Aterrizamos en Quito, invitados por un empresario chileno, para reunirnos con el Presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, cuya experiencia en arrebatarle el gobierno al “correísmo”, después de una década de progresismo autoritario, de destrucción de libertades y deterioro de la institucionalidad política y económica, eran motivos más que suficientes para conocer, de primera fuente, su épico triunfo y la de su equipo de jóvenes ministros y funcionarios de gobierno. Viajamos con mucha humildad, a escuchar y aprender de los ecuatorianos; no a dar clases ni a “cachiporrearnos” del exitoso modelo chileno, hoy en decadencia. Ya no tenemos nada que andar celebrando por el mundo; más bien llegó el momento de defenderlo. Y Ecuador tiene mucho que enseñarnos.

Agrupados en torno a Ecuador Libre, una entidad que preparó durante 12 años a jóvenes profesionales interesados en el servicio público y en las políticas públicas, el Presidente Lasso logró remontar una difícil campaña presidencial, pasando de un 19% a un 53%, entre la primera y segunda vuelta. Y todo ello gracias a una activa presencia en redes sociales. Lasso revolucionó la manera de hacer campañas políticas en Ecuador, resultando tremendamente exitoso. Mostrar cercanía y empatía con las nuevas generaciones fue un factor clave. Muchos podrán decir que lo de Lasso no tiene ninguna gracia y que la importancia de las redes sociales no es ninguna novedad. Puede que tengan razón, pero la diferencia es que, en su caso particular, terminó siendo una campaña ejemplar. Digna de un caso de estudio. Lo que más destaco de su triunfo: hacer las cosas bien y de manera profesional; no improvisar.

Un segundo factor de éxito de la campaña de Lasso, fue hacerla alejada -lo más posible- de los políticos tradicionales. En Ecuador, al igual que en Chile, los políticos gozan de bajísimos niveles de apoyo y legitimidad ciudadana. En el caso de ellos, justificadamente repudiados por los numerosos y escandalosos casos de corrupción en los gobiernos de Correa. No olvidemos que Correa formaba parte del Foro de São Paulo, que agrupa a políticos de izquierda progresista, de la talla de Lula, Evo, los Kirchner, Fernández, entre otros, que no han hecho precisamente de la probidad un elemento central de sus gobiernos. Desde que asumió Lasso, hace ya 10 meses, ningún miembro de su gobierno ha sido acusado de corrupción, un logro que habla por sí solo. 

Pero la tarea de recuperación política, económica y social de Ecuador tiene un muro difícilmente franqueable: la Constitución de 2008, aprobada bajo el mandato -e influjo- de Correa, que dejó una camisa de fuerza ideológica a los mandatarios ecuatorianos. Lasso no es una excepción. El correísmo dominó ampliamente la Asamblea Constituyente y terminó haciendo un traje a la medida al ex presidente. Con más de 440 artículos (¡si, como leyó!), el texto constitucional establece el principio de subsidiariedad pero al revés: los privados sólo pueden hacer aquello que no hace el Estado, siendo las principales actividades económicas calificadas como estratégicas, lo que implica de autorizaciones especiales para desarrollar la iniciativa privada; las autoridades de los principales órganos del Estado están capturados por el correísmo, ya que se eliminaron todos los mecanismos de pesos y contrapesos institucionales; su congreso es unicameral, lo que tampoco facilita el trabajo y calidad legislativa. Parece una verdadera película de terror. Ni Lasso ni el pueblo ecuatoriano la tienen fácil.

Jamás pensamos que llegaríamos a parecernos a Ecuador, Bolivia, Venezuela o Argentina. Pero hacia allá vamos. Basta mirar todo lo que hizo Correa en Ecuador para consolidar el poder a través de una Constitución ideológica, para darse cuenta que el trabajo de la Convención Constitucional va en la misma dirección: Estado social de derechos, plurinacionalidad, congreso unicameral, control de poderes y órganos del Estado, y todo lo que puede caber en un texto maximalista de cientos de artículos. Es realmente espeluznante. Y allá, al igual que acá, nadie leyó lo que aprobaron. De ahí la necesidad de alertar a los chilenos de la importancia de un cambio de rumbo en la Convención Constitucional, antes de que sea tarde.

“La nueva Constitución es la madre de todas las batallas para los chilenos que creen en la democracia”, nos advirtió Lasso. Estoy seguro que millones de compatriotas queremos paz, libertad y progreso, y no un traje a la medida de la izquierda radical.

*Francisco Orrego es abogado.

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