Desde la Segunda Guerra Mundial se fue consolidando en Occidente la idea de que el planeta se encuentra dividido entre, por un lado, el llamado “mundo libre”, conformado por democracias liberales, y por otro lado toda una diversidad de regímenes autoritarios y totalitarios. Esta división necesariamente viene acompañada de tensiones y conflictos, dado que estas dos “familias” de regímenes políticos suelen demostrar modos distintos de entender y gestionar la política interna e internacional.

En líneas generales, mientras en las democracias liberales la política gira en torno a la discusión de los problemas que más importan a la gente, en los regímenes no democráticos los gobernantes desvían la agenda pública hacia los temas que a ellos les interesan más directamente. Proliferan así las campañas de propaganda a favor del dictador y sus colaboradores, la censura de la prensa crítica, la asfixia económica de los sectores adversos, la persecución de los disidentes y el aumento de los recursos empleados para consolidar los aparatos represivos; y ello por no hablar de la ilegítima e impune acumulación de riquezas en manos de los miembros de la camarilla autoritaria. Cuando estos regímenes despóticos se preocupan por el desarrollo de la población, lo hacen sin tomar en mayor consideración criterios y opiniones distintas a las suyas. Y si bien es cierto que prácticamente todo grupo político se encuentra interesado en permanecer el mayor tiempo posible en el poder, en los regímenes de fuerza ni sus oponentes en particular ni la ciudadanía en general cuentan, en la práctica, con demasiados medios para impedírselo. 

Un punto crucial en el plano de la política internacional tiene que ver con la propensión de cada Estado a entrar en guerra, siempre y cuando cuente con medios suficientes para ello. Mientras los gobiernos democráticos (con todas sus limitaciones, de las que nos quejamos con frecuencia) se mantienen casi siempre bajo cierto escrutinio de la población, y por ende son mucho menos dados a enfrascarse en guerras en las que los ciudadanos se verán eventualmente obligados a participar, en los regímenes autoritarios y totalitarios los gobernantes se encuentran mucho menos limitados a la hora de obligar a sus gobernados a participar en las operaciones bélicas que ellos decidan ordenar.

Del mismo modo, un Estado autoritario logrará destinar más recursos a su seguridad y defensa sin que medie la percepción en la población de que se encuentra bajo algún tipo de amenaza externa. Se comprende entonces el dato empírico de acuerdo con el cual las democracias liberales no hacen la guerra entre sí, ya que prefieren los canales de la diplomacia y las normas internacionales para resolver sus diferencias, mientras que en toda guerra internacional siempre se encuentra involucrado al menos un Estado autoritario, por naturaleza mucho menos inclinado a guiarse por lo que contempla el derecho internacional. 

Pero más allá de lo anterior, hay un punto que hace de los regímenes autoritarios y totalitarios unos jugadores temibles en la arena internacional. Nos referimos a las ventajas que se derivan del funcionamiento del Estado como actor unitario, mucho más patentes allí donde éste es gobernado de acuerdo con un criterio único en vez de responder a una pluralidad de opiniones que deben pasar previamente por el tortuoso proceso de alcanzar un consenso operativo. No sólo se libran los gobernantes autoritarios de negociar arduamente con los distintos sectores que componen una sociedad libre, sino que además tienden a prolongarse en el poder mucho más de lo que lo hacen sus pares demócratas, adquiriendo así mayor experiencia, intuición y poder.

Como resultado de todo lo anterior, y al menos durante ciertos lapsos de tiempo, las autocracias pueden llegar a manejarse de modo sumamente eficaz en materia de política exterior, mientras que las democracias se ven afectadas por los periódicos (y necesarios) cambios de gobierno, la ruptura de los consensos que les dan estabilidad o la pérdida de popularidad de sus gobernantes. 

De todo lo anterior podemos extraer algunas conclusiones. La primera de ellas es que a las democracias, por lo general más pacíficas, les toma un cierto tiempo acostumbrarse a las épocas de guerra, las cuales usualmente se inician con alguna agresión por parte de estados con regímenes autoritarios (incluso cuando las democracias puedan ser consideradas como corresponsables en alguna medida del estallido de las hostilidades). Ese es el tiempo necesario para que la población y los líderes de las principales fuerzas políticas (que en democracia son siempre varias y diversas) entiendan que a todos toca hacer ciertos sacrificios inusuales, si la guerra que se afronta es ineludible o necesaria, y si se aspira a prevalecer en ella. 

La segunda conclusión es tan vieja como el Imperio Romano: si vis pacem para bellum. En ocasiones, y ante estados autoritarios particularmente poderosos, estar preparado para la guerra (así como hacerlo saber) suele ser el mejor modo de evitarla. Se trata de una antigua verdad que, en tiempos de bonanza o buenismo como el que nos toca vivir ahora, suele ser dejada de lado… hasta que la realidad se encarga testarudamente de volver a desempolvarla. 

Por último, las viejas virtudes nunca mueren. Cada vez que parecemos convencernos de que hemos alcanzado un mundo libre de dificultades y antagonismos extremos, una nueva hornada de amenazas existenciales suele emerger en el horizonte. Los seres humanos no somos ángeles; el conflicto es una realidad recurrente en nuestra existencia, y por ende cada cierto tiempo se nos hace necesario recordar el significado de la virtud como fuerza moral ante la adversidad y la ambición desmedida de otros. Para ningún régimen político esta verdad es tan importante como lo es para la democracia, sustentada como está, en menor o mayor medida, en la virtud de sus ciudadanos y no en la obediencia ciega a un líder. Sólo cuando esas viejas virtudes reemergen con fuerza tendrán las democracias la oportunidad de prevalecer ante las autocracias.

*Miguel Ángel Martínez es Doctor en Conflicto Político y Procesos de Pacificación. @martinezmeucci

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