No hace mucho que el país parecía estar asistiendo a un profundo recambio de su élite política. La elección presidencial de diciembre pasado fue el momento culminante de este proceso aparentemente irreversible. No sólo fue elegido el gobernante más joven de que se tenga memoria en Chile, sino que tuvo lugar una expresiva renovación del relato político sobre el cual se asentó la autorización para gobernar que la mayoría del electorado entregó a Gabriel Boric.

Una profusión de gestos y símbolos vino a reforzar la idea que la nueva élite asumía definitivamente el poder, ocupando casi todos sus espacios y jubilando de paso a una generación de líderes políticos –vigente más allá de lo que se suponía conveniente de cara a los exigentes desafíos que asoman en el horizonte cercano–. Era, en fin, uno de esos insignes momentos cuando la democracia hace su mejor trabajo, posibilitando la competencia pacífica entre élites políticas por el favor del electorado para gobernar con estricto apego al ordenamiento institucional.

A esto se sumaba la inédita conformación de la Convención Constitucional, nutrida casi exclusivamente de rostros nuevos que habían venido a ocupar el lugar de algunos de los más señeros expertos en materia constitucional y de no pocos políticos experimentados. El nacimiento de un nuevo ciclo histórico se consumaba a ojos vista y nada parecía que podría empañarlo.

Poco más de dos años después del estallido social la crisis comenzaba a quedar atrás de la mano de una seguidilla de actos electorales impecablemente ejecutados que dieron por resultado, por un lado, una Convención encargada de producir la propuesta de nueva Constitución –su ratificación se daba por descontada–, y por el otro, el primer gobierno de una izquierda renovada desde 1990. En medio de la peor crisis sanitaria en un siglo, el país había encontrado en el sistema institucional el cauce para superar la gravísima revuelta. Todavía más, había sido capaz de reemplazar cuadros completos de su dirigencia política, renovando a una élite que venía dando no pocos signos de desconexión con los grupos medios y los marginados de la modernización capitalista.

Pues bien, cuando la Convención ya ha concluido su trabajo y el gobierno se apresta a cumplir seis meses en el poder, la ratificación de la propuesta constitucional de pronto se volvió improbable –el Rechazo se impone en todas las encuestas que se han conocido últimamente– y el gobierno experimenta una baja de popularidad que ninguno de sus antecesores sufrió tan tempranamente. ¿Cómo afectan estos dos acontecimientos la renovación de las élites en curso desde hace un tiempo? Desde luego, una derrota del Apruebo en el plebiscito de salida asestaría un durísimo golpe a la nueva izquierda, jugada a fondo por el texto constitucional de la Convención. También al gobierno cuya errática actuación en sus primeros meses ha reducido considerablemente la eficacia de su intensa campaña a favor del Apruebo.

El eventual triunfo del Rechazo pulverizaría los pocos liderazgos –contados con los dedos de la mano– que surgieron al amparo de la Convención Constitucional. Un revés en las urnas los dejará sin defensa alguna del fuego, amigo y enemigo, que arrecia inmisericorde después de una dura derrota electoral. Las cuentas para quienes estuvieron por la plurinacionalidad, la eliminación del Senado y el consentimiento indígena, entre otras disposiciones que impulsa el Rechazo, se pagarán con el incipiente capital político que algunos acumularon a lo largo del proceso y sus cuentas quedarán vacías antes que cante el gallo. Tampoco el gobierno sería inmune a la pasada de cuenta que sigue a un revés de semejantes implicancias, aunque si toma oportunamente la iniciativa que le cabe en lo que sigue al plebiscito podría aguantar mejor el duro trance.

Sería una monumental paradoja que de todo este desaguisado, si así se lo pudiera llamar con cierta benevolencia, emergieran intocados y hasta reforzados liderazgos que se creyó que estaban casi extinguidos –los casos de Ximena Rincón y Felipe Harboe resuenan insistentemente en el oído–, o que surgieran otros del lado del Rechazo, como el de Cristián Warnken. Lo que parece evidente es que la circulación de las élites, que transcurría últimamente con la fuerza incontenible del recambio generacional, se ha visto de pronto interrumpida y deberá esperar el desarrollo de los acontecimientos que se aproximan para reanudar su inexorable trabajo de renovación y reemplazo.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

Claudio Hohmann

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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