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Hay algo paradójico en las últimas noticias sobre inteligencia artificial. Algunas de las advertencias más severas acerca de sus eventuales consecuencias provienen de quienes participan en su vertiginoso avance. Se habla de sistemas cada vez más autónomos, amenazas para la seguridad, profundas transformaciones del trabajo y hasta de escenarios en que el ser humano podría ver disminuido su control efectivo sobre tecnologías originadas por él mismo.

Las reacciones no se han hecho esperar. Para unos, estas voces confirman temores largamente anunciados y justificarían imponer restricciones severas. Otros las consideran exageradas y recuerdan que detrás de ellas también pueden existir intereses empresariales, geopolíticos o regulatorios. Entre el entusiasmo de quienes anuncian una nueva era y el alarmismo de otros que anticipan una catástrofe, convendría abrir espacio para una reflexión más serena.

Las admoniciones merecen atención, aunque no necesariamente debamos asumir como ciertos sus pronósticos más extremos. Ponen de manifiesto un hecho menos espectacular, pero quizá más importante: estamos inventando instrumentos cuyas posibilidades crecen con enorme rapidez, mientras nuestra experiencia para emplearlos responsablemente aumenta bastante más despacio.

La IA no es simplemente una herramienta que permite realizar mejor o más rápidamente determinadas tareas. Extiende de manera formidable nuestras posibilidades de conocer, anticipar, decidir e intervenir. Durante siglos, muchos límites a la acción humana existieron porque, sencillamente, ciertas cosas no podían hacerse. Hoy, parte de esos impedimentos desaparece. Y cuando lo imposible se vuelve posible, suelen surgir dificultades morales.

Porque poder realizar algo no significa que convenga efectuarlo. Si es factible obtener determinada información sobre las personas, habrá que preguntarse si corresponde conocerla y utilizarla. Si somos capaces de anticipar sus comportamientos, tendremos que decidir con qué propósito. Si una decisión puede entregarse a un algoritmo, será preciso ponderar no sólo cuánto ganamos en rapidez o eficiencia, sino también qué podemos perder en comprensión, responsabilidad efectiva o trato humano.

Por eso, resulta insuficiente plantear este debate como una elección entre estar a favor o en contra de la IA. La cuestión verdaderamente relevante se refiere a los fines a los que la orientamos, los límites que estamos dispuestos a reconocer y la responsabilidad de quienes adoptan las decisiones.

Mientras más sofisticados sean nuestros dispositivos, mayor será la necesidad de cultivar cualidades humanas cruciales: buen juicio para discernir los fines, prudencia para atender a las circunstancias, responsabilidad para hacerse cargo de las consecuencias y suficiente dominio de sí para renunciar, llegado el caso, a aquello que técnicamente está a nuestro alcance.

El progreso no consiste en concretar todo lo que somos capaces de ejecutar. Una sociedad verdaderamente adelantada debería distinguirse, primeramente, por saber qué vale obrar y qué, pudiendo ser materializado, es mejor no efectuar.

Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School

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