Virando, virando, virando” es la voz que se escucha en cualquier navío impulsado por el viento, cuando se lleva a cabo la complicada maniobra de virar sobre la superficie del mar. Entonces, quien está a cargo de la rueda del timón la hace girar ostentosamente hasta el límite (lo que significa varias vueltas de esa rueda), mientras los tripulantes realizan maniobras para ajustar las velas a la nueva dirección que ha de tomar la embarcación y otros cuidan que en su movimiento esas mismas velas no los golpeen o, lo que sería mucho peor, los empujen al agua. Es uno de los pocos momentos dramáticos que tiene la navegación a vela y podría creerse que luego de tanta conmoción algo igualmente emocionante ha de ocurrir. Pero no es así, el viraje en el mar no es equivalente al viraje de un automóvil en una esquina, es decir algo súbito y total. Lejos de ello, tanto grito y emoción a bordo terminan traduciéndose en un lento desplazamiento que concluye muchos metros y muchos minutos más adelante, cuando la nave termina el elegante arco con que adopta su nuevo rumbo.

Durante la semana que pasó se escucharon muchos gritos y hubo muchas maniobras de los tripulantes del navío de la República (algunos, claro, se limitaron a esconder la cabeza para que estas maniobras no los hicieran caer de la nave). El Presidente Boric, a cargo del timón, maniobró vistosamente la rueda. Desde la noche de su derrota el pasado domingo, reconoció que el aplastante veredicto ciudadano que rechazó la propuesta de Constitución de la Convención Constitucional era la señal que indicaba que debía virar. Convocó a los presidentes de las cámaras del Congreso a generar el acuerdo que permita operar rápidamente el procedimiento de elaboración de una nueva Constitución y, luego, dio lugar al que sin duda es el gesto más importante y sobre todo más urgente que se esperaba de él: la modificación de su gabinete

Urgente no sólo porque la lógica indica que después de una derrota política deben cambiar los planteles (algo que también es verdad para el fútbol), sino porque el Presidente sencillamente no podrá gobernar en el futuro si no rompe con la ambigüedad a que lo obliga el equilibrio que ha mantenido entre las dos alas de sus bases de apoyo: una coalición de inspiración refundacional y mayormente intransigente en ese espíritu y una coalición de inspiración socialdemócrata, portadora de una experiencia reciente de tolerancia, diálogo y capacidad de llegar a acuerdos con sus adversarios en beneficio del país.

Se trata de un dilema al que se han enfrentado y se seguirán enfrentando gobernantes animados de un espíritu refundacional… pero que no son acompañados en ese espíritu por la mayoría de sus conciudadanos. De ahí la división en alas de sus bases de apoyo. Una distancia entre gobernante y gobernados que por lo general se expresa en un insuficiente apoyo en la rama legislativa del poder. Enfrentado a esa situación, las alternativas para un gobernante son simples: o insiste en su programa original y se estrella tercamente con la imposibilidad no sólo de sacar adelante su programa sino, con la agudización de tensiones que esto trae, incluso con la imposibilidad de simplemente gobernar; o, con inteligencia y buen criterio, acepta que su impulso refundacional no ha hallado su momento y se allana a buscar acuerdos con sus opositores de modo, primero, de asegurar la gobernabilidad del país y, segundo y en la medida de lo posible, avanzar en las transformaciones que sean viables porque son aceptables y por lo tanto negociables con esa oposición. 

En Chile se enfrentaron a esa disyuntiva Gabriel González Videla y Salvador Allende. El primero viró la nave de su gobierno hacia estribor, esto es, hacia la derecha, buscando gobernabilidad pero, impulsado por los vientos de la Guerra Fría, terminó ilegalizando y persiguiendo al ala izquierda de su base de apoyo, el Partido Comunista. Pudo así gobernar y concluir con tranquilidad su mandato, aunque pasó a la historia, en palabras de sus ex aliados y no sólo de ellos, como el gran traidor. Salvador Allende nunca rompió con el ala izquierda de su base de apoyo, entre la que se contaba su propio partido, y buscó mantener el equilibrio entre las demandas de esa ala y la posibilidad de alcanzar una mayoría que le diera gobernabilidad al país. Ese equilibrio no fue suficiente y el Presidente Allende pasó a la historia como un mártir.

A diferencia de esos predecesores y los muy disímiles resultados de sus experiencias, el Presidente Boric se benefició de la temprana y rotunda derrota sufrida el pasado domingo. Una derrota que debió abrirle los ojos acerca de lo que le esperaba de seguir tratando de mantener el equilibrio entre las dos coaliciones que lo apoyan. Para inclinarse hacia su izquierda le habría bastado con repetir el mensaje que el Partido Comunista se apresuró a trasmitir la noche misma del domingo 4: la derrota no fue tal sino el efecto de un masivo proceso de engaño al que habría sido sometido el pueblo; en consecuencia, como aclaró su presidente, el imperturbable Guillermo Tellier,  “la lucha continúa”. Consecuente con ese mensaje, el Presidente habría debido corregir su gabinete poniendo a cargo de la tarea de ejecutar sus designios a personeros que expresaran esa convicción.

Pero no fue eso lo que hizo. El cargo que lo simboliza todo, el ministerio del Interior, no recayó en alguien de la coalición que se sitúa a su izquierda, sino en una personera muy calificada de la coalición que se sitúa a su derecha: “Izquierda Democrática”. A diferencia de González Videla, ese viraje a estribor no significa entregar el timón a la derecha política, pero sí crear las condiciones para un diálogo hasta ahora inexistente con el centro social y político -de donde provinieron los votos que dieron la victoria al Rechazo- y con la derecha y centro derecha con la que puede negociar y consensuar las mayorías parlamentarias que se necesiten para dar gobernabilidad al país y le permitan a él sacar adelante las dos o tres reformas posibles y viables que marquen el sello transformador de su gestión.

Es posible que este viraje les haya parecido a algunos demasiado poco o demasiado tarde. También ocurrió que el cambio se hizo con la desprolijidad a la que el gobierno ya comienza a acostumbrarnos. Y es igualmente cierto que el Presidente no ha querido lastimar demasiado a sus aliados de izquierda y luego de renunciar a situar a un imposible Nicolás Cataldo en la subsecretaría de Seguridad Pública, haya terminado colocándolo igualmente en Interior, en la subsecretaría de Desarrollo Regional, aunque a cambio de sacar a otro comunista de la subsecretaría de Defensa para colocar en su lugar a un socialista. Lo cierto es que nada de eso importa de cara al resultado final. Las derrotas enseñan y todo indica que el Presidente está sacando las enseñanzas adecuadas de su derrota del domingo pasado. Después de eso no corresponde exigirle que se comporte como si condujera un automóvil: él dirige el navío del Estado sobre las aguas de la política y lo lógico es que vire con la parsimonia con la que lo hace un velero. Aparentemente el timonel ya tomó su decisión y la nave está virando. Esperemos, confiados y esperanzados, que el rumbo que finalmente adopte sea el correcto.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta