Nuestro país no debería involucrarse en una nueva operación de paz, aunque sí preocuparse del destino de Haití. Razones, hay varias. No sólo por lo impactante de su drama en sí mismo, sino porque ya se involucró en dos de las intervenciones con cascos azules, la MIF y su sucesora, la MINUSTAH, que elevaron la estatura estratégica de Chile. Además, porque suman ya decenas de miles los haitianos que han emigrado hacia las principales ciudades y pueblos chilenos, e incluso formado parejas mixtas, teniendo descendencia. 

El asunto es cómo reaccionar a los angustiosos llamados del premier, Ariel Henry, quien, apoyado en duras imágenes televisivas, clama a la comunidad internacional. Lamentablemente, su llamado tiene un gran defecto. Es un déjà vu, que deja una sensación ambigua, oscilante entre la pena infinita y el aburrimiento ante tanta desidia

Eso explica la poca atención que recibió su llamado, salvo unas cuantas palabras de buena crianza del secretario general de la ONU. Es como si cada quien recibiera las infaustas noticias de Haití parapetado en una cartilla de expresiones frías, tipo Las Campanas del Infierno, que ha inspirado a los soldados británicos y americanos para transmitir de manera abreviada sus sensaciones al presenciar espectáculos dantescos.  

Otro gran problema se desprende de los sucesivos fracasos de las intervenciones. Suman ya seis desde los 90, sin que la aguja de la situación de seguridad en el país se haya movido un milímetro. Haití sigue donde mismo y eso sugiere graves errores de diagnóstico. 

Un primer hecho incontestable es que ninguna operación de paz, no solo las haitianas, ha mostrado algún resultado contundentemente positivo. Los éxitos son muy circunstanciales. Se comenta que quizás el problema radica en su concepción, cuyo punto de partida es bastante discutible, al invitar a los países contribuyentes pensando más bien en mostrar capacidades operativas, o mantener el adiestramiento de sus tropas, e incluso para utilizarlas a veces, de forma algo oblicua, para evitar recortes fiscales en pagos. Ello sin contar con el deseo de ciertas empresas de participar con la sola finalidad de instalarse como proveedores de Naciones Unidas. Poco o nada hay de ese elemento humanitario soñado por Dag Hammarskjold en estas operaciones. 

Un vecino sin parientes y en crisis crónica

Otro hecho incontestable es la localización política-geográfica equivocada de Haití. Es obvio que, mirado desde el tipo de la debilidad institucionalidad que adolece, el país está más cerca de lo que se ve en Africa subsahariana que de América Latina. Por lo tanto, crear un tejido gubernativo a partir de la escasa afinidad cultural es casi imposible. No pasa de ser una ingenuidad, propia de los 90, creer que instalando unas cuantas instituciones sugeridas por la teoría democrática y conectándolas a América Latina, Haití se pondrá de pie. 

En verdad asombra quienes critican este punto de vista. Cuesta mucho hacer entender que Haití padece un aislamiento peculiar y muy difícil de solucionar, pues, como bien observó Huntington, su lengua, el creole, los aleja incluso de las otras islas afrocaribeñas, mientras que su adicción por el vudú lo han mantenido fuera de la influencia del catolicismo. Por eso, Haití es como un vecino sin parientes.

Aún más, el país presenta una rareza no menor a partir de una debilidad de raigambre histórica. Haití no tuvo esos grandes caudillos que sucedieron al hundimiento del orden histórico español en América Latina. Aquellos hombres fuertes, dueños de vidas y tierras, que poco a poco fueron apaciguando a las montoneras menores y bandoleros regionales, que asolaban poblaciones periféricas. Al empecinarse en hacer cumplir sus reglas, los caudillos fueron generando nuevas pirámides de obediencia, lo que alimentó una vida medianamente organizada. Nada de eso se ve en Haití, donde el panorama sigue igual que antaño, dominado por bandas de delincuentes de poca monta en procura de saquear cuanto encuentran a su paso. Ese tipo de barbarie urbana es incontrolable mediante una operación de paz por el costo en sangre que implica.

Otra cuestión difícil de aceptar es la naturaleza de sus padecimientos. Se suele repetir majaderamente que el país está entre los más pobres del mundo. No pasa de ser un (auto)engaño suponer que la miseria de Haití es producto de una fugaz desgracia o de imprevistos históricos. El país vive en realidad una situación crónica y sin el menor viso de solución. 

El fracaso del asistencialismo

Por eso no es extraño que la elite del país (el segmento mínimamente ilustrado) sea incapaz de ejercer cualquier tipo de liderazgo, por primario que sea. ¿Qué hacer entonces con un país incapaz de resolver sus propios asuntos?

Angus Deaton, en su extraordinario libro El Gran Escape. Salud, Riqueza y los Orígenes de la Desigualdad, describe el llamado “enfoque hidráulico” utilizado por muchos países para ayudar a salir de este tipo de embrollos a los más pobres. Este enfoque trabaja según el principio que, si se bombea agua en un extremo, debe salir agua por el otro. Esta idea de concebir los incentivos al desarrollo como un desafío de ingeniería, o de reparación de gásfiter, más recursos, es erróneo, alerta Deaton. Las experiencias de operaciones de paz en Haití y países africanos revelan que se pueden bombear litros y litros de agua por un extremo, y por el otro no necesariamente sale agua. 

Luego describe otro caso asistencialista erróneo, denominado proyecto Thaba Tseka, ocurrido en Lesotho en 1994. Este ilustra cómo concienzudos estudios de laboratorio terminan siendo inútiles a la hora de su aplicación. Deaton comenta cómo científicos canadienses llegaron a la conclusión que, según la temperatura y altitud del país, morfología de su tierra, régimen de lluvias, etc., lo óptimo era incentivar la creación de comunidades agrícolas en aquel país. El gobierno canadiense decidió, en consecuencia, ponerlo en práctica en aquel país africano. Sin embargo, la dadivosa “revolución asistencialista” no generó simpatías por un motivo que ni los científicos ni políticos canadienses sospecharon. Los beneficiados no querían ser campesinos; deseaban seguir sirviendo como mineros en los yacimientos sudafricanos, aunque con mejores condiciones laborales y algo más de remuneración. 

Deaton concluye que, cuando las condiciones locales son hostiles o inadecuadas y los planes de intervención son utópicos, toda ayuda resulta infructuosa. Recursos, energías y buenas intenciones se terminan diluyendo.

Por estos días se ha escrito en tonos alarmistas que Haití habría llegado al borde de la desintegración. Independientemente que el destino pertenece siempre al ámbito de lo incognoscible, es altamente probable que Haití y los haitianos sigan viviendo esa terrible tragedia de no saber gobernarse, sin inmutarse sobre las tribulaciones que ello genera en el extranjero.

Podría decirse que, en Haití y en la mayoría de los estados fallidos africanos, está del todo ausente ese necesario espíritu de convergencia social básico. Allí no fructificó el sentido de ir edificando y ensamblando instituciones bajo el criterio de “do it yourself”. Si lo tuvo Toussaint L´Overture, su héroe anticolonial, este se perdió en el tiempo. Por lo tanto, al esfuerzo multilateral sólo le queda intentar otra forma de internalizar el concepto de autoritas

La sucesión de fracasos, y la inmensidad del desafío invitan a explorar otras fórmulas. Una, muy interesante, sería ensayar que la ONU tome la jurisdicción total del territorio y la población; quizás bajo la modalidad de fideicomiso. 

Eso desataría un muy chispeante debate internacional.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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