Una semana después del 4 de septiembre, desde estas mismas páginas virtuales aplaudí el  viraje que parecía comenzar a realizar el presidente Boric con el cambio en su gabinete (leer aquí). Lo comparé con el viraje de un navío en el mar. Necesariamente lento, necesariamente parsimonioso, pero que finalmente cambia el rumbo de la nave.

Pasados dos meses, sigo creyendo que la nave del gobierno sigue “virando, virando”, como se escucha en los navíos de vela cuando la operación se ejecuta. A algunos la operación puede parecer demasiado lenta y otros probablemente no estén muy convencidos que la intención sea efectivamente la de virar, por la costumbre del timonel, el presidente Boric, de matizar cada dicho o acción suya con frases con las que parece negarse a sí mismo. Y hay quienes, incluso, le piden pruebas de blancura tales como que a las acciones de gobierno que indican que el viraje se está produciendo agregue insólitos actos de contrición como disculparse por cosas que ha dicho en sus juveniles tiempos de diputado o que pida disculpas por los muchísimos momentos en que él y otros como él han ofendido a todos quienes los han antecedido en el mundo de la política.

A quienes se muestran impacientes o desconfiados yo, humildemente, les ruego calma.

Si vemos las cosas con cuidado, casi todo lo que ha ocurrido es lo que tenía que ocurrir si éramos gobernados por un hombre con ideas propias, pero también con capacidad de entender que existen atolladeros en los que es mejor no meterse. 

Después del 4-S, en casi todos los asuntos importantes el presidente ha mostrado su voluntad de salirse de la jaula de hierro en que han pretendido acomodarlo sus seguidores de extrema izquierda y ha propuesto salidas que entregan claros caminos de negociación. Ha propuesto una reforma al sistema previsional que, es cierto, propone un émulo del viejo sistema de reparto para la administración de alrededor de un tercio de las cotizaciones que las y los trabajadores deban aportar a su cuenta individual (sí, las y los trabajadores, porque al final del día el llamado “aporte del empleador” es a cuenta de sus salarios). Es algo que a quienes observan el resultado que han tenido los sistemas de reparto en el mundo y a los más viejos que recuerdan como se utilizaba el mismo sistema en Chile hace medio siglo atrás, puede poner la piel de gallina, pero también es cierto que sistemas mixtos análogos se están utilizando en otras partes del mundo y que la fórmula chilena, bien administrada, podría resultar. Por otra parte, el sistema propuesto mantiene a las AFP (sí, ya sé, con otro nombre y con ajustes a su regulación), y ellas son garantía de buen rendimiento para los fondos de los pensionados que las elijan como sus administradoras. Pensemos solamente que, si se hubiese impuesto el “Apruebo” el 4-S, probablemente el presidente se habría inclinado para el otro lado y habría terminado marchando al son del “No más AFP”. No hay duda, pues, que se puede llegar a un acuerdo sobre el tema y que hay que hacerlo por el bien de Chile.

También es cierto que, aun con tantas reservas que más parecen remilgos, el presidente ha aceptado que la acción de grupos armados que se declaran enemigos del Estado chileno en la Araucanía es terrorismo. No le gusta la llamada “Ley Antiterrorista” pero, una vez admitido el terrorismo, no queda más remedio que aplicar la Ley que tenemos o cambiarla por una mejor. Y las dos cosas son positivas y ameritan la comprensión y la disposición a negociar de la oposición.

Y la invitación reciente a conformar una comisión “por la Paz y el Entendimiento” para determinar de una vez y para siempre cuál es la demanda de tierras de las comunidades mapuche, también es atendible y merece la mejor disposición a negociar. Esa reclamación ha terminado por ser reconocida como una deuda con el pueblo mapuche, pero sigue indeterminada y sirve de bandera a grupos terroristas de la zona. Una vez establecida con detalle la demanda -lo que probablemente terminará por ocurrir en un gobierno futuro- debería procederse al pago de la deuda vía expropiaciones o indemnizaciones, lo que significará un costo para el Estado pero un costo que bien vale la pena pagar para avanzar por el camino de desarmar de argumentos a los terroristas y saldar esa deuda histórica.

El viraje, pues, parece lento, pero también se ve seguro. Ahora es necesario que la otra parte lo enfrente comprensivamente y con ánimo negociador. Así como no se deben pedir peras al olmo porque no conduce a nada, así también hay cosas que no se deben pedir al gobierno para llegar a buenos acuerdos por Chile. Al presidente Boric no se le debe pedir que haga un brusco viraje de su política porque eso significaría romper él con un ala de su base de apoyo  y eso es algo que  ningún mandatario inteligente haría. Un viraje lento da tiempo a esa ala para meditar y decidir qué hacer. De seguir las cosas como van y de encontrar la nueva política del presidente oídos receptivos en la oposición, quizás algunos de sus hoy aliados finalmente se vayan, pero será su decisión, no la del mandatario. Tampoco tiene sentido pedirle que renuncie a lo que piensa, “que admita que estaba equivocado” o que pida disculpas. Él (y sus amigos y algunos de sus ministros y subsecretarios) estaba y seguirá estando convencido de sus verdades, tanto como lo estamos los demás de las nuestras. No debemos pretender cambiarlo, como tampoco aceptaríamos que ellos pensaran que deben cambiarnos a nosotros. Tolerancia es eso: aceptar al otro tal cual es. Lo que sí importa es que él (y sus amigos y algunos de sus ministros y subsecretarios), acepten la realidad de lo posible -aquella que le mostró la ciudadanía cuando rechazó la propuesta de la Convención Constitucional- y se avenga a negociar, a ceder todo lo que deba ceder para llegar a acuerdos. Que se avenga a seguir virando, aunque sea lenta y a veces confusamente, en la seguridad de que allí donde concluye ese viraje lo estará esperando la mayoría de las chilenas y chilenos. 

Así, pues, a no preocuparse por lo que el presidente dice y a mirar con más atención lo que hace. Es posible que Honoré de Balzac exagerara cuando dijo “los principios no existen; lo único que existe son los hechos”, pero para la contingencia política no deja de ser una reflexión sensata. Que unos y otros respeten sus principios y respeten los de los demás, porque unos y otros creen sinceramente en ellos. Y, en todo lo demás, que se atengan a los hechos para llegar a los acuerdos que son posibles. Por el bien de Chile. 

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

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