Mucho se debate sobre la calidad de las democracias. Linz, Levitsky, Diamond e innumerables otros autores han propuesto sesudas teorías estos últimos años acerca de cuándo una democracia declina, cómo profundiza sus crisis y en qué momento desaparece. Han teorizado largo sobre las democracias de tipo iliberal. Incluso algunos think tanks elaboran índices anuales sobre el estado de salud de las democracias en todo el mundo. Curiosamente, no se observa el mismo interés sobre la calidad del capitalismo. Como que da un poco de rubor.

Es curioso porque, pese a no ir necesariamente de la mano, más de una conexión tienen. La evidencia empírica demuestra que una democracia robusta va acompañada casi por regla de un sistema capitalista sólido. El capitalismo podrá existir sin democracia, pero una democracia es sencillamente inexistente sin capitalismo. Así lo entienden y argumentan Linz, Levitsky, Diamond y otros interesados en estos temas. Hay algo simbiótico en ambos. 

Los totalitarismos y el estado de bienestar

En el contexto de tal conexión, y dado que la democracia subsiste pese a deterioros diversos, cabe preguntarse si las fuerzas del mercado pueden ser eliminadas total o parcialmente. La experiencia indica que, pese a los innumerables esfuerzos, no es posible vivir sin ellas. Negar el mercado suele tener consecuencias muy graves. El ejemplo más vívido es el de los regímenes con economías de planificación central (esos que se evaporaron con la Guerra Fría). La URSS y sus satélites surgieron, evolucionaron y hasta se esclerotizaron tratando de acabar con él. Fueron 70 años de esfuerzos inútiles. Como Sísifo, lo intentaron una y otra vez. Por decreto eliminaron el lucro, fijaron precios, estatizaron cuanta actividad productiva existía. Ni siquiera el comercio más básico podía seguir la lógica de la oferta y la demanda. Para viabilizar su visión anticapitalista, recurrieron al totalitarismo. Ese monumental derroche de energía se demostró del todo inútil en 1989, cuando todos esos regímenes implosionaron. China, en cambio (y Vietnam más tarde), captaron a tiempo el error e insertaron sus economías en las lógicas de mercado.  

Artífice de ello fue Deng Xiao-Ping. Comprendió que los ingeniosos aforismos revolucionarios de Mao y sus brutales experimentos, como el Gran Salto Adelante o la Gran Revolución Cultural, sólo producían desazón, intranquilidad y hambruna. Deng concluyó que la única manera de generar prosperidad era crear gradualmente “zonas económicas especiales” (ZEE). El resto de la historia es conocida y hoy a Pekín se le reconoce el status de superpotencia.

Las ZEE no eran otra cosa que acercarse a las ideas de Adam Smith de manera acelerada. Deng implantó un capitalismo desbocado que ruborizó al propio Milton Friedman. 

Por otro lado, la idea de adaptarse a las lógicas del mercado también impregnó a la socialdemocracia moderna. Sus vuelcos históricos tuvieron que ver no solamente con la idea de aceptar el juego de las ideas y prácticas democráticas, sino con el reconocimiento y aceptación explícitos de economías basadas en la oferta y la demanda. Quien no reconozca que el estado de bienestar imperante en los países nórdicos se sustenta en economías de mercado, padece de cierto extravío. 

El anticapitalismo en América Latina

Por lo tanto, divagar sobre los límites de las ideas anti-mercado parece pertinente en esta región, donde un inquieto gnomo anticapitalista recorre todo el parque temático llamado América Latina. Y con no poco éxito. Pese a lo rudimentario de su argumentación, y a la evidencia empírica de lo ocurrido en otros lugares y épocas (recordemos que el Edicto sobre Precios Máximos de Diocleciano se remonta al año 302), su fuerte retórica ha conseguido importantes triunfos e influencia en el debate público. Mediante ese recurso logró satanizar el lucro, anatemizar la iniciativa privada y abominar el espíritu competitivo. No es poco. 

Sin embargo, construir modelos exitosos no es su fuerte. Ninguno ha conseguido brindar prosperidad y libertades a sus ciudadanos. Muy por el contrario, la pobreza es su rasgo principal. Desde luego que, en tal línea de razonamiento, más de alguien puede sostener que ni la prosperidad ni las libertades sean sus objetivos. 

Por cierto, sus objetivos no son esos. Por lo mismo, sus esfuerzos se limitan a desbrozar caminos intermedios, más no eliminar del todo la lógica del mercado, y prefieren mantener ciertas áreas en manos privadas. Vivimos una época post-heroica y nadie va a ofrendar su vida por estas cosas, como ocurría con los regímenes con economía centralmente planificada. Por eso, unos más, otros menos, todos estos duendecillos optan por mantener algunos depósitos de oxígeno. Es por eso, y no por otra razón, que todos los dialectos latinoamericanos del anticapitalismo murmuran algo ininteligible y difuso a la hora de ofrecer alternativas.  

En el fondo es una forma oblicua de reconocer la preeminencia del mercado. Autores, como Benedicte Bull, Antulio Rosales y Manuel Sutherland, ya lo han bautizado, es el capitalismo bodegonero.

Un capitalismo precario

Se trata de manifestaciones aún en estado larvario, visibles en las principales ciudades de Venezuela, donde, tras el descalabro de la industria petrolera que hundió la economía y las finanzas del país, se permiten ciertas actividades privadas, siempre y cuando no desafíen la cuestión del poder político, tan cara para los amantes de regímenes no democráticos. El resultado es un capitalismo sumamente precario, y su ícono son bodegas de diverso tamaño. De ahí su denominación.

Se trata de la nueva cara del consumo en Venezuela, inserta en una especie de dolarización totalmente anárquica de ciertas zonas de la economía. Son literalmente bodegas, donde se encuentran productos de importación, que la economía estatizada no está en condiciones de proveer. Se venden siguiendo la ineludible lógica de la oferta y la demanda, teniendo como medio de pago el dólar estadounidense.

Los bodegones actúan jurídicamente en una zona opaca, desde todo punto de vista. Es una actividad donde nadie paga impuestos, no existen los controles fitosanitarios y los trabajadores reciben sus salarios en deprimidos bolívares, sin contratos y sin la menor protección social. Dado el descalabro total de la economía, y las penurias sociales de la población, los bodegones se han hecho muy populares, y hasta fines del año pasado existían alrededor de 600, principalmente en Caracas y en los estados de Zulia, Barinas, Mérida, Aragua y Miranda. Sus operadores son personas afines al régimen -no podría ser de otra manera- y carentes de toda experiencia previa en los ámbitos comercial o financiero. Esta realidad comercial, junto a otras actividades comerciales del mismo tenor, nos remite a las descripciones orwellianas de los cambios revolucionarios en las castas gobernantes, magistralmente detalladas en La Granja de los Animales. 

Muchos indicios apuntan a que el capitalismo bodegonero, en su variable venezolana y otras, llegó para instalarse. Así ocurrió con los paladares cubanos, por ejemplo. No sería de extrañar que el capitalismo bodegonero pase a formar parte del paisaje económico latinoamericano si nuevas manifestaciones anticapitalistas se consolidan. 

Un dato claro es que este tipo de capitalismo no requiere instituciones sólidas ni transparencia. Pero tampoco tiene necesidad de imponer el totalitarismo. Le basta con una fuerte dosis de autoritarismo. El humor negro que caracterizó a ese antiguo disidente checo llamado Václav Havel diría que se trata de un gran paso civilizatorio.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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