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Publicado el 10 de julio, 2020

Eleonora Urrutia: Trump tiene razón: la cultura de la cancelación está destruyendo la libertad de pensamiento

Hay miles de eventos que representan exactamente lo que el presidente norteamericano describe: una revolución cultural de izquierda contra los valores tradicionales de libertad de expresión y tolerancia política, que pretende imponer una única forma de pensar sobre la historia, la raza, el género y una miríada de otros temas.

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El viernes pasado el presidente Trump pronunció uno de los mejores discursos de su mandato. Sin embargo los medios independientes del país y sus corresponsales en el mundo vieron una supuesta intención de provocar un sisma en la sociedad estadounidense. Para evidencia, vale la pena detenerse en algunos de sus titulares: En un oscuro discurso en el Monte Rushmore, Trump explota las divisiones sociales y advierte de la revolución cultural de izquierda en la víspera del Día de la Independencia (The Washington Post); Trump utiliza el discurso del Monte Rushmore para brindar un mensaje de guerra cultural divisivo (The New York Times); En el Monte Rushmore. Trump usa la celebración del Cuatro de Julio para cebar la guerra cultural (LA Times).

¿Fue “oscuro” el discurso presidencial? Fue una oda a la libertad y al triunfo de los Estados Unidos como nación, movilizando al país en defensa de los principios estadounidenses tradicionales que ahora están bajo un ataque radical. Llamó a los estadounidenses a oponerse a este asalto, citando varias veces a Martin Luther King:  “Debemos exigir que a nuestros hijos se les enseñe una vez más a ver Estados Unidos como lo hizo el reverendo Martin Luther King quien vio que la justicia requería abrazar completamente nuestros ideales fundacionales e hizo un llamado a sus conciudadanos para que no destruyan su herencia, sino que vivan a su altura”.

¿Fue “divisivo”? Fue ciertamente directo, típico de su estilo. Pero solo podría ser catalogado de divisivo si no se ha estado prestando atención a las divisiones que se están alimentando desde la izquierda en todas las instituciones estadounidenses. Al contrario de lo que informan los medios, la América que Trump describió es una de genuina igualdad racial y de diversidad, una que hace eje sobre el ideal de la Declaración de Independencia de que “todos los hombres son creados iguales”. Describir esta afirmación como divisiva, en sí mismo prueba su punto: editores de larga trayectoria están siendo despedidos de los medios por artículos que contrarían la narrativa de los violentos millenials en esas redacciones; el CEO de Boeing aceptó la renuncia de un ejecutivo del área de comunicaciones por oponerse hace 33 años, cuando estaba en el ejército, a la participación de las mujeres en combate; el Washington Post publicó un artículo instando a que se elimine el nombre del primer presidente de Estados Unidos de las universidades de Washington y de Lee; JK Rowling sufrió ataques misóginos por hablar en contra de la identidad de género, y el presentador de televisión negro Terry Crews fue denunciado como un traidor de raza por proferir la blasfemia de que “todas” las vidas importan. Y hay literalmente miles de eventos parecidos que están ocurriendo en todo el país, que representan exactamente lo que Trump describe: una revolución cultural de izquierda contra los valores tradicionales de libertad de expresión y tolerancia política, que pretende imponer una única forma de pensar sobre la historia, la raza, el género y una miríada de otros temas.

Lo que sucede es que este año incluso el telón de fondo del discurso de Trump, Mount Rushmore con sus cuatro caras presidenciales, tiene una carga política. Cada uno de esos presidentes —Washington, Jefferson, Lincoln, Theodore Roosevelt— está bajo amenaza por antiguos pecados cometidos contra los valores modernos, y los progresistas están buscando eliminar sus estatuas e incluso sus nombres de la vida estadounidense. La gran ofensa de Trump contra ellos fue defender estos legados presidenciales.

La cancelación de la cultura es real, está mal y es destructiva. Daña a los individuos y destruye la libertad. Induce miedo en la gente común y obstaculiza el debate público.

Para el socialismo, la guerra contra el pasado tiene dos razones. La primera es que la izquierda no tiene a lo largo de toda la historia una sola bondad para contar. No hay un ejemplo que pueda enarbolar, una sola anécdota en la que, aplicado el socialismo, haya salido bien. El otro motivo es que necesita crear una sociedad nueva que rompa con todo lo anterior, que destroce los vínculos constitutivos del individuo: su familia, su cultura, su religión o su tradición. Borrar todo aspecto de distinción personal, individual, para permitir su colectivización mansa. De ahí su lucha desigual contra los datos, contra los registros, contra toda prueba que desmienta sus postulados.

Esta depuración, esta purga de datos y hechos es el delirio académico y cultural con el que se manipula la memoria. Se trata de un trabajo lento y obsesivo, pero no carente de frutos. Hay generaciones adoctrinadas bajo el lema “La historia no es verdad”. Millones de estudiantes que han visto películas, cantado canciones y gritado consignas que afirman que “la historia no es verdad porque la escriben los que nosotros no queremos”. Y no importan los datos ya que “la historia que nos contaron es de parte de las oligarquías y de élites económicas que premia a los que masacraron, a los que pasaron por encima de los derechos de demás”. Si los datos no les dan la razón significa que son un constructo opresivo en manos de los malos. “Quien controla el pasado controla el presente. Quien controla el presente controlará el futuro” escribía Eric Arthur Blair, conocido mundialmente como George Orwell, que fue socialista, que conoció por dentro sus artes para manipular y que dedicó sus últimos días a denunciar su barbarie.

Una sociedad sana se basa en la libertad, la apertura y los derechos a la disidencia y la experimentación intelectual.

Lo más llamativo de este despertar contemporáneo, sin embargo, es la disonancia cognitiva que presenta. Incluso mientras las estatuas continúan cayendo, se afirma que no hay una guerra cultural contra los valores del pasado. A pesar de que las imágenes de George Washington son quemadas y abusadas y los monumentos de Cristóbal Colón son decapitados y embadurnados con insultos, insisten en que no hay guerra cultural, excepto de aquellos que dicen “Dejen las estatuas en paz”, por supuesto. Aun cuando las personas literalmente pierden su trabajo por criticar a BLM, dicen que la cancelación de lo políticamente correcto es un mito soñado por los derechistas. Tales niveles de autoengaño, tal capacidad kafkiana de participar simultáneamente en una guerra contra la historia y contra el pensamiento erróneo, a la par de insistir públicamente en que estas cosas solo existen en la imaginación febril de Trump y las personas que votan por él, habla de los peligros de la vida reducida a un espacio seguro. La opinión que se refuerza a sí misma y se aísla del debate deforma el intelecto humano a tal grado que sus habitantes confunden su dogma con la verdad, su censura con un bien público y su extraordinaria crueldad contra los disidentes con una corrección moral esencial.

Pero por lejos lo más crítico es que acalla el debate público enviando una advertencia clara al público: exprese estos puntos de vista y podría ser castigado, incluso podría perder sus ingresos. JK Rowling sigue siendo una autora exitosa que no puede ser cancelada pero, ¿qué pasa con las personas que comparten sus puntos de vista, pero no disfrutan de su nivel de seguridad financiera o cultural? Verán a la autora sometida a amenazas de violación, amenazas de muerte, boicots y difamación y concluirán que es mejor silenciarse.

“Una carta sobre justicia y apertura al debate”, publicada el martes por Harper’s y firmada por más de 150 intelectuales, fue un intento de hablarle a la propia tropa al oponerse a los ataques de la izquierda contra la libertad de expresión. Sin embargo, ni aún por contener firmas del prestigio de Noam Chomsky o Salman Rushdie pudo evitar seguir el colapso. La izquierda online, que no puede decidir si la censura de izquierda es un mito inventado por sus enemigos o una táctica necesaria para destruirlos, estalló con la traición y no pasó mucho tiempo antes de que comenzara la renuncia de las firmas. Jennifer Finney Boylan, colaboradora frecuente del New York Times, pidió perdón en Twitter. Kerri Greenidge, historiadora de la Universidad de Tufts, pidió que se eliminara su nombre. Uno de los colegas de Matt Yglesias, cofundador del sitio web millennial y progresivo Vox, escribió en una carta abierta a los editores de la publicación que se sentía menos seguro en Vox.

Este es el logro más grotesco de la cultura de la cancelación: construir ejemplos de prominentes pensadores a quienes convierten en chivos expiatorios para advertir a toda la población, hacer cumplir y controlar los parámetros de pensamiento aceptable y dejar en claro que cualquiera que salga de ellos corre riesgo. La cancelación de la cultura es real, está mal y es destructiva. Daña a los individuos y destruye la libertad. Induce miedo en la gente común y obstaculiza el debate público. Una sociedad sana se basa en la libertad, la apertura y los derechos a la disidencia y la experimentación intelectual. Cancelar cultura socava todas esas cosas. Por eso debe ser derrotada.

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