza en barras bravas de fútbol, manifestaciones masivas, tomas de colegios y universidades, bombazos anónimos y desmanes varios.

“La violencia no prevalecerá”, ha prometido Piñera. Para que sus palabras se hagan realidad, es necesario que el Estado –gobierno, policías, tribunales, fiscalía, Agencia Nacional de Inteligencia, etc.— esté dispuesto a perseguir a quienes instigan el conflicto. “Son grupos organizados que se están investigando”, dijo el lunes la vocera de La Moneda. Ojalá esta vez sea en serio. En todo caso, hay razones para dudarlo: nadie ha vuelto a hablar de ellos y la discusión comienza a estar dominada por la voluntad de castigar a los militares que han violado los derechos humanos de manifestantes y saqueadores.

Una democracia tiene el deber de defenderse de quienes pretenden sabotearla y recurren al enfrentamiento. Los grupos antisistema han mostrado una enorme fuerza y gran capacidad de acción. El fin de semana pasado, pillaron al país por sorpresa y estuvieron cerca de conseguir su objetivo a través de un golpe de audacia, gracias a la ceguera de unas autoridades inexcusablemente distraídas. Estas ya se encuentran advertidas. Ahora que los violentos han salido a la superficie con descaro, identificarlos, perseguirlos y llevarlos a la justicia es una cuestión de vida o muerte.

La reinvención de un Presidente

Para hacerlo, un debilitado Piñera necesita recuperar pronto la legitimidad y, con ella, el poder que le ha sido arrebatado. Las medidas anunciadas la noche del martes son útiles, pero solo constituyen un primer paso, una aspirina para tratar de calmar la fiebre, que servirá de poco si no va acompañada por sucesivos gestos dramáticos que le permitan recuperar la iniciativa. Nadie podría criticar al Mandatario por prestar atención a consideraciones de seguridad que resultan ineludibles cuando existen sectores decididos a destruir la convivencia y provocar un conflicto fratricida. Pero es claro que un Presidente nervioso recién ahora empieza a comprender que la crisis también exige adoptar decisiones que aborden en todos los niveles las carencias, frustraciones y problemas que dan sustento masivo al estallido social.

El poder, sostiene Arendt, “siempre precisa el número”, a diferencia de la violencia, que descansa en sus propios instrumentos y puede ser muy efectiva incluso cuando es organizada por una minoría. Para recuperarlo, Piñera debe convencer a la mayoría de los chilenos de que el gobierno es capaz de cumplir su rol de “permitir a las personas vivir juntas” (Arendt). Para eso requiere alejarse de la retórica grandilocuente y entrar al ámbito de la acción con contenido.

¿Será capaz Piñera de reinventarse para mostrar el liderazgo que hasta ahora le ha costado tanto exhibir? El Mandatario se está jugando su lugar en la historia, pero en la encrucijada que enfrenta hay harto más sobre la mesa que su destino personal, pues la situación puede degenerar de nuevo y ser la violencia la que termine imponiéndose. También es posible, sin embargo, que Piñera y su gobierno consigan poner orden y administren el conflicto, como han tratado de empezar a hacer con las medidas anunciadas. Chile y su Presidente caminan por el filo de la navaja: el equilibrio entre la guerra y la paz es precario y hoy nadie está en situación de augurar con certeza hacia qué lado se inclinará la balanza.

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