Ante situaciones de intenso desasosiego hay dos actitudes principales que tendemos a asumir los humanos. Una es la del cínico que se dice: “total, yo tengo que seguir trabajando igual de 8 a 5”. Así responden muchos, pensando que los problemas políticos, nacionales o mundiales no les tocan y que están copados con sus quehaceres personales. La otra actitud es una compulsiva búsqueda de una respuesta a ese “qué va a pasar”. Un preguntarse obsesivo, pasarse viendo noticias o internet, y hablando emotivamente del tema con quien encuentre. Creo que ambos caminos nos encierran en un círculo sin salida y doloroso. Creo que no podemos evadirnos ilusionándonos que el futuro se puede predecir, o esperando que eso nos calme, ni negando lo que ocurre afuera y menos ocultando lo que pasa al interior de nosotros mismos.

Intentar predecir el futuro parece ser una necesidad humana primaria y además creciente en nuestra cultura. Pero tal vez exagerada. Creo que nos equivocamos al hacernos tanto esa pregunta, conducta poco consciente que supone muchas cosas sobre las cuales reflexionamos poco. Querer saber tanto “lo que va a pasar” nos hace pasarlo mal de más en el presente, y sin necesidad. A menudo sentimos una preocupación y ansiedad excesivas, con emociones intensas generadas por pensamientos automáticos catastrofistas. Y estimamos que no podemos hacer nada ante eso. El mundo es así, decimos, y reclamamos al mundo por someternos a tanta incertidumbre o temor. ¿No será más bien que nosotros estamos generando eso al querer aferrarnos a lo conocido? Puede ser nuestro miedo y deseo de control lo clave de observar y cambiar.

Hay otro camino, postulo, de aprender a no evadir y equilibrar lo emocional con lo racional. Reconocer que detrás de la pregunta “qué pasará” hay una emoción de miedo y un juicio de que ocurrirá una catástrofe. Pero cuando no lo decimos nos engañamos y hacemos daño. Mejor observar esto y aceptarlo.  

En el plano racional, primero calmarnos; segundo, ser selectivo en nuestra información; y tercero, hacernos otras preguntas que nos lleven a emociones y pensamientos más constructivos o positivos. Por ejemplo, preguntarnos qué exactamente temo que pase, en qué plazo, qué evidencias o fundamentos existen y, sobre todo, qué está al alcance nuestro hacer para evitar lo que tememos o alcanzar lo que anhelamos. Es decir, actuar para salir del miedo y de la postura de impotencia o víctima para ponernos en una de protagonista activo.

Sobre la Guerra en Ucrania, tres son para mí los hechos más relevantes hasta el momento. Uno, que todavía vivimos en un mundo dominado por el poder de grandes potencias. Ni los países chicos ni medianos pueden hacer lo que quieren; hay un límite. Y las potencias son tres y no dos: EEUU, China y Rusia (mal le pese a los europeos). Menos podrá Chile hacer lo que quiere; y más nos vale tomarlo en cuenta. Dos, entramos a una nueva era de más gasto y poder de los militares. Tres, esta es la primera guerra que se pelea también en el ámbito de la información digital, con Twitter, YouTube y Whatsapp influyendo fuerte en la opinión pública y movilización ciudadana. Esto no necesariamente aplacará las ambiciones de las grandes potencias; menos de los rusos. Estudiemos su historia de crueldad y destrucción en sus guerras. Conclusión, este conflicto puede ser largo, cruento y abrirá una nueva era.

Sobre qué pasará con el Gobierno de Boric estoy mucho menos pesimista que hace cinco o tres meses. En parte por la nueva moderación del Presidente electo y por los principales ministros elegidos. En parte por los contrapesos de la ciudadanía en la elección de parlamentarios. Y también por la situación externa que obligará a ser más cuidadoso.

Qué pasará con la Constitución me parece mucho más preocupante. El carácter extremo, refundacional e ideologizado de lo propuesto hasta hoy generaría, primero, conflictos de muy difícil resolución entre la Convención y el Parlamento, los que pueden trasladarse a manifestaciones en las calles con sus secuelas de violencia y paralización. Eso provocará un segundo grave efecto de frenar inversiones y el crecimiento económico. Una nueva desilusión en este ámbito no solo debilitará al gobierno sino que mantendría los conflictos sociales.

Por eso considero tan alentador el apoyo masivo a los Amarillos por Chile que buscan un cambio modernizador y progresista para tener ahora una Constitución que sea la “casa de todos”. Si esto sigue convocando el apoyo reciente, entonces tenemos esperanzas.

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