La bibliografía especializada en inglés ha desarrollado el término crony capitalism (“capitalismo de amigotes” o “de compinches”) para designar la situación de aquellos países que cuentan con una economía capitalista que, no obstante, no se rige en realidad por la competencia característica de los mercados realmente abiertos y competitivos, sino más bien por la posición ventajosa que ostentan ciertos actores privados en función de sus vínculos privilegiados —y a menudo abusivos o ilegales— con el poder político. En tales situaciones, la sociedad no puede extraer todos los beneficios que suele generar la libertad individual generalizada, y más bien se ve sometida a una situación de abuso continuado por parte de ciertos grupos particularmente poderosos y cerrados.

Con la expresión crony capitalism se suele definir hoy en día, por ejemplo, la situación de la Rusia post-comunista, en la que un grupo de antiguos funcionarios estatales y demás allegados se aprovecharon de su posición dentro del Estado soviético para hacerse con el control personal y directo —a través de privatizaciones apresuradas y poco transparentes— de las antiguas empresas públicas y monopolios estatales. De ahí surgieron esos famosos oligarcas rusos que de la noche a la mañana amasaron inmensas fortunas con las que han sido capaces de, incluso, ejercer una poderosa influencia sobre diversas democracias y gobiernos occidentales.

Gracias al fenómeno anteriormente señalado, los autos deportivos, los yates, las mansiones y hasta los equipos de fútbol adquiridos por estos oligarcas rusos se convirtieron en un espectáculo frecuente a lo largo de las ciudades y puertos más cotizados de Europa Occidental. La sospecha que estas adquisiciones ineludiblemente despertaban entre propios y extraños no impidió, sin embargo, que el fenómeno se extendiera como la pólvora durante casi tres décadas, y que solo tras concretarse la invasión rusa de Ucrania pudieran los europeos cobrar conciencia de hasta qué punto semejante afluencia de capitales podía acallar las conciencias y enfriar la voluntad de independencia y autonomía de los gobiernos occidentales.

A la vista de lo anterior, conviene indagar en los modos a través de los cuales se llega a este tipo de situaciones de crony capitalism. En ciertas ocasiones el problema radica en una modernización incompleta, por la cual los vínculos tradicionales que favorecen a las capas históricamente dominantes en la sociedad logran pervivir en el tiempo, coexistiendo así con el avance parcial de las formas económicas y políticas más propias de una situación de libertad individual generalizada: la economía de libre mercado y la democratización sustentada en un genuino orden constitucional. Este ha solido ser el caso en diversas sociedades del llamado Tercer Mundo o países en vías de desarrollo.

Pero en otras ocasiones, allí donde se llegó a implantar un régimen de orientación esencialmente socialista, el cronyism se produjo más bien como consecuencia de la masiva concentración de bienes y facultades en el Estado, lo cual en la práctica significó que en vez de ponerlos al servicio del interés general de la población, lo que se hizo más bien fue facilitar su captura por parte de aquellos grupos particulares que mediante una revolución habían logrado hacerse con el control de las estructuras estatales, generando modos y prácticas para garantizar y perpetuar dicho control (apparatchik, partidos únicos/hegemónicos, organizaciones paraestatales, etc.)

Tal como hemos sostenido en otros artículos junto a la economista Sary Levy Carciente (miembro  de número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Venezuela), en este segundo tipo de situaciones cabe hablar más bien de un crony socialism. En tales casos, la promesa socialista de que la concentración estatal de recursos y medios de producción servirá para garantizar la igualdad general de los ciudadanos no se cumple en la práctica, ya que dicha concentración (ejecutada mediante expropiaciones, impuestos elevados, penalización fiscal del ahorro, la herencia y la propiedad, creación de empresas públicas y monopolios estatales, etc.) lo que hace en realidad es poner en manos de una reducida élite burocrática —y de sus amigos— la riqueza producida por otros. 

El crony socialism es una dinámica autoritaria que permite ejecutar expropiaciones masivas en lapsos de tiempo relativamente reducidos, facilitando así, en la práctica, una vertiginosa concentración de la riqueza. Su irrupción a menudo se produce mediante la vía revolucionaria, lo cual no sólo le permite borrar de un plumazo el orden legal anteriormente existente, sino que incluso le facilita la posibilidad de hacerlo a través de la violencia, disfrazando la operación como un movimiento que procura el bien común. En tales casos, la supresión de una sociedad civil realmente autónoma —que sea capaz de ejercer cualquier tipo de contraloría sobre el ejercicio del poder público por parte de las diversas formas de apparatchik— condena a los ciudadanos al reacomodo y la cooperación con quienes ostentan el poder, si quieren preservar o mejorar sus opciones de vida.

Y cuando el ciclo socialista toca a su fin, a menudo como consecuencia del estancamiento económico propiciado por el desmesurado tamaño del Estado, serán los miembros del funcionariado socialista y sus allegados quienes se encuentren en mejor posición para hacerse con el control directo de los activos a través de las privatizaciones que ellos mismos dirigen y controlan. Con algunas variaciones, este es el ciclo que podemos constatar en los países de la antigua órbita soviética, en la China post-maoísta y, más recientemente, en la Venezuela de Nicolás Maduro. 

Podría sostenerse que este fenómeno es exclusivo de aquellos países en los cuales se ha implantado un socialismo autoritario para luego pasar a alguna forma de economía capitalista. No obstante, es importante observar hasta qué punto la misma dinámica se viene poniendo en práctica, con las variantes de cada caso, por parte de diversos gobiernos democráticos en Occidente. Todas las alarmas han de activarse cuando la concentración de poder económico en el Estado viene acompañada de medidas de concentración del poder político y de control de la opinión pública y la sociedad civil. La experiencia histórica aconseja brindarle la necesaria atención a este tipo de procesos, una vez visto el lamentable saldo que suelen dejar a sus espaldas cuando una ciudadanía aletargada les permite tomar demasiado vuelo.

*Miguel Ángel Martínez es Doctor en Conflicto político y Procesos de Pacificación. @martinezmeucci

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