En días recientes se dio a conocer un estudio internacional sobre la mortalidad durante los años 2020 y 2021, el período en que la pandemia del Covid-19 hizo estragos en el mundo, cobrando la vida de millones de personas, incluyendo la de connotados personajes y celebridades cuyo fallecimiento causó en su momento gran impacto. Más de 56.000 chilenos contagiados con el virus ya no se encuentran entre nosotros, para dolor de sus familias y de sus cercanos; una cifra pasmosa que es imposible pasar por alto. Ninguno de nosotros vivió antes un momento de tanto riesgo y tan extendido para nuestras vidas y la de nuestros seres queridos.

El estudio referido corresponde a una amplia muestra de 191 países. Notablemente, nuestro país ostenta la tasa de mortalidad más baja de la región –se repite lo que ocurre con otros indicadores comparativos en los que Chile se posiciona entre los de mejor desempeño–. Todavía más, la nuestra es inferior a la de varias naciones desarrolladas. ¿No es increíble que, de acuerdo a este estudio, la mortalidad aquí haya sido menor que la de Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, los países donde se crearon las vacunas más usadas para combatir el Covid-19 y cuyos sistemas de salud suelen tenerse como referentes a nivel mundial?

Más increíble todavía es que un resultado como este –que se relaciona ni más ni menos con el derecho a la vida, el primero de todos los derechos sociales– se alcance allí donde algunos consideran que se ha practicado uno de los experimentos neoliberales más extremos en el mundo. ¿Cómo es que un sistema político vilipendiado sin contemplaciones por sus detractores, al punto convertir su reemplazo en una eficaz bandera política, ha sido capaz de producir un resultado muy superior al de otros sistemas que serían pretendidamente mejores, ya sea tan solo porque nada tienen de neoliberales? ¿Sería este de verdad un resultado virtuoso del neoliberalismo o es que en Chile no hay tal cosa, no por lo menos en lo que respecta a su sistema de salud?

Lo que nos dice el estudio en comento es que aquí, algunos de nuestros padres y madres, abuelas y abuelos, parientes y amigos, incluso jóvenes, todas personas muy queridas por sus cercanos, se encuentran vivos gracias a un sistema de salud que les ha permitido evitar los efectos mortales del coronavirus. No sabemos quiénes son, pero han sido decenas de miles las vidas salvadas que no habrían sobrevivido de no mediar las políticas públicas y el esfuerzo privado desarrollados por décadas. ¿Sería correcto atribuirle esta extraordinaria realidad –ellos no habrían conseguido sobrevivir en naciones con altas tasas de mortalidad– a un pretendido neoliberalismo practicado durante largos y sufridos 30 años?

Estamos ante un logro de profundo significado moral, que nos reconcilia con un Estado que en otros ámbitos es bastante menos diligente, pero también con la inversión y gestión privada que suele ser resistida sobre todo en el ámbito de la salud. La capilaridad de la red de servicios de salud, que alcanza a los lugares más alejados y menos poblados del territorio, fue desarrollada consistentemente en el tiempo y bajo distintas administraciones, mientras que la continua innovación en infraestructura y tecnología del sector privado prestó sus mejores servicios durante los peores momentos de la pandemia. Ha sido una virtuosa colaboración público-privada lo que explica el buen desempeño de Chile en la gestión y control de la pandemia, reflejada en el indicador más duro de todos: la tasa de mortalidad, que en nuestro caso ha sido una de las más bajas del mundo.

Esas personas cercanas, parientes o amigos, incluso esos conocidos, que están aquí con nosotros, pero cuyas vidas pudieron haberse truncado tempranamente, son la mejor prueba, la más valiosa, que las etiquetas y las consignas sirven de muy poco para alcanzar logros extraordinarios que nos hacen saludables, pero sobre todo, mejores.

*Claudio Hohmann es ex ministro de Estado.

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1 comentario

  1. Muchos repiten la monserga del «neoliberalismo» sin tener idea lo que están diciendo. Lo cierto es que, particularmente a partir del «estallido» de 19 oct 2019, se creó una matriz de opinión pública repleta de mitos y falacias.
    Regresé a Chile a fines del 2018 después de estar tres años afuera (ejercí como Rector en una universidad privada ecuatoriana). Pero, por motivos profesionales, he trabajado 10 años fuera de Chile (EEUU y México) como académico. Digo esto porque tengo muchos amigos extranjeros (economistas). Estos me fueron enviando mails para que les explicara qué había pasado en Chile, pues no entendían nada. Ello me llevó a reflexionar y escribir esto:
    https://drive.google.com/file/d/1KsBkWtvqTPzLceeD9uzO-jYUClCO0u4h/view?usp=sharing

    Si lo leen verán que lo que ahí se expone no tiene NADA que ver con la anteriormente referida matriz de opinión pública que se hizo popular en Chile. El «neoliberalismo» no forma parte de mi fundamentación. Se trata, en lo fundamental, de las implicaciones significativamente negativas sobre las asimetrías salariales de la nueva clase media emergente, generadas como consecuencia de un tremendo error de política pública en materia de educación superior. Tales asimetrías no se pueden captar mediante el conocido coeficiente de Gini , por dos razones. Primero, porque dicho coeficiente se refiere a la distribución RELATIVA de ingreso. Y el problema no se manifestó ahí, pues corresponde a brechas de ingreso (distribución ABSOLUTA del ingreso). Segundo, porque dicho coeficiente se refiere a la distribución de ingreso AGREGADA. Y el problema se manifestó en un grupo etario específico (menores de 35 años).
    Estoy convencido que lo que ahí expongo – más lo que ha escrito al respecto el Rector Carlos Peña – es lo que explica, en lo fundamental, el descontento social que se ha manifestado (básicamente generacional) .
    Pero cuando se crea una matriz de opinión pública que se internaliza – aunque esté repleta de falacias, mitos y lugares comunes- es muy difícil desacreditarla.

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