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Publicado el 24 de octubre, 2019

Gabriel Berczely: El fin de la historia chilena, a menos que…

Empresario y académico Gabriel Berczely

Los próximos días indicarán si vamos directamente hacia el iceberg, o si logramos enmendar el rumbo. Sería fantástico lograr esto último, porque de hacerlo, podríamos encarar un brillante futuro para Chile. Sin lugar a dudas, estamos en un punto de inflexión.

Gabriel Berczely Empresario y académico
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“Hasta aquí vamos bien… decía el capitán del Titanic”. Algo similar se podría decir de Chile, pues venía muy bien hasta ahora. Era la estrella de Latinoamérica, el ejemplo de una transición exitosa, y un éxito de desarrollo económico liberal. Pero todo se vino abajo, y hay un enorme riesgo de que ello sea definitivo, del tipo estocada mortal.

Parafraseando el titulo del libro de Francis Fukuyama, El fin de la historia, hay un enorme riesgo de que estemos ad-portas del fin de la historia chilena. ¿Porqué? Porque nos estamos enfrentando a un malestar social que no ha sido debidamente internalizado por la élite chilena, lo cual, sumado a una cultura que valida la violencia como método para manifestar su protesta, nos pone en una difícil situación ante problemas que no son fáciles de resolver en el corto plazo. Y ello es caldo de cultivo para que asuman populismos, tanto de izquierda como de derecha. En otras palabras, todo el andamiaje construido en los últimos 50 años, y que tanto nos ha distinguido de nuestros vecinos del Atlántico, podría convertirse en el mediano plazo en un símil de la Argentina de 1916, fecha en que comenzó el desastre trasandino.

Si bien la lógica indica que hay poco de espontáneo en la destrucción del metro, buses, supermercados (específicamente el Líder, porque al resto curiosamente no le pasó casi nada), mientras comunas como Recoleta, cuyo alcalde comunista respiró tranquilo porque prácticamente no sufrió desmanes a pesar de albergar 14 supermercados, 10 centros comerciales, 12 farmacias, 10 bancos y 5 estaciones de metro, los medios de información sólo han transmitido la noción de que estamos frente a un estallido social espontáneo y justificado. Peor aún, el 73% de los chilenos considera que los actos de evasión de pago, que dieron inicio al desmadre, son legítimos. Este criterio permitiría justificar la evasión de impuestos de los mas pudientes, toda vez que existe la firme percepción que el estado malgasta sus recursos, por ejemplo, pagando sueldos astronómicos a una cantidad astronómica de parlamentarios, o a operadores políticos, amigos y parientes. También podríamos justificar en el futuro inmediato el robo a farmacias, gasolineras, y a todo aquella institución que cualquier grupo social considere que está cobrando caro.

¿Debiéramos estar sorprendidos de este respaldo a la evasión? Pues no. Lo vivimos a diario en las empresas donde roban los empleados, en las mermas que sufren los retailers por robos de clientes y de sus propios trabajadores, y especialmente con los distintos abusos, fraudes y robos de cuello blanco de los cuales hemos sido victimas en los últimos años (colusiones, fraudes, swaps truchos para generar fondos negros para pagar bonos a ejecutivos, uso de fondos reservados para pagarse vacaciones, etc.). Todos sin castigo penal.

Es la señal que hemos entrado a la trampa de los ingresos medios, tal como ingresó Argentina en 1916, lo cual constituye un muy mal presagio para el futuro del país.

Mucho mas preocupante aún es que el 41% de la población entre 18 y 25 años, que son precisamente los que suelen marchar, respalden la violencia como vía legítima de protesta (StatKnows, 21/10/19). Es decir, además de manotear el producto, destrocemos el local. Mejor aún, destrocemos el Instituto Nacional. Una mentalidad, además, apoyada e incentivada por periodistas y políticos que contextualizan la violencia, casi a nivel de apoyarla, o por lo menos justificarla.

¿Debiéramos estar sorprendidos de esa predisposición por la violencia? ¡No! Porque hace rato soportamos la impunidad total de los que cometen crímenes. Y cuánto mayor el nivel socioeconómico, mayor la impunidad. ¿O acaso no fue inentendible que dos connotados empresarios solamente tuvieran que asistir a un curso de ética por haber estafado al fisco con forwards truchos? ¿O que el hijo y la nuera de la presidenta usaran su relación para beneficiarse milagrosamente del cambio de uso de un terreno adquirido con un préstamo al cuál solo ellos hubiesen podido acceder? ¿O que el hijo del presidente de un partido saliera libre a pesar de haber atropellado y matado una persona? El gran problema, tal como lo dijo Maquiavelo en el 1513, es que “el que tolera el desorden para evitar la guerra, primero tendrá el desorden, y luego tendrá la guerra”.

No sólo hay impunidad,  también injusticia. En mi columna del 1 de julio en El Líbero (El sistema judicial chileno: de la incerteza a la injusticia) concluí que tenemos serios problemas de injusticia en materia penal, tributaria, laboral, ambiental y administrativa. La Corte Suprema podrá alegar que el problema radica en leyes mal sancionadas por el Congreso, pero nada ha hecho para evitar la vacilación jurisprudencial, ni para remover de la institución a los abogados integrantes que en la mayoría de los casos tienen conflicto de interés, ni en bajar los tiempos para emitir sanciones.

En definitiva, la sumatoria de desigualdades no resueltas, una cultura que avala la violencia como vía legítima de protesta, la total impunidad que protege a los delincuentes, y un sistema judicial que provee injusticia, no sólo explica la situación actual, sino también constituye el oriden de futuros desmadres. Es la señal que hemos entrado a la trampa de los ingresos medios, tal como ingresó Argentina en 1916, lo cual constituye un muy mal presagio para el futuro del país. Porque  precisamente esa trampa implica un círculo vicioso: las demandas y conflictos aumentan el riesgo, esto lleva a baja inversión, lo cual afecta negativamente el crecimiento, lo cual lleva a desocupación y  malos salarios, lo cual lleva a malestar social, lo cual lleva a mas desmadres. En definitiva, tal como diría el capitán del Titanic al chocar contra el iceberg: hasta aquí llegamos. Se acabó la historia del viaje, y ahora comienza la historia del desastre.

En materia empresarial, claramente tenemos que cambiar el switch.

Salvo que… logremos cambiar el rumbo. Ahora, y no en cinco años. Esto pasa por lograr un amplio consenso transversal, entre los políticos mas inteligentes y bien intencionados, que contemple un paquete de medidas sociales, tributarias y laborales.

  • En materia de reforma tributaria, no sigamos insistiendo con una reforma técnicamente correcta, pero socialmente invendible. Mantengamos el sistema semi-integrado; mantengamos una tasa del 27% para las empresas grandes, reduzcamos a 25% la tasa para las medianas y a 20% para las pequeñas; eliminemos la renta presunta.
  • En materia laboral, negociemos una reducción gradual a 40 horas semanales, pero como contrapartida una gran flexibilidad laboral y una indemnización a todo evento basada en el sistema danés.
  • En materia de jubilación, incorporemos un sistema mixto de jubilación privada (AFP + APV) con un sistema de reparto básico.
  • En materia municipal, terminemos de una vez por todas con comunas europeas conviviendo con comunas africanas. Busquemos un sistema para lograr mayor igualdad, cuidando que las potenciales contribuciones adicionales que haya que pagar no impliquen la emigración comunal de los jubilados que no puedan pagar las contribuciones. Evópoli tiene claras ideas al respecto.
  • En materia de estado, bajemos la cantidad de ministerios a 14, y disminuyamos la cantidad y sueldos de los parlamentarios, a la vez de que fijemos un límite a su re postulación. Nuevamente, Evópoli tiene claras ideas al respecto, habiendo publicado Felipe Kast en días recientes su propuesta de Presupuesto Base Cero. Y los ahorros que logremos destínemelos a mejorar la educación primaria y la vejez de nuestros compatriotas.
  • En materia de impunidad, tenemos que hacer importantes cambios legales y mentales en la sociedad para que los carabineros y fuerzas de orden puedan hacer su trabajo en forma adecuado, eliminando ese garantismo excesivo que tanto daño nos está haciendo.

En su discurso del martes 22 el Presidente Piñera incluyó varias de estas propuestas. Si bien están muy bien encaminadas, obviamente se requiere tirar más carne al asador.

Y en materia empresarial, claramente tenemos que cambiar el switch. Es imprescindible que los Directorios de todas las empresas dediquen tiempo a aquellos aspectos que han delegado totalmente a las gerencias, y que requieren una visión más integral y social, no sólo económica y técnica. Me refiero al tema salarial, al pago y manejo con proveedores, a la letra chica con clientes, y en definitiva a todos aquellos aspectos relacionados con la legitimidad social. No sólo hay incentivos mal alineados y problemas de agencia (en referencia a la teoría de agencias), sino desconexión con algo que es esencial, y que va mas allá de los resultados de corto plazo.

Los próximos días indicarán si vamos directamente hacia el iceberg, o si logramos enmendar el rumbo. Sería fantástico lograr esto último, porque de hacerlo, podríamos encarar un brillante futuro para Chile. Sin lugar a dudas, estamos en un punto de inflexión.

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