Como era de esperar, ni los contactos directos entre la diplomacia rusa y occidental ni los anuncios de sanciones económicas en contra del gobierno de Moscú han logrado desactivar la amenaza de un conflicto de gran envergadura en Ucrania (y potencialmente en el resto de Europa del Este y la región del Mar Báltico). En tanto, los cerca de 2.3 millones de habitantes de la disputada región de Donbas siguen sufriendo las consecuencias de una guerra larvada que ya se ha cobrado más de 14 mil vidas, además de la progresiva destrucción de ciudades y pueblos, que por más de 6 años les ha obligado a convivir con la miseria ocasionada por la privación de los servicios más esenciales.

Todo esto, que “a escala humana” (y conforme con los principios básicos del Derecho Humanitario y de los Derechos Humanos) resulta inaceptable, es parte del costo ignorado por los intereses geopolíticos en juego. Entre otros grandes detalles de esta crisis, el sufrimiento de los habitantes de Donbas no parece haber logrado motivar a nuestra conocida Alta Representante de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, de quien no se conoce opinión ni iniciativa al respecto. Un silencio equivalente a una declaración de parte: no sirvo para nada.

Para el gobierno ruso, nada de esto parece ser relevante. Catorce o treinta mil vidas más o menos no son significativas en la ecuación de poder del gobierno de Vladimir Putin y la renovada oligarquía rusa, que desde la década de los 90 gobierna un país cuyo principal activo es su arsenal nuclear. Sin esa capacidad estratégica, Rusia no sería más que una potencia regional equivalente a Turquía, país que tampoco -para el resto del mundo- resulta un modelo a seguir.

Las limitaciones de la diplomacia y la banalidad de la política

Mientras los contactos diplomáticos se acumulan (al igual que la concentración de regimientos rusos en Crimea, el Este de Ucrania y el Sureste de Bielorrusia), entre bambalinas esta crisis ha servido para escapadas tales como la visita a Moscú del ultraderechista Primer Ministro húngaro Viktor Orban (el caballo de Troya ruso en la UE), o la visita a Kiev del Primer Ministro británico Boris Johnson. Fiel a su estilo “Black Adder” (la sátira histórica creada por el actor Rowan Atkinson), el señor Johnson ha instrumentalizado este grave conflicto para ausentarse de Londres en medio de la crisis originada por su responsabilidad en dieciséis eventos celebrados en la sede del gobierno y la residencia del propio Primer Ministro durante el apogeo de la cuarentena motivada por la epidemia de COVID (equivalentes a dieciséis “carretes” en La Moneda durante nuestra propia cuarentena). Aún así, la visita del señor Johnson a Kiev otorgó oportunidad para que la Primer Ministro de Escocia (y líder del Partido Nacionalista Escocés, que aspira a la independencia del Reino Unido) le reclamara que, si realmente quiere afectar los intereses económicos de Putin en Occidente, que entonces regule la normativa financiera que ha permitido a una nutrida lista de oligarcas rusos convertir a la capital británica en Londongrado. No solo en el Reino Unido sino que en el resto de Occidente existe la percepción de que los gobiernos de Tony Blair, David Cameron, Theresa May y el propio señor Johnson (todos alumni de la University of Oxford y/o pertenecientes a familias con intereses o amistades en la city) han sido débiles en regular las actividades de oligarcas rusos, algunos conocidos por ser propietarios de populares clubes de fútbol, hoteles, clubes nocturnos y un largo inventario de inmuebles, amén de estar relacionados con una serie de crímenes luctuosos, algunos aún por resolver. El director de cine Guy Ritchie ha aprovechado este material en algunas de sus más entretenidas realizaciones.

El plan de Putin para Ucrania

Con todo -y al menos hasta la redacción de este artículo- la esperada invasión rusa no se ha producido. Algunos analistas sugieren que ello se debe a que en diciembre pasado el Washington Post y el popular diario alemán Bild publicaron lo que parecía ser el plan de batalla ruso original. Este debía desarrollarse en tres etapas, comenzando en Crimea y el Mar Negro (conquista de Odessa), siguiendo en Donbas y terminando con una operación de pinzas y la captura de Kiev por tres ejércitos provenientes de tres direcciones distintas. De importancia es que entre las etapas primera y segunda, y segunda y tercera, el gobierno ruso se ofrecería para conversaciones sobre el futuro de Ucrania. De fracasar esas negociaciones (como es previsible), la invasión rusa continuaría hasta lograr la ocupación total del país. Acto seguido un gobierno ucraniano pro-ruso haría los arreglos constitucionales necesarios para convertir a Ucrania en una federación, en cuyas regiones podrían enseguida celebrarse plebiscitos para decidir una posible adhesión a Rusia. Así de simple.

En la medida que las semanas transcurren y la fecha de la esperada invasión se pospone, el gobierno y la clase militar rusas comienzan a enfrentarse a la inevitable recogida del invierno (que ocurrirá a partir la última semana del presente mes), y a la inminencia de los Juegos Olímpicos de invierno en Beijing, que ocupará la cartelera de febrero. Si bien el gobierno chino ha mostrado cierta comprensión por el reclamo ruso de fronteras seguras (para emplear una expresión israelí), es de suponer que la invasión de Ucrania robaría titulares a unos juegos olímpicos en los que el Partido Comunista Chino ha puesto singular esfuerzo para, al menos en parte, morigerar el daño estructural a su imagen internacional causado por su evidente responsabilidad en la pandemia del COVID. Otros piensan que Rusia espera que se inicien los juegos olímpicos en Beijing para lanzar su invasión militar.

Quizás por ello el gobierno ruso continúa acumulando fuerzas en su frontera con Ucrania, en la ocupada Crimea y en parte del territorio bielorruso fronterizo con Polonia y Lituania. Asimismo, ha despachado parte de su flota del Báltico hacia el Mar Negro (respuesta al reforzamiento de las capacidades navales de la OTAN en esa región) para –como lo dicta su estilo macho- redoblar su apuesta militar, sin considerar (o simplemente despreciando) el hecho de que la Alianza Atlántica se verá enseguida forzada a hacer lo mismo. En paralelo, y luego de tomar nota de una suerte de escaramuza entre pescadores irlandeses y la flota rusa camino al Mar Negro, sin esperar la respuesta de Moscú a un memorándum diplomático presentando en días previos, el gobierno de Washington ha anunciado que enviará capacidades militares adicionales a Europa del Este. Así, la escalada continúa.

Lo anterior revela otro aspecto esencial de esta crisis: con el respaldo de la parte fundamental de su clase política (algunas de cuyas figuras reducen el poder Rusia al de una “simple estación de gasolina”), el gobierno norteamericano ha terminado por asumir el liderazgo en Europa dando por hecho que, cualquiera sea la razón (y no obstante el sincero empuje inicial de su Ministra de Relaciones Exteriores), el gobierno de coalición de izquierda alemán -con muchas de sus figuras vinculadas al “negocio del gas ruso”- no tomará la iniciativa. Alemania solo se sumará a las sanciones económicas, incluido un posible cierre del gasoducto Stream 2. Un ofrecimiento alemán de cinco mil cascos para el ejército ucraniano fue rechazado de plano por Kiev. Esto ha dado pie para que algunos analistas recordaran la hipótesis del periodista e historiador conservador Paul Johnson, quien considera que, debido a que su centro de gravedad está en Berlín (Prusia), los alemanes son en definitiva hombres del Este, propensos a entenderse mejor con los rusos que con los franceses o los británicos. El costo de este hecho político para Alemania está aún por verse, pues, a diferencia de Japón y Corea del Sur en el igualmente conflictivo escenario con China en el Pacífico Occidental, Alemania ha hecho gala de dudas y vacilaciones. En geopolítica nada es gratis.

Putin y las fronteras seguras de Rusia

Mientras eso ocurría, Putin ha insistido en su alegato de que Occidente ignora el reclamo ruso de fronteras seguras, afirmando que, desde territorio ucraniano, hipotéticos misiles hipersónicos occidentales podrían impactar en Moscú en menos de 6 minutos. En cambio, Putin ha olvidado a propósito que, desde su territorio o desde Bielorrusia, en un tiempo incluso menor misiles rusos podrían impactar sobre diversas capitales de la Alianza Atlántica (la distancia entre Brest, en la frontera bielorrusa y Polonia, es de apenas 180 kms a Varsovia, y de solo 690 kms a Berlín).

Esta retórica, en principio destinada a justificar el uso de la amenaza de fuerza como legítima arma de negociación, también ilustra el afán del líder ruso de desviar la atención sobre la evidencia que revelan las imágenes de satélites y, al mismo tiempo (con su acostumbrada cuota de cinismo), fomentar su imagen de gran estadista. Es el cultivo a esa imagen -instrumental al ultranacionalismo económicamente interesado- que si bien por ahora lo sostiene en el poder, lo que a la vez está empujado a Putin hacia un callejón sin salida.

Despojado por el Washington Post y Bild del “elemento sorpresa”, él y sus generales siguen postergando el uso de las fuerzas militares que siguen acumulando, permitiendo que Occidente, por una parte, consolide la percepción internacional respecto que el problema de Ucrania es sinónimo de una crisis moral generada por el inaceptable neo-imperialismo ruso, y por otra, dispusiera de un espacio de tiempo para profundizar su cooperación militar con Kiev y reforzar en toda la línea la frontera oriental de la OTAN (con participación de Estados Unidos, Reino Unido, España, Francia, Países Bajos, Noruega, Dinamarca, Polonia, etc.).

Adicionalmente, ya desde mediados de enero diversos expertos explican que, si bien Rusia ha logrado movilizar cerca de 140 mil efectivos con su respectivo equipo militar, ocurre que para conquistar y ocupar Ucrania (y convertirla en un Estado federal que permita la secesión de ciertas regiones limítrofes), la experiencia reciente en Iraq, Afganistán y Siria indica que una potencial insurgencia ucraniana haría necesario un contingente de al menos 340 mil efectivos adecuadamente abastecidos. Hasta hoy Rusia carece de tales capacidades.

Consciente de esas limitaciones, la Alianza Atlántica ha redoblado la apuesta de Putin, aportando tanto equipos militares sofisticados como información de inteligencia para facilitar la defensa y la creación de una insurgencia ucraniana. Esto ya es suficiente para, sin intervenir directamente en un potencial conflicto (y no obstante el enorme poder de fuego ruso), a mediano plazo hacer incluso más cara una invasión. En ese escenario en cuestión de pocas semanas las bajas rusas se adivinan en decenas de miles, creando un problema interno que Putin solo podrá controlar endureciendo su control de la sociedad. Otro Afganistán.

El fantasma del fracaso

A estas alturas el riesgo de fracaso militar ruso es evidente, así como el costo político derivado de una larga guerra ad portas. Esa posibilidad ya comienza a generar dudas, tanto que algunos observadores se preguntan si un resultado insatisfactorio en Ucrania podría catalizar el fortalecimiento de la oposición a Putin y su entorno, una cuestión difícil de mensurar a priori. Como sea, Occidente no parece dispuesto a no aprovechar el potencial que representan ambas incógnitas, no obstante que un escenario interno adverso puede terminar de convertir al “macho alfa del Kremlin” en un dirigente incluso más impredecible. Si bien algunos políticos occidentales le han reconocido ciertas habilidades (posibles en un régimen político que, como el ruso, en sus instituciones, prensa y organizaciones civiles está convenientemente controlado), lo concreto es que Putin no es más que un ex espía de la KGB sin ninguna formación intelectual. Si bien esto lo hace más peligroso, de ninguna manera lo hace más inteligente. La crisis de Ucrania parece empezar a confirmarlo.

Si algunos sostienen que lo anterior da lo mismo, lo concreto es que en esta circunstancia Putin parece expuesto a enfrentarse a una crisis de sobrevivencia personal generada por él mismo, luego de dar por hecho que, como en los casos de Chechenia y Crimea, en Ucrania, Occidente se limitaría a las condenas y a no reconocer la anexión de territorios. 

Error estratégico: la tercera es la vencida. Es precisamente ese antecedente el que -sin que hasta ahora ningún joven soldado ruso haya innecesariamente perdido su vida- configura un escenario con malas y muy malas perspectivas para Putin y sus allegados.

Calculando a Putin

Ocurre que la diplomacia y la clase militar occidental parecen haber terminado por tomarle el pulso al gobierno de Putin y -sin descuidar el elemento imprevisibilidad- haber logrado inclinar el tablero a su favor. Sin duda que esta realidad puede -como se indica- hacer más peligroso al gobierno ruso, el cual, en la medida que los días y las semanas progresan, debe terminar de asumir que la sorpresa y el escenario climático favorable han perdido parte esencial de su relevancia estratégica. Esa peligrosidad cobrará mayor importancia si, como parece posible, sin que se produzca un conflicto militar, Estados Unidos y sus aliados deciden aplicar sanciones económicas directas al entorno de Putin (industria de los hidrocarburos primero) y, quizás, a él mismo y a su familia. Como explicamos en un artículo anterior, en ese escenario la llamada “familia oligarski” se verá enfrentada a elegir entre sus intereses materiales y el proyecto imperial que Putin y sus allegados impulsan para -ad eternum- mantenerse en el poder.

Hasta ahora el Presidente ruso ha logrado aglutinar en su entorno a una masa descontenta con los resultados de la desintegración de la URSS (según él, el mayor error geopolítico del siglo XX). Quienes en suelo ruso vivimos el período final de la Unión Soviética, por experiencia sabemos que la desintegración de esa potencia ocurrió por una masiva falla de material. Putin ha logrado capitalizar el descontento con la sociedad resultante de ese proceso de desintegración política y moral, que en la década de los 90 se caracterizó como el reino del “capitalismo salvaje”. Reciclados en la forma de empresarios, muchas figuras de la nomenclatura del Partido Comunista soviético se transformaron en emprendedores para rápidamente amasar enormes fortunas mientras el grueso de la población continuaba sumida en una miseria material no distinta a aquella propia del sistema soviético. 

Putin fue eficiente en agregar a ese descontento casi ontológico un componente de orgullo nacional herido y una buena porción de religiosidad ortodoxa, además de una -en este caso justificada- animadversión al insaciable apetito de las multinacionales occidentales (incluidas todas las principales compañías alemanas).

Esas empresas, junto con Putin y sus aliados, terminaron por transformar al proletariado soviético en los grandes despojados del fin de la URSS.

Sobre el futuro del pueblo ruso

Visto así el asunto, ocurre que nunca el verdadero pueblo ruso -aquel de las pequeñas ciudades y villas distribuidas desde la frontera con Ucrania al Pacífico Occidental- ha tenido oportunidad de generar su propia visión del mundo, que, entre otras cosas, le permita entender que Occidente, el enemigo externo, no es el fantasma de los ejércitos de Napoleón o de Hitler. La mayor parte de los rusos no sabe que ningún país europeo -ni tampoco Estados Unidos- tiene intención de agredir a Rusia. La expansión de la OTAN (y de la UE) hacia el Este de Europa es producto del temor de los países de esa región (antes satélites soviéticos bajo el paraguas del Pacto de Varsovia) a una nueva agresión de la nueva clase dirigente rusa, que añora su pasado imperial y, más importante aún, lo instrumentaliza para su propios fines de control político y provecho económico.

Es más, al igual que el secretismo comunista soviético, entre otros muchos grandes pecados, el nacionalismo oligárquico de Putin y su entorno ha negado toda importancia al sacrificio de miles de vidas de marinos norteamericanos, británicos, noruegos y de otras nacionalidades, que durante los peores años de la invasión nazi de la URSS, mantuvieron abierta la ruta marítima del Ártico para hacer posible la resistencia y, finalmente, el triunfo soviético, ergo ruso, sobre los ejércitos de Hitler. Interesadamente para Putin y su entorno este enorme sacrificio de sus ahora enemigos occidentales nunca ocurrió.

Por ahora el desenlace del larvado conflicto en Ucrania permanece incierto. Los riesgos son, por supuesto, enormes. La posibilidad de un error no forzado o la derivación hacia una crisis diplomática del tipo de la de julio de 1914 (que concluya en otra gran guerra europea) sigue estando presente. Pese a ello, el ahora evidente error de cálculo de Putin, sumado a la amenaza cierta a los intereses materiales de su oligarquía (con marcado gusto por las cosas occidentales) también permiten suponer que, al menos en el mediano plazo, podría ser posible un cambio político en Moscú.

Para aquellos que en agosto de 1991 fuimos testigos del golpe contra Gorbachov y los eventos que en apenas cuatro meses precipitaron el fin de la URSS, sabemos que en Rusia cambios en principio improbables, son posibles.

Si como resultado de una crisis interna asociada a un fracaso en Ucrania el gobierno de Putin y su oligarquía enfrentaran el final, es de esperar que, de una vez por todas, Occidente entienda que aquella fórmula de la canción noventera “Who let the dogs out” (en este caso, un nuevo y aborrecible capitalismo salvaje) debe a todas costas evitarse. Hay que entender que Rusia, además de una potencia nuclear, es también un pueblo que, por demasiados siglos, espera ser invitado a -en condiciones de igualdad- ser parte de una forma de vida más justa y más noble que la ofrecida por el retrógrado régimen de los zares, la genocida dictadura comunista de los comisarios soviéticos o el régimen fascistoide de los oligarcas de Putin.

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