Es probable que la propiedad de las mujeres sobre la tierra se eleve por sobre el 2 por ciento anunciado por Oxfam y Action Aid, pero de cualquier modo es muchísimo menor que la de los hombres (y esta propiedad es fundamental para contrarrestar relaciones de dominación y explotación en sociedades agrarias). La violación de derechos humanos fundamentales más extendida hoy en día tiene como víctimas a mujeres y niñas, como atestiguan las más de doscientos millones de mujeres vivas que han sufrido y siguen sufriendo día a día diferentes variaciones de la mutilación genital femenina. Las mujeres son objeto de violencia a lo largo y ancho de nuestro planeta. En muchas zonas de guerra se sigue utilizando la violación de las mujeres y su esclavitud sexual como estrategia de dominación del enemigo y como botín. Se trata de prácticas tan antiguas y actuales como la guerra misma. La OMS estima que una de cada tres mujeres en el mundo ha experimentado violencia sexual y física en su vida. La mayor parte a manos de la pareja: 30% de las mujeres en relación de pareja ha sido víctima de ella en su vida. En muchos países las mujeres tienen restricciones en sus derechos y libertades. En Afganistán, con el Talibán nuevamente en el poder, la libertad de las niñas y mujeres para estudiar y trabajar está drásticamente restringida, y así lo están también sus opciones para elegir y desplegar sus vidas en condiciones mínimamente dignas. En Arabia Saudita, luego de protestas, desobediencia civil y penas privativas de libertad, las mujeres han obtenido recientemente una libertad que nadie disputó a sus contrapartes masculinas: la de conducir un automóvil. Las mujeres son víctimas corrientes de abuso y acoso. Además, como lo sabemos tan bien en Chile, reciben menos salario que los hombres por el mismo trabajo.

Podríamos seguir enumerando. No importa en qué dirección mire (educación, propiedad, derechos, victimización, estatus social, etcétera) a las mujeres se les ha asignado una de las peores partes en el mundo, la de las desventajas, los abusos, la dominación y la violencia. Y la causa fue intuida con claridad por el padrino del soul: el nuestro es un mundo de hombres. Y es que son mayoritariamente hombres los que a lo largo de la historia han tenido el poder de negociación para establecer las prácticas sociales y las convenciones que los favorecen, las que a su vez se han expresado y siguen expresando en órdenes jurídicos. No olvide que la violación en el matrimonio es una categoría nueva en nuestro sistema legal. Con anterioridad se solía subentender que el acceso carnal era un derecho irrestricto del cónyuge. No es casualidad que en sociedades patriarcales (y quizás todas las sociedades lo son en alguna medida) los que suelen llevar la peor parte son aquellos que no han tenido la fuerza para hacer valer sus intereses en la negociación social del poder: las mujeres, los niños y las minorías sexuales.

Cierto, los niveles de abuso no son los mismos en todos los países, y hay algunos pocos que lo hacen mucho mejor en lo que respecta al estatus social de la mujer. Pero también es cierto que la noción de la subordinación de la mujer al hombre es parte de nuestro medio ambiente. Similar al aire (pero un aire social, no natural) que se esparce ubicuamente y que sin que lo notemos oxigena nuestro cuerpo y mente. Es cierto que ese aire va cambiando. Por ejemplo, la oposición entre vírgenes y putas corriente hace pocos años, hace poco sentido, si es que alguno, a las generaciones actuales. Pero todavía está ahí. Recuerde, como una ilustración de su ubicuidad oxigenante, el chiste del Presidente acerca de la diferencia entre las mujeres y los políticos (cuando el político dice que no, no es político; cuando la dama dice que sí, ya no es dama). Sin duda, a nivel del inconsciente colectivo, el presidente es representativo de buena parte de su generación.

Los movimientos de mujeres que animan la agenda no han hecho más que poner sobre la palestra lo evidente, lo que todos sabíamos, pero quizás no nos importaba tanto porque lo considerábamos como parte del medio ambiente. Si alguno no lo sabía, ya no puede alegar desconocimiento. Y lo que todos sabíamos es que las mujeres están en una posición de desventaja en relación a los hombres. La pregunta, evidentemente, es cómo enfrentar esa desventaja. 

En un gestó inusitado para la época, en 1869 John Stuart Mill defendió en Sobre la subyugación de las mujeres la igualdad jurídica estricta entre hombres y mujeres. Por ello en su época fue considerado entre loco y excéntrico (incluso su editor se quejó de que perdió dinero con ese libro). Pero también sostuvo que el lugar natural de la mujer es la casa y el cuidado de los hijos. Es por ello que Mill, a pesar de su carácter vanguardista, no goza de prestigio entre las feministas actuales. Y es que probablemente la superación de las desventajas sociales exige más que el imprescindible reconocimiento de la irrestricta igualdad de derechos y deberes. Siendo parte del medio ambiente social que todos respiramos, la superación de la desventaja social de las mujeres rebasa la igualdad de derechos y exige, en ocasiones, políticas públicas (las hay de diferente tipo, las cuotas son sólo una de ellas, y no necesariamente ni la mejor ni la más efectiva) que aspiren no sólo a la garantía de medidas que a veces son letra muerta, sino también a promover activamente que las mujeres puedan obtener espacios en el mundo social hasta ahora ocupados fundamentalmente por hombres. No es extraño que algunas de las sociedades que tendemos a considerar como panacea del desarrollo implementen políticas públicas que, más allá de la igualdad jurídica, apuntan a la igualdad social.  

Ciertamente, algunas articulaciones de estos movimientos presentan también desafíos y riesgos serios a las democracias liberales. Por ejemplo, en ocasiones los riesgos se ciernen sobre la libertad de expresión, de cátedra, la igualdad de oportunidades, etcétera. Y estos riesgos deben ser considerados y evaluados cuidadosamente, y contrarrestados con vigor.

¿Cómo evaluar la constitución con perspectiva de género que proponen los convencionales constituyentes? Mi opinión es que instituir esta perspectiva a nivel constitucional es un error. Lo que la constitución debiese estipular es la igualdad de género, así como algunos derechos específicos de las mujeres, y dejar al proceso político la posibilidad de interpretar sustancialmente esta igualdad. El riesgo de incluir la perspectiva de género ya a nivel constitucional es que, de este modo, sea más probable que los riesgos mencionados que se ciernen sobre las democracias constitucionales y sus derechos se hagan realidad en el proceso político y en práctica constitucional. Pero lo cierto es que aún sabemos demasiado poco del resultado final de esta gran lista de buenos deseos (bajo el lema: “legislando con la constitución”). Habrá que esperar. 

Pero el horizonte general hacia el que nos debemos mover es claro: que a diferencia de lo que nos cantaba James Brown, este deje de ser un mundo exclusivamente de hombres. Y el padrino del soul bien sabía sobre lo que cantaba. Como relata descarnadamente su hija Yamma Brown en su biografía (Cold Sweat: My Father James Brown and Me), su padre fue un abusador que golpeaba brutal y regularmente a su esposa.

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